Noah Gordon - El Médico
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Observándolo, Rob comprendió que nunca podría aprender las complejidades, las variaciones en las sutiles habilidades transmitidas a lo largo de muchas generaciones de herreros indios, pero entendió el proceso haciendo un sinnúmero de preguntas.
Dhan manufacturó una cimitarra que curó en hollín humedecido con vinagre de cidra, y que dio por resultado una hoja con un "grabado ácido de filigranas” de un color de azul oscuro, como ahumado. De haber sido fabricada sólo con hierro, la hoja habría resultado blanda y pesada; si sólo hubiera empleado el duro acero indio, habría resultado quebradiza. Pero esa espada adquirió un filo fino, capaz de cortar un pelo en el aire, y era un arma flexible.
Las espadas que Alá había encargado a Dhan no estaban destinadas a los reyes. Eran armas para la soldadesca, sin adornos, que serían amontonadas en previsión de una guerra futura en la que unas cimitarras de calidad superior podían dar ventajas a Persia.
– Dentro de unas semanas se quedará sin acero indio -observó Harsha.
Sin embargo, Dhan se ofreció a hacerle una daga a Rob, como muestra de gratitud por lo que el Hakim había hecho por su familia y por los malhouts.
Rob la rehusó con pesar: esas armas eran hermosas, pero no quería tener que ver nada más con matanzas. Empero, no se resistió a abrir el maletín y mostrarle a Dhan un escalpelo, un par de bisturíes y dos cuchillas para amputaciones, una de hoja curva y delgada, la otra grande y serrada para cortar huesos.
Dhan esbozó una amplia sonrisa, dejando a la vista el vacío de muchos dientes, y movió la cabeza afirmativamente.
Una semana más tarde, Dhan le entregó sus instrumentos, de un acero estampado afiladísimo, superior a cualquier otra herramienta quirúrgica que Rob hubiese tenido en sus manos.
Sabía que iban a durarle toda la vida. Era un obsequio principesco y exigía un regalo generoso a cambio, pero estaba demasiado abrumado para pensar en ello por el momento. Dhan apreció el enorme placer de Rob y se congratuló de ello. Imposibilitados de comunicarse, con palabras, se abrazaron. Juntos engrasaron los objetos de acero y los envolvieron de uno en uno en trapos. Terminada la tarea, Rob se los llevó en una bolsa de cuero.
Pletórico de deleite, se alejaba a caballo de la Casa del Paraíso cuando se encontró con una partida de caza conducida por el rey, que volvía al palacio.
Con sus burdas ropas de cazador, Alá personificaba con exactitud al sha que Rob había visto por primera vez años atrás.
Refrenó su caballo e inclinó la cabeza con la esperanza de que pasaran a su lado sin detenerse, pero al instante Farhad acercó su caballo al medio galope.
– Quiere que te acerques.
El capitán de las Puertas volvió grupas y Rob lo siguió hasta donde estaba el sha.
– Ah, Dhimmi. Tienes que cabalgar un rato conmigo.
Alá indicó a los soldados que lo acompañaban que se retrasaran, mientras él y Rob iban con los animales al paso hacia el palacio.
– No te he recompensado por los servicios prestados a Persia.
Rob estaba sorprendido, pues pensaba que todas las recompensas por los servicios prestados durante la incursión a la India habían quedado atrás.
Varios oficiales habían sido ascendidos por su valor, y los soldados habían recibido bolsas con monedas. Karim había sido premiado tan profusamente por el sha que, según los cotilleos del mercado, en breve le adjudicarían una serie de altos puestos. Rob estaba contento de que lo hubieran pasado por alto, dichoso de que las incursiones fueran historia.
– Tengo pensado para ti otro calaat: una casa más grande y extensos terrenos; una finca adecuada para organizar una fiesta real.
– No es necesario ningún calaat, Majestad. -con voz seca, agradeció al sha su generosidad-. Mi presencia fue una forma modesta de saldar mi deuda contigo.
Habría sido más elegante de su parte hablar de amor por el monarca, pero no podía, y de todos modos Alá no pareció tomarse sus palabras a pecho.
– No obstante, mereces una recompensa.
