Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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– Sí -admitió Reb Asher-. Tu padre.

– ¿Quién sujetará al niño? -preguntó a Rob.- Mi padre ha muerto.

Reb Asher suspiró.

– ¿Estarán presentes otros miembros de la familia?

– Sólo mi mujer. Aquí no hay más miembros de la familia. Yo mismo sujetaré a mi hijo.

– Es una ocasión celebratoria -dijo Nitka amablemente-. ¿No te molesta? Mis hijos Shemuel y hofni, unos pocos vecinos…

Rob asintió.

– Yo me ocuparé -propuso Nitka.

A la mañana siguiente, ella y sus robustos hijos, picapedreros de oficio, fueron los primeros en llegar a casa de Rob. Hinda, la huraña vendedora del mercado judío, fue con su Tall Isak, un erudito de barba gris y ojos azorados.

Hinda seguía sin sonreír, pero llevó un regalo consistente en pañales y mantillas. Yaakob el Zapatero y Naoma, su mujer, se presentaron con una jarra de vino. Mizah Halevi el Panadero y su mujer, Yudit, aparecieron con dos grandes hogazas de pan azucarado.

Sosteniendo el dulce cuerpecillo en posición supina sobre su regazo, Rob tuvo sus dudas cuando Reb Asher cortó el prepucio de tan diminuto pene.

– Que el muchacho crezca vigoroso de mente y cuerpo para una vida de buenas obras -declaró el mohel, mientras el bebé berreaba.

Los vecinos levantaron sus cuencos con vino y aplaudieron, Rob dio al niño el nombre judío de Mirdin ben Jesse. Mary odió cada instante de la ceremonia.

Una hora más tarde, cuando todos se hubieron ido, ella y Rob quedaron solos con el bebé. Mary se humedeció los dedos con agua de cebada y tocó ligeramente a su hijo en la frente, el mentón, el lóbulo de una oreja y luego el otro.

– En el nombre del Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, yo te bautizo con el nombre de Robert James Cole -dijo en voz alta y clara, imponiéndole los nombres de su padre y de su abuelo.

A partir de ese momento, cuando estaban a solas, llamaba Rob a su marido, y se refería al niño como Rob J.

Al Muy Respetado Reb Mulka Askari, mercader de perlas de Masqat, un saludo.

Tu difunto hijo Mirdin era mi amigo. Que en paz descanse.

Juntos fuimos cirujanos en la India, de donde he traído estas pocas cosas que ahora te envío por intermedio de las amables manos de Reb Moise ben Zavil, mercader de Qum, cuya caravana parte este mismo día hacia tu ciudad, con un cargamento de aceite de oliva.

Reb Moise te entregará un pergamino con un plano que muestra el emplazamiento exacto del sepulcro de Mirdin en la aldea de Kausambi, con la intención de que algún día los huesos puedan ser retirados si ese es tu deseo. Asimismo, te envío el tefillin que diariamente se ceñía al brazo y que, me dijo, tú le regalaste para el minyan al llegar a los catorce años. Ademas, te envío las piezas y el tablero del juego del sha con el que Mirdin y yo pasamos muchas horas felices.

No llevó otras pertenencias suyas a la India. Naturalmente, fue enterrado con su tallit.

Ruego al Señor que proporcione algún alivio a tu aflicción y a la nuestra. Con su fallecimiento, una luz se apagó en mi vida. Mirdin era el hombre al que más he apreciado. Sé que está con Adashem y abrigo la esperanza de ser digno, algún día, de encontrarme con él.

Por favor, transmite mi afecto y respeto a su viuda y a sus vigorosos hijos, e infórmales de que mi esposa ha dado luz a un hijo saludable, Mirdin ben Jesse, y les transmite sus deseos amorosos de una buena vida.

Que el señor te bendiga y te guarde.

Yo soy Jesse ben Benjamin, Hakim.

Al-Juzjani había sido asistente de Ibn Sina durante años. Alcanzó la notoriedad como cirujano por derecho propio, y fue el más destacado entre sus antiguos asistentes, aunque todos se habían desempeñado bien. El Hakimbashi hacia trabajar duramente a sus asistentes, y el puesto era como una prolongación de los estudios; una oportunidad para seguir aprendiendo.

