La incertidumbre provocada por la crisis económica ha ido acompañada de una acumulación de paradojas que nos ha empujado a la perplejidad al constatar de qué manera la respuesta política, aplicada frecuentemente, ahondaba en las mismas causas que nos habían precipitado a la recesión. ¿Quién no se ha preguntado con estupor cómo era posible que tras la crisis financiera que siguió al estallido de la burbuja inmobiliaria en 2008 se siguiera insistiendo en los discursos desregularizadores que se encontraban en la raíz de dicha crisis? O, en otro ámbito, ante la llamada «crisis de los refugiados», desencadenada por la ineficiente política migratoria de la Unión Europea, ¿quién no se ha pasmado frente a la lentitud en la toma de decisiones y su lamentable final, que ha incrementado la misma línea política basada en la externalización del control de fronteras, premiando a un régimen en plena deriva autoritaria como el turco bajo Erdogan, que había estado implicado en la avalancha de refugiados del verano de 2015 que ahora se quería detener? Esos contrasentidos dejan de serlo si entendemos la manera en que las catástrofes han pasado de ser un riesgo convertido en oportunidad, a un efecto buscado para imponer las mismas directrices políticas que muchas veces se encuentran entre sus motivos iniciales. El triunfo del Brexit en el referéndum del 23 de junio de 2016, con la necesidad de restringir la inmigración como estandarte de su campaña, pero también de luchar contra la «superpoblación» del Reino Unido postulada por grupos de presión favorables a la salida de la ue, como «Population Matters»,7 y apenas cinco meses después la victoria de Donald Trump el 8 de noviembre del mismo año, con una decidida política antiinmigatoria que hace retroceder al país a la situación anterior a 1965, han empujado a parte de los movimientos sociales y a la intelectualidad a creer que nos aproximamos a una situación crítica donde muchos siguen autoengañándose, negando el ascenso del totalitarismo, de modo similar a lo que ocurrió en los años precedentes a la Segunda Guerra Mundial. El repunte de las ventas en Estados Unidos de la distopía 1984 de George Orwell,8 semanas después de la toma de posesión de la presidencia por el candidato republicano y la popularidad del concepto de la «posverdad» tras su inclusión en la última versión del Diccionario de Oxford (asimilada a la orwelliana «Novolingua»), parece responder a esa inquietud. Otros prefieren seguir pensando que se trata del trasnochado gusto gótico de una izquierda desnortada, que ha abrazado el milenarismo como último recurso, obviando la mejora sin precedentes de los niveles de prosperidad y paz globales, siguiendo los dictados de Davos.9
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Esta ha sido la pregunta inicial que he intentado responder en este nuevo ensayo, por lo que me dispuse a analizar el discurso de políticos y científicos que habían abordado la evolución de la población en el nuevo milenio desde una perspectiva distópica. A diferencia del anterior, la exposición no se ha articulado mediante la óptica histórica, se ha priorizado la producción del siglo xxi. Ello no ha impedido retroceder al pasado cuando se ha considerado que la comprensión genealógica lo exigía, de modo que se han focalizado unos períodos clave, mientras que el resto ha quedado en las brumas que rodean la senda que me ha impulsado a reflexionar sobre el papel de la sociedad de mercado en el proceso de creación y catalogación de poblaciones. Durante la investigación descubrimos cómo el género zombi, en su transformación y popularidad en el nuevo milenio, resultaba el reflejo de ese cambio radical en la organización social y sus expectativas de futuro, que empezaba con la categorización de la población entre resilientes y redundantes. Pese al escepticismo que despiertan los estudios culturales en la demografía como disciplina científica, y al descrédito de la acusación de frikismo que suscitan en el mundo académico en general, defendemos que el análisis de las producciones sobre muertos vivientes como demodistopía nos permite entender la metamorfosis en la que nos encontramos inmersos. Escabroso camino que me ha conducido a unas tan inesperadas como lúgubres conclusiones sobre la construcción de esa realidad en lo imaginario social. Pero ya se sabe que una cosa son las intenciones que uno tiene al emprender una nueva investigación y otra muy distinta es cómo se acaba.
