Mariela González - Götterdämerung

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Europa, principios del XIX. Una época de cambios, de sentimientos encendidos que afloran en forma de nuevos ideales. Aunque lo cierto es que las cosas comenzaron a ser diferentes mucho antes: el día en que se abrieron los Senderos, los seres feéricos empezaron a convivir con los humanos, y los mismos dioses reclamaron su lugar como gobernantes legítimos de las naciones del continente.Viktor DeRoot, como tantos otros poetas y artistas diletantes, busca su fortuna en Heidelberg. Pero hay algo que le diferencia: es uno de los pocos que saben emplear la Alta Poesía, la disciplina capaz de convertir los versos en herramientas para manipular la realidad. Es por ello que tiene una visión muy diferente del mundo que le rodea… bueno, y quizás también por llevar en su ojo derecho el corazón de su amigo Gus, un trasgo de Galiza. El mismo que guarda el alma de Viktor en un tarro vacío. Cosas que pasan en una noche cualquiera, en un encuentro casual.La Alta Poesía es un conocimiento preciado y peligroso a partes iguales, y por mucho que Viktor quiera mantenerse alejado de ella y rehuir los errores de su pasado, se verá envuelto en intrigas, traiciones y juegos de máscaras que le obligarán a asumir un papel que nunca hubiera imaginado para mantener el orden del mundo.

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—He ahí el dilema. La entelequia que marca nuestra existencia. El gran tema en torno al que orbita toda nuestra filosofía moderna —exclamó, sin importarle que el chico entendiera o no tales términos—. Nuestra fe creó a los dioses, a lo largo y ancho del mundo… pero ellos acabaron convirtiéndose en seres de carne y hueso, reales como nosotros mismos. ¿Y quién nos dice que no pasó lo mismo con nosotros? ¿Que no fuimos, en realidad, el sueño de una raza diferente? ¿La explicación de lo incognoscible a través de una mente que nunca alcanzaremos a descubrir?

Algunos de los curiosos que se habían detenido menearon la cabeza y continuaron su camino. Entre los niños se extendió una expresión de desconcierto; no todos la mostraron, constató satisfecho Enzo, pues hubo quien arrugó el ceño, pensativo. Había plantado la semilla. El chico que había intervenido quedó mudo, a pesar de la mirada fija de su hermano, quien esperaba que volviese a replicar. Bueno, había que reconducir el hilo, se dijo el cuentacuentos. Regresar a lo mundano. Al quid de la cuestión.

—La imaginación cuenta con un hermano muy importante, sin el cual nada de lo que nos rodea hoy sería posible: el raciocinio. Cuando los antiguos pueblos siguieron avanzando y progresando, la ciencia, las matemáticas, ocuparon el lugar de la superstición y el misticismo. La fe en las antiguas religiones empezó a decaer; los números se mostraban ahora mucho más eficaces que los mitos para entender la realidad. Sin embargo, no nos olvidemos de que los dioses seguían ahí, reales, en sus propias dimensiones. Era esa fe que ahora empezaba a tambalearse la que les había dado vida y seguían necesitándola para subsistir. Así que hicieron lo más inteligente. En lugar de luchar contra el progreso y el raciocinio, lo abrazaron. Igual que un agricultor en la mañana de los tiempos, supo que debía utilizar la lluvia en su provecho en vez de alzar el puño hacia las nubes. Y así llegó el Tiempo de la Unificación.

Enzo hizo una pausa necesaria, esta vez, para tomar aire y dar un pequeño trago a su cantimplora de brandy. Se emocionaba siempre al llegar a esta parte y no respetaba los tiempos necesarios de respiración. Carraspeó. Aguardó un instante a que un par de niños se marcharan, llevados de la mano de sus padres; uno de ellos le dirigió una mirada reprobadora, sin duda insatisfecho con la distracción impropia que estaba proporcionando.

No se molestó con aquello. Nunca lo hacía. No todo el mundo estaba de acuerdo en hablar sin rodeos de ciertas cosas.

—El Tiempo de la Unificación, en 1453, marcó el momento en que los dioses se manifestaron en nuestro mundo y mostraron que eran mucho más que cuentos nacidos en la oscuridad de las cavernas. Su poder era cierto, y su voluntad de seguir ostentando la supremacía del mundo no admitía réplica. Pero no buscaron la confrontación ni la violencia, sino una evolución de la fe. Decidieron pactar con los seres humanos, plegarse a su organización del mundo y a los tiempos que corrían. A la política y la sociedad. Se repartirían los distintos países en función de su influencia, de la fuerza en que sus habitantes creían en ellos, y gobernarían no ya desde el mito y la leyenda sino desde la razón y la ciencia. En palacios, castillos y tribunales.

