Aquella era la obsesión de su amigo Vik. Una mujer inquieta que se atrevía con diferentes disciplinas y géneros, igual que tantos otros artistas de la época. Su carácter debía de ser fuerte si se había quedado con su propio apellido en lugar de adoptar el Wilkins al casarse. Era el recuerdo imborrable, el remordimiento enquistado en el alma de Viktor. La progresiva lejanía y la amenaza del olvido habían espoleado la desesperación del poeta con el paso de los años; por más que este lo negara, el trasgo lo había notado en cada uno de sus versos, en sus pinturas sombrías. Se sabía al dedillo la historia de su vida como hermanastros y su separación posterior, y comprendía que estaba fuera del alcance de su compañero desde hacía mucho. Se preguntaba cómo influiría eso durante el tiempo en que tuvieran que convivir en la abadía.
—Lo cierto es que ese barco es uno de nuestros prototipos más antiguos. —Erin dejó un momento los papeles que examinaba y miró al techo con orgullo. Sus grandes ojos parecían siempre inquisitivos. Se dio golpecitos en el mentón con un lápiz, pensativa—. Nuestra idea era crear un medio de transporte marítimo con mayor autonomía. Algo que comunicara Europa con América de manera eficiente y pusiera fin al aislacionismo. «Poca cosa», ya ves —rio—. Hemos abandonado el proyecto y quizás sería hora de bajarlo de ahí. Nos supone una atención constante: no podemos olvidarnos de renovar el Glamerye cada cierto tiempo o sería un desastre.
—Sueño con el día en que me hagas caso de una vez, Erin —gruñó entonces Mara, sin levantar la mirada de su tarea—. Mantener ahí ese barco no solo es un riesgo para nuestras cabezas, sino un desperdicio de piezas.
Gus se moría de ganas de preguntarle por la criatura a la que toqueteaba como si fuera una extraña mezcla de chatarrera y veterinaria. Y por otros muchos ingenios que veía allí. Mara le miraba de hito en hito, tal vez advirtiendo su interés o esperando a que él preguntase. No era de la clase de personas que malgastaban palabras, había notado el trasgo.
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