Se ha organizado este ensayo en tres partes. En la primera, Regreso al futuro demodistópico, se expone la tesis que explica por qué las distopías sobre la población, con el triunfo de las políticas neoliberales en el nuevo milenio, no solo han vuelto a campear en el terreno de la creación artística, sino que contaminan los horizontes políticos y científicos. En la segunda parte, La metáfora zombi, se analiza el género de los muertos vivientes durante el tercer milenio. Tomado como modelo ejemplar de la translación al imaginario social de los cambios que, en la población y respecto a uno mismo, ha impuesto el neoliberalismo en la subjetivación. Lo que constituye una forma popular de explorar el fondo de esas mutaciones, basadas en la creación de redundancia, y en la resiliencia, y esboza un principio de geografía y demografía postapocalípticas. Por último, en la tercera parte, El pliegue tanatopolítico, resumimos las principales aportaciones y apuntamos posibles evoluciones, para finalizar defendiendo que lo que está ocurriendo es el desplazamiento de la biopolítica a la tanatopolítica, y ello en el seno de una sociedad que se obliga al positivismo, a la eterna sonrisa optimista. O eso simula.
1. Domingo, Andreu (2008), Descenso literario a los infiernos demográficos. Barcelona: Anagrama.
2. Ehrlich, P. R. (1968), The Population Bomb. Nueva York: Sierra Club.
3. Attenborough, David (2011) «This Heaving Planet». New Statesman, 27.
4. fao (2013), Edible Insects. Future Prospects for Food and Feed Security. Rome: Food and Agricultural Organisation of the United Nations.
5. Burgess, Anthony (1978), 1985. Boston: Little, Brown and Company.
6. Russell, Bretrand (1916), «El matrimonio y el problema de la población». En Russell, Bertrand (1993), Sobre la ética, el sexo y el matrimonio. Barcelona: Alcor, pp. 443-461.
7. Gietel-Basten, Stuart (2016), «Why Brexit? The Toxic Mix of Immigration and Austerity». Population and Development Review 42 (4): 673-680.
8. Orwell, George (1949) Nighteen Eighty-Four. Londres: Harwill Secker.
9. World Economic Forum (2017), Global Risks, 2017. Ginebra: World Economic Forum.
PARTE I
REGRESO AL FUTURO DEMODISTÓPICO
I. La evolución de la población como Riesgo Global
Para entender el discurso demodístópico en el siglo xxi en el campo científico y político es imprescindible referirnos a la propia construcción de la demografía como riesgo global, de su crecimiento, de su estructura —el envejecimiento—, y de su dinámica —especialmente las migraciones—. Lo que nos obliga a relacionar los cambios y continuidades en la percepción de esa evolución de la población dentro del marco de la «sociedad del riesgo». El sociólogo alemán Ulrich Beck es quien en 198610 acuñó el término para explicar la fase de la modernidad en la que la gobernabilidad está marcada por la construcción política del riesgo, y su gestión. Hasta cierto punto la enunciación teórica llega cuando ese concepto se va a ver profundamente alterado debido, entre otras circunstancias, a la aceleración del proceso de globalización, como el propio autor explicará en sus obras posteriores.
La sociedad del riesgo: de la prevención a la resiliencia
Transformaciones en la sociedad del riesgo global
Cuando en 1986 Ulrich Beck formulaba su teoría, la prevención era el elemento clave para entender la gobernabilidad como gestión del riesgo. Lo hacía con las miras puestas en una distribución más equitativa entre ciudadanos y Estado de los costes que podían ocasionar aquellos fenómenos interpretados como posibles elementos de inseguridad, como por ejemplo: la salud, el trabajo u otras circunstancias personales o de índole general. El Estado, en su papel de garante de la seguridad, asumía la contención previsora y la distribución de las consecuencias y de los gastos derivados de las decisiones individuales, haciendo a su vez partícipe al individuo de su prevención. Esta concepción resulta la culminación de un proceso de internalización del riesgo que empieza con la industrialización y que, tras someter a la naturaleza y proceder a la desacralización de la catástrofe, convierte a la sociedad misma en una suerte de aseguradora ante los riesgos que provoca su desarrollo. El accidente, esencialmente el laboral, pero con él los demás riesgos, se inscribe entonces dentro de las relaciones sociales y de la interdependencia de las sociedades humanas.11 El mismo Beck afirmaría, mucho más tarde, siguiendo el Principio de esperanza publicado en1959, del filósofo Ernst Bloch,12 que el despliegue de su teoría del riesgo llevado a sus últimas consecuencias en el Estado de bienestar implicaba un horizonte utópico.13 Desprendiéndose de esa concepción, se define la población vulnerable como aquella que se encuentra en riesgo (individuos o colectivos), sobre la que se habrá de intervenir de forma preventiva.
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