Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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– Debéis ir al bosque y barrerlos -ordeno Alá.

Los quinientos persas se dividieron en diez unidades de cincuenta combatientes cada una, todos soldados de infantería. Abandonaron la aldea y abordaron la maleza para buscar al enemigo, como quien sale a cazar jabalíes. Al tropezar con los indios se desencadenó una batalla feroz, sangrienta y prolongada.

Alá ordenó que sacaran a todas las víctimas del bosque, para que el enemigo no pudiera contarlas y enterarse de cómo menguaban sus fuerzas. De modo que los muertos persas fueron tendidos en el polvo gris de una calle de Kausambi, para ser enterrados en fosas comunes por los prisioneros de Mansura. El primer cadáver que llevaron, en cuanto comenzó la refriega en el bosque, fue el del capitán de las Puertas. Khuff había muerto con una espada india clavada en la espalda. Era un hombre estricto y nunca sonreía, pero también era una leyenda. Las cicatrices de su cuerpo podían leerse como una historia de cruentas campañas bajo el mandato de dos shas. Durante todo el día, los soldados persas desfilaron ante su cadáver.

Todos estaban fríamente enfurecidos por su muerte, y no tomaron prisioneros: mataban a los indios incluso cuando se rendían. A su vez, debieron enfrentar el frenesí de hombres cazados que sabían que nadie sería misericordioso con ellos. El arte de la guerra era miserablemente cruel, con flechas despuntadas o con metales afilados. Sólo se oían puñaladas, estocadas y gritos.

Dos veces por día, reunían a los heridos en un claro, y uno de los cirujanos, fuertemente custodiado, salía a proporcionarles los primeros auxilios y trasladarlos a la aldea. El combate duró tres días. De los treinta y ocho heridos de Mansura, once murieron antes de que los persas abandonaran esa aldea, y otros diecisiete habían perecido en los tres días de marcha a Kausambi. A los once heridos que sobrevivieron gracias a los cuidados de Mirdin y Rob, se sumaron otros treinta y seis durante los tres días de batalla en el bosque. Murieron cuarenta y siete persas más.

Mirdin hizo otra amputación y Rob tres más, una de las cuales se limitó a fijar un colgajo de piel sobre un muñón perfectamente recortado por debajo del codo, cuando una espada india cercenó el antebrazo de un soldado.

Al principio trataban a los heridos siguiendo las enseñanzas de Ibn Sina: hervían aceite y lo volcaban a la mayor temperatura posible sobre la herida, para evitar la supuración. Pero la mañana del último día Rob se quedó sin aceite. Recordando como atendía Barber las laceraciones con hidromiel, cogió una bota llena de vino y comenzó a lavar las heridas con él antes de vendarlas.

La última batalla comenzó al amanecer. A media mañana llegó un nuevo grupo de heridos, y los porteadores depositaron un cadáver envuelto de la cabeza a los tobillos en una manta robada a un indio.

– Aquí sólo entran los heridos -dijo Rob bruscamente.

Pero los soldados bajaron el cadáver y esperaron indecisos, hasta que, de repente, Rob notó que el muerto llevaba puestos los zapatos de Mirdin.

– Si hubiese sido un soldado corriente lo habríamos dejado en la calle -informó uno de los porteros-. Pero como es Hakim, se lo hemos traído al otro Hakim.

Explicaron que volvían con los heridos cuando un hombre saltó de entre los arbustos con un hacha. El indio sólo golpeó a Mirdin, pues de inmediato lo mataron.

Rob les dio las gracias y los soldados se alejaron.

Cuando apartó la manta de la cara comprobó que sin duda alguna era Mirdin. Tenía el rostro contorsionado, y parecía asombrado y dulcemente extravagante.

Rob cerró sus tiernos ojos y ató aquella mandíbula prominente, tosca y franca. Tenía la mente en blanco y se movía como si estuviese borracho. De vez en cuando, se alejaba para consolar a los agonizantes o a los heridos pero siempre volvía y se sentaba a su lado. En una ocasión besó la fría boca de Mirdin, aunque sabía que él no podía enterarse. Sentía lo mismo cada vez que intentaba retenerle la mano. Mirdin ya no estaba allí. Abrigó la esperanza de que su amigo hubiese cruzado uno de los puentes.