– En tal caso, solicito a mi sha que me recompense permitiéndome permanecer en la casita del Yehuddiyyeh, donde estoy cómodo y me siento feliz.
El sha lo miró fijamente y con dureza. Por último, asintió.
– Ahora vete, Dhimmi.
Hundió los talones en el semental blanco, que partió de un salto. La escolta se apresuró a galopar tras él, y un instante después los soldados de caballería pasaron junto a Rob, produciendo un gran alboroto.
Pensativo, Rob volvió grupas y se dirigió a casa, para mostrar a Mary los instrumentos de acero estampado.
UN DISPENSARIO EN IDHAJ
Aquel año el invierno fue crudo y llegó temprano a Persia. Una mañana, todas las cumbres montañosas aparecieron nevadas, y al día siguiente fuertes y gélidos vientos soplaron sobre Ispahán arrojando una mezcla de sal, arena y nieve. En los mercados, los tenderos cubrían sus artículos con trapos y suspiraban por la llegada de la primavera. Abultados por los cadabls de piel de cordero que les llegaban a los tobillos, se acurrucaban alrededor de los braseros e intercambiaban chismorreos referentes a su rey. Aunque gran parte del tiempo reaccionaban a las hazanas de Alá con una risilla entre dientes o con una mirada torva y resignada, el último escándalo llevó una expresión grave a muchos rostros, expresión que no provocaba la exposición a los terribles vientos.
En vista de las borracheras cotidianas y del libertinaje a que se entregaba el sha, el imán Mirza-aboul Qandrasseh había enviado a su amigo y jefe de edecanes, el mullah Musa Ibn Abbas, para que intentara razonar con el rey y le recordara que la bebida era abominable para Alá y que estaba prohibida por el Corán.
Alá llevaba horas bebiendo cuando recibió al delegado del visir, al que escuchó con atención. En cuanto se percató del contenido del mensaje y captó el tono cuidadosamente medido de Musa, el sha bajó del trono y se acercó a él.
Desconcertado y sin saber cómo comportarse, el mullah siguió hablando.
De inmediato, y sin cambiar de expresión, el rey volcó el vino sobre la cabeza del anciano, para asombro de todos los presentes: cortesanos, sirvientes y esclavos. Durante el recordatorio del sermón, no dejó de volcar vino sobre todo el cuerpo de Musa, mojándole la barba y las ropas. Luego lo echó con un ademán, devolviéndoselo a Qandrasseh empapado y plenamente humillado.
Fue una muestra de desdén para todos los religiosos de Ispahán y ampliamente interpretado como prueba de que los tiempos de Qandrasseh como visir tocaban a su fin. Los mullahs se habían acostumbrado a la influencia y los privilegios que Qandrasseh les había proporcionado, y a la mañana siguiente, en todas las mezquitas de la ciudad se oyeron oscuras y perturbadoras profecías concernientes al futuro de Persia.
Karim Harum fue a consultar el tema con Ibn Sina y Rob.
– Alá no es así. Sabe mostrarse el más generoso de los compañeros, alegre y encantador. Tú lo has visto en la India, Dhimmi. No hay luchador más valiente que él, y si es ambicioso en su deseo de llegar a ser un gran Shahansha se debe a que anhela la grandeza de Persia.
Los otros dos lo escuchaban en silencio.
– He intentado apartarlo de la bebida -dijo Karim, tan apenado como su antiguo maestro y su amigo.
Ibn Sina suspiró.
– Es más peligroso para los demás a primera hora de la mañana, cuando despierta con la enfermedad del vino del día anterior en su cuerpo. Hazle beber en ese momento té de sen, para purgar los venenos y quitarle el dolor de cabeza; también debes rociar su comida con hueso molido de fruta armonía, a fin de liberarlo de la melancolía. Pero nada lo protegerá de sí mismo. Cuando bebe debes apartarte de él, si puedes. -observó a Karim atentamente-. Y tu también has de cuidarte cuando vas por la ciudad, pues eres conocido como el predilecto del sha y, en general, te consideran rival de Qandrasseh. Ahora tienes enemigos poderosos dispuestos a jugarse el todo por el todo para interrumpir tu ascenso.
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