Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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– Es cierto que no somos remilgados con los cadáveres. Pero después del funeral honramos la memoria del muerto en el shitúa, siete días en que los deudos permanecen encerrados en sus casas, lamentándose y orando.

La frustración hizo que Rob se sintiera tan violento como si hubiera bebido en exceso.

– No tiene ningún sentido. Se trata de un mandamiento dictado por la ignorancia.

– ¡No te permito decir que la palabra de Dios es ignorante!

– No estoy hablando de la palabra de Dios, sino de la interpretación que hace el hombre de la palabra de Dios. Eso es lo que ha mantenido al mundo en la ignorancia y la oscuridad a lo largo de mil años.

Mirdin guardó silencio un momento.

– Nadie ha pedido tu aprobación -dijo finalmente-. Además, no es sensata ni decorosa. Lo único que acordamos fue que estudiarías las leyes de Dios.

– Sí, acepté estudiarlas. Pero no accedí a cerrar mi mente ni a callar mi criterio.

Esta vez Mirdin no respondió.

Dos días después, llegaron por fin a los márgenes de un gran río, el Indo.

Había un vado fácil unas millas al norte, pero los mahouts les informaron de que a veces estaba custodiado por soldados, de modo que recorrieron unas millas rumbo al sur, en busca de otro vado, más profundo pero igualmente practicable. Khuff destinó una partida de hombres a construir balsas. Los que sabían nadar cruzaron con los animales hasta la otra orilla. Quienes no eran nadadores subieron a bordo de las balsas. Algunos elefantes caminaban por el lecho del río, totalmente sumergidos pero asomando la trompa para respirar. Cuando el río se volvió demasiado profundo incluso para ellos, los elefantes nadaron como los caballos.

En la otra orilla, la expedición se reunió y reemprendió su avance hacia el norte, en dirección a Mansura, desviándose ampliamente del vado custodiado.

Karim llamó a Mirdin y Rob a presencia del sha, y durante un buen rato fueron con él a lomos de Zi. Rob tenía que hacer un esfuerzo para concentrarse en las palabras del rey, porque el mundo era diferente desde lo alto de un elefante.

En Ispahán, los espías del sha le habían informado que Mansura no estaba bien defendida. El antiguo rajá del lugar, un feroz comandante, había muerto recientemente y se decía que sus hijos eran pésimos militares y que no protegían con eficacia sus guarniciones.

– Tendré que enviar una partida de reconocimiento -decidió Alá-. Iréis vosotros, pues se me ocurre que dos mercaderes Dhimmi podrán aproximarse a Mansura sin despertar comentarios.

Rob reprimió el impulso de mirar a Mirdin.

– Debéis descubrir si hay trampas para elefantes cerca de la aldea. A veces, esta gente construye armazones de madera de las que sobresalen afilados pinchos de hierro, y las entierran en zanjas poco profundas excavadas en la parte exterior de sus murallas. Estos artilugios estropean las patas de los elefantes, y debemos enterarnos de que aquí no los hay, antes de hacer pasar a nuestras bestias.

Rob asintió. Cuando uno va montado en un elefante todo parece posible.

– Sí, Majestad -respondió al sha.

Los atacantes acamparon a la espera del regreso de los exploradores.

Rob y Mirdin dejaron sus camellos, obviamente bestias militares entrenadas para la velocidad y no para la carga, y se alejaron del campamento montados en sendos asnos.

La mañana era fresca y soleada. En la selva frondosa las aves chillaban y un grupo de monos se burló de ellos desde un árbol.

– Me encantaría hacer la disección de un mono.

Mirdin todavía estaba enfadado con él, y descubrió que ser observador secreto le gustaba menos aún que ser soldado.

– ¿Una disección? ¿Por qué?

– Para descubrir lo que pueda-replicó Rob-. De igual modo que Galeno abrió macacos para aprender.

– Pensaba que habías decidido ser médico.

– Eso es ser médico.

– No; eso es ser taxidermista. Yo seré médico y pasaré toda mi vida atendiendo al pueblo de Masqat en tiempos de enfermedad, que es lo que debe hacer un médico. ¡Tú no eres capaz de decidir si quieres ser cirujano, taxidermista, médico o… comadrona con cojones! ¡Quieres hacerlo todo!