Finalmente, Rob lo dejó y trató de mantenerse alejado, trabajando ciegamente. Llevaron a un hombre con la mano derecha en pésimo estado y practicó la última amputación de la campaña, cortando por encima de la articulación de la muñeca. Cuando volvió junto a Mirdin, a mediodía, las moscas ya se habían reunido a su alrededor.

Apartó la manta y vio que el hacha había escindido el pecho de Mirdil Se inclinó sobre la gran herida y logró curiosear, abriéndola un poco con las manos.

Pasó por alto los hedores del muerto dentro de la tienda y el aroma de las hierbas pisoteadas. Los lamentos de los heridos, el zumbido de las moscas, los gritos lejanos y el fragor de la batalla desaparecieron de sus oídos. Perdió la conciencia de que su amigo había muerto y olvidó la aplastante carga de su pesadumbre.

Por primera vez tuvo acceso a las vísceras de un hombre y tocó un corazón humano.

CUATRO AMIGOS

Rob lavó a Mirdin, le cortó las uñas, lo peinó y lo envolvió en su taled, del que cortó la mitad de uno de los bordes, según la tradición.

Buscó a Karim, que al enterarse de la noticia parpadeó como si lo hubieran abofeteado.

– No quiero que lo arrojen a la fosa común -dijo Rob-. Estoy seguro de que su familia vendrá a buscarlo para llevarlo a Masqat y enterrarlo entre los suyos, en suelo sagrado.

Escogieron un lugar, delante de una roca redondeada, tan grande que los elefantes no podían moverla. Tomaron medidas y contaron los pasos desde la roca hasta el borde del camino. Karim aprovechó sus prerrogativas para obtener pergamino, pluma y tinta; después de cavar la sepultura, Rob levantó un mapa. Más adelante, volvería a dibujarlo todo y lo enviaría a Masqat. Si no había pruebas incontrovertibles de que Mirdin había muerto, Fara sería considerada una agunah, una esposa abandonada, y nunca le permitirían volver a casarse. Eso decía la ley: Mirdin se lo había enseñado.

– Alá querrá estar presente -dijo Karim.

Rob lo siguió con la mirada cuando se acercó al sha, que estaba bebiendo con sus oficiales, bañándose en el cálido destello de la victoria. Vio que escuchaba a Karim un momento y luego lo despedía con un ademán impaciente.

Rob experimentó una oleada de odio al recordar la voz del rey en la caverna y rememorar las palabras que había dicho a Mirdin: "Somos cuatros amigos”

Karim volvió a su lado y dijo, avergonzado, que siguieran con la ceremonia. Murmuró unos fragmentos de oraciones islámicas mientras cubrían el sepulcro, pero Rob no intentó rezar. Mirdin merecía las voces afligidas del Haskavot, el cántico de enterramientos, y del kaddish. Pero este último debía ser entonado por diez judíos y él era un cristiano que se fingía ser hebreo, y permaneció obnubilado y en silencio mientras la tierra se cerraba sobre su amigo.

Esa tarde los persas no encontraron más indios que matar en el bosque.

El camino de salida de Kausambi estaba abierto. Alá nombró capitán de las Puertas a Farhad, un veterano de mirada dura que empezó a vociferar órdenes destinadas a fustigar a la tropa, a fin de disponer la partida.

En medio del júbilo general, Alá hizo un recuento. Tenía un fabricante de espadas indio. Había perdido dos elefantes en Mansura, pero se había apoderado de veintiocho en la misma plaza. Además, los mahouts encontraron cuatro elefantes jóvenes y sanos en un redil de Kasambi; eran animales de trabajo no entrenados para la batalla, pero seguían siendo valiosos. Los caballos indios eran achaparrados, y los persas hicieron caso omiso de ellos, pero habían descubierto una pequeña manada de camellos finos y veloces en Mansura, y docenas de otros, aptos para la carga, en Kausambi.

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