»Fue una época de incertidumbre: no todo el mundo aceptó que, de repente, los mitos se hubieran convertido en carne. Porque los dioses habían adquirido forma humana, aunque su poder siguiera siendo el mismo. Los que estaban reticentes a creer se vieron convencidos cuando nuestro señor Odín atravesó una montaña con su lanza Gungnir. O cuando, en la lejana Grecia, Zeus desató toda una tormenta de rayos con solo un chasquido de sus dedos.

Algunas exclamaciones de alegría, ojos que se abrían como platos, imaginando la escena. Por fin, aquello sí que interesaba a la audiencia infantil. Cómo no.

—Es por ello que hemos de estar agradecidos. En lugar de rebelarnos, como algunos están haciendo a lo largo y ancho de nuestra amada Europa, intentando fragmentarla. —En este punto Enzo bajó un poco el tono… pero no iba a marcharse sin decir aquello—. Tenemos que sentirnos felices y orgullosos de nuestros gobernantes. De que los dioses accedieran a convivir con nosotros como tales, ofreciéndonos su poder para guiarnos por el buen camino. Dejándonos mantener nuestro calendario, nuestras costumbres, pero llevándonos de la mano a una nueva y brillante era. Con la política en su mano, nuestra razón puede despreocuparse de tales trivialidades y emplearse en la búsqueda del progreso. Nuestro siglo es el mayor ejemplo de este triunfo. Hemos empezado a dominar los cielos, las artes, ¡a convivir con seres feéricos que han cruzado los Senderos y que nos han traído el regalo de su Glamerye! Nada habría sido posible sin nuestros gobernantes. ¡No os olvidéis de eso, pequeños, oigáis lo que oigáis por ahí!

Nuevas cabezas de adultos se movieron en su dirección. La plaza no estaba demasiado concurrida, por lo que su voz, como él esperaba, había alcanzado casi todos los rincones. El cuentacuentos captó sin dificultad miradas que lo atravesaban con ira. Los tiempos eran convulsos, no era quizás lo más adecuado soltar aquellas cosas en plena calle. Sin embargo, las inteligencias jóvenes no debían mantenerse en la oscuridad. Su tarea era la de aleccionar… no solo sobre el pasado, sino también sobre el difícil presente que estaban viviendo. Y explicar cómo debía ser el auténtico orden de las cosas.

Decidió terminar la sesión por aquel día, sin más. No hubo mucha suerte con las monedas. La mayoría de los padres recogieron a sus hijos murmurando entre sí. Alguno trató de hablar con Enzo, pero este lo esquivó. Ya fuera una felicitación o una recriminación, su labor había concluido. Se marchó a casa, buscando, eso sí, las callejas mejor iluminadas. Los malditos rebeldes, los que proclamaban aquellas máximas liberales contra los dioses y la necesidad de un nuevo régimen, tenían ojos, oídos y matones por todas partes.

CAPÍTULO 1 Siempre que lo veía Gus intentaba captar algo en sus ojos No sabía bien el - фото 4

Siempre que lo veía, Gus intentaba captar algo en sus ojos. No sabía bien el qué. Quizás esas metáforas que leía en los poemas que Viktor y quienes eran como Viktor escribían a todas horas: una llamarada repentina y artera, una risa agria ahogada en las pupilas. Lo había visto muchas veces representado así, en antiguos tapices y grabados. Como un zorro ladino, con un interminable repertorio de artimañas. Ahora, sin embargo, no se diferenciaba demasiado de cualquier otro caballero de la región. Un caballero bien arreglado, de maneras pulcras, con cartas guardadas bajo la manga como tantos otros.

No, nunca era capaz de descifrar aquellos ojos; de sobrepasar la barrera de las buenas maneras y acercarse a su epicentro de astucia y engaño. Lo que veía (y era algo que le causaba una profunda desazón) era serenidad. Una tranquilidad casi se diría que agradable. Impropia, insultante en un tipo como aquel, un embaucador cuya lista de mentiras y engaños podría cubrir la superficie entera del Rin.

Y entonces, como si los pensamientos de Gus se escaparan a través de la rendija de su ceño fruncido, Wilhelm Lake le miró y sonrió. Solo fue un instante, pero en aquel breve momento de burla volvió a ser Loki. El dios de las mil caras. Le regaló aquel vistazo condescendiente un segundo, como si quisiera compensarle por el esfuerzo vano. Viktor no se percató de ello, por lo visto. Tal vez estaba acostumbrado (lo había tratado más que él, después de todo), tal vez su mente en perenne actividad le impedía fijarse en aquellos detalles. Con el cabello rubio desgreñado, una erizada barba de varios días y los dedos manchados de tinta, era el contraste perfecto para aquel tipo perfumado y su levita púrpura, para aquel rostro anguloso bien afeitado y sus finas, blancas manos. Lake parecía fuera de lugar en aquella buhardilla desordenada, como una figura de porcelana que alguien hubiera dejado allí para recogerla en un rato.

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