Rob sonrió a su amigo pero no hizo comentario alguno. Carecía de defensas, pues, en gran medida, era verdad aquello de que lo acusaba Mirdin.

Viajaron un rato en silencio. Dos veces se cruzaron con indios: un granjero que iba hundido hasta los tobillos en el lodo de una acequia a la vera del camino, y dos hombres cargados con un poste del que colgaba un canasto lleno de ciruelas amarillas. Estos últimos los saludaron en una lengua que ni Rob ni Mirdin entendían, y sólo pudieron responder con una sonrisa.

Rob esperaba que no llegaran andando al campamento, pues quienquiera que tropezara con los invasores sería inmediatamente convertido en cadáver o en esclavo.

Al cabo de poco, media docena de hombres que conducían burros se acercaron a ellos por un recodo, y Mirdin sonrió a Rob por primera vez, pues esos viajeros usaban polvorientos sombreros de cuero como los de ellos y caftanes negros que daban testimonio de esforzados viajes

– ¡Shalom! -los saludó Rob cuando estuvieron cerca.

– ¡Shalom alekhem! Feliz encuentro.

El portavoz y jefe dijo que se llamaba Hillel Nafthali, de Ahwaz, mercader en especias. Era conversador y sonriente. Una marca de nacimiento lívida, en forma de fresa, cubría la mejilla bajo su ojo izquierdo. Parecía dispuesto a pasar el día entero en presentaciones y explicaciones genealógicas.

Uno de los que lo acompañaban era su hermano Ari, otro era hijo suyo, y los otros tres eran maridos de sus hijas. No conocía al padre de Mirdin, pero había oído hablar de la familia Askari, compradores de perlas de Masqat. El intercambio de nombres se prolongó hasta que por último llegaron a un primo lejano de apellido Nafthali, al que Mirdin sí había conocido, y de este modo ambas partes quedaron satisfechas al comprobar que no eran extraños.

– ¿Venís del norte? -preguntó Mirdin.

– Hemos estado en Multan, haciendo un pequeño recado -dijo Nafthali con un tono que indicaba la magnitud de la transacción-. ¿Adónde viajáis vosotros?

– A Mansura. Por negocios, un poco de esto y otro poco de aquello -dijo Rob, y los hombres asintieron respetuosamente-. ¿Conocéis bien Mansura?

– Muy bien. De hecho, ayer pasamos la noche allí con Ezra ben Husik, que comercia con granos de pimienta. Un hombre muy valioso y siempre hospitalario.

– Entonces, ¿has observado la guarnición del lugar? -preguntó Rob.

– ¿La guarnición?

Nafthali los miró fijamente, desconcertado.

– ¿Cuántos soldados hay estacionados en Mansura? -preguntó tranquilamente Mirdin.

En cuanto comprendió, Nafthali retrocedió, espantado.

– Nosotros no nos mezclamos en esas cosas -dijo en voz baja, casi en un susurro.

Comenzaron a apartarse, al cabo de un instante habrían desaparecido.

Rob sabía que ese era el momento de dar una prueba de buena fe.

– No debéis llegar muy lejos por este camino si no queréis poner en peligro vuestra vida. Y tampoco debéis regresar a Mansura.

Lo contemplaron, ahora pálidos.

– Entonces, ¿adónde podemos ir? -quiso saber Nafthali.

– Sacad a vuestros animales del camino y ocultaos en el bosque. Permaneced escondidos tanto tiempo como sea necesario… hasta que hayáis oído que pasa el último de un gran numero de hombres. Después volved al camino e id a Ahwaz a toda velocidad.

– Muchas gracias -dijo Nafthali, impresionado.

– ¿Es prudente que nos aproximemos a Mansura? -preguntó Mirdin.

El mercader de especias movió la cabeza afirmativamente.

– Están acostumbrados a ver comerciantes judíos.

Rob no estaba satisfecho. Recordó el idioma por señas que Loeb le había enseñado camino del este, las señales secretas con que los mercaderes judíos de Oriente cerraban sus tratos sin conversar. Extendió la mano y le dio la vuelta, haciendo la señal que significaba "¿Cuántos?”

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