Desde el principio, Rob hizo mucho más que seguir los pasos de Ibn Sina y alcanzarle el instrumental, que a veces era lo único que exigían a sus asistentes otros grandes hombres. Ibn Sina esperaba que lo consultara si había algún problema o si era necesaria su opinión, pero el joven Hakim contaba con toda su confianza, y aquel esperaba que actuara por cuenta propia.

Para Rob fue una época dichosa. Dio una conferencia en la madraza sobre los baños de vino para las heridas abiertas. Asistió muy poco público, pues esa misma mañana un médico visitante de al-Rayy conferenció sobre el tema del amor físico. Los doctores persas siempre se apiñaban en las clases referentes a cuestiones sexuales, algo curioso para Rob, porque en Europa el tema no era responsabilidad de los médicos. No obstante, él mismo asistió a muchas conferencias sobre esa materia, y ya fuese por lo que aprendía o a pesar de ello, su matrimonio prosperaba.

Mary se repuso rápidamente después de dar a luz. Siguieron las instrucciones de Ibn Sina, quien advirtió que hombre y mujer habían de guardar abstinencia durante las seis semanas posteriores al parto, y aconsejó que las partes pudendas de la madre reciente se trataran suavemente con aceite de oliva y se masajearan con una mezcla de miel y agua de cebada. El tratamiento funcionó de maravilla. La espera de seis semanas pareció una eternidad, y cuando se cumplieron, Mary se volvió hacia Rob tan ansiosa como él hacia ella.

Semanas después, la leche de sus pechos comenzó a menguar. Fue un sobresalto, porque su producción era copiosa; Mary había contado a Rob que en ella había ríos de leche, leche suficiente para abastecer al mundo. Cuando amamantaba, sentía aliviarse la dolorosa presión de sus pechos, pero en cuanto desapareció la presión, sintió el dolor de oír el quejido hambriento de Rob J. Comprendieron que necesitarían a un ama de cría. Rob habló con varias comadronas, y por medio de ellas encontró a Prisca, una armenia fuerte y humilde, que tenía bastante leche para su hija recién nacida y para el hijito del hakim. Cuatro veces por día, Mary llevaba al niño al almacén de cueros de Dikran, el marido de Prisca, y aguardaba mientras el pequeño Rob J. se alimentaba. De noche, Prisca iba a la casa del Yehuddiyyeh y se quedaba en la otra habitación con los dos bebés, mientras Rob y Mary hacían sigilosamente el amor y luego gozaban del lujo del sueño ininterrumpido.

Mary estaba satisfecha, y la felicidad la dotaba de luminosidad. Florecía con una nueva certeza. A veces Rob tenía la impresión de que ella se adjudicaba todo el mérito de la pequeña y ruidosa criatura que habían creado juntos, pero la amaba tanto más por eso mismo. La primera semana del mes de Shaban volvió a pasar por Ispahán la caravana de Reb Moise ben Zavil, camino de Qum, y el mercader les entregó regalos de Reb Mulka Askari y su hija política Fara. Esta envió para el niño Mirdin ben Jesse seis pequeñas prendas de lino, primorosamente cosidas por ella. El mercader de perlas devolvió a Rob el juego del sha que había pertenecido a su hijo. Fue la primera vez que Mary lloró por Fara. Cuando se secó las lagrimas, Rob acomodó las figuras de Mirdin en el tablero y le enseñó a jugar. Después, a menudo hacían partidas. Rob no esperaba demasiado porque era un juego de guerreros, y Mary sólo era una mujer. Pero aprendió en seguida y comió una de sus piezas soltando un grito de guerra digno de un merodeador seljucí. La habilidad que adquirió Mary en mover el ejército de un rey, aunque poco natural en una hembra, no significó un gran choque para Rob, pues hacía tiempo le constaba que Mary Cullen era un ser extraordinario.

El advenimiento del Ramadán cogió desprevenido a Karim, tan inmerso en el pecado que la pureza y contrición implícitas en el mes de ayuno le parecieron imposibles de alcanzar, y demasiado dolorosas de soportar. Ni siquiera las oraciones y el ayuno apartaron de sus pensamientos a Despina y sus insaciables deseos. Por cierto, como Ibn Sina pasaba varias tardes por semana en diversas mezquitas y rompía el ayuno con mullahs y eruditos coránicos, el Ramadán resultó una época segura para el encuentro de los amantes. Karim la veía con tanta frecuencia como siempre.

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