Barbara Cartland - Melodía Cíngara

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Thea, Princesa de Kostas, no estaba dispuesta a casarse por conveniencias de Estado con el anciano Rey Otho, Monarca de un país vecino y a quien su Padre pretendía imponerle. Para evitarlo, la Princesa decidió huir del Palacio y cabalgando llega a un sorprendente lugar… Ignoraba que al decidir quedarse en ese lugar, iba al encuentro de su destino y entre la realidad y el ensueño viviría una aventura que jamás podría olvidar. Todo esto y más es relatado en esta romántica novela de Barbara Cartland. *Originalmente publicada como: -Melodía Cingarapor Harlequín Española S.A. -La Princesa Apasionadapor Harmex S.A. de C.V.

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Thea miró hacia atrás. Había recorrido mucho más de lo que suponía. Ya no se veía la ciudad ni tampoco el palacio que la dominaba desde su colina.

¿A dónde debería ir?, se preguntó.

Cabalgó hasta llegar a una parte del país en la que nunca había estado.

Ya no había señales del río ni de campos cultivados. Sólo se veían las flores, las mariposas y, más allá, las montañas, en las cuales según sabía Thea, había muchos pasos, algunos muy frecuentados y otros no.

Ella nunca había tenido oportunidad de explorarlos. Cuando salía a montar con su padre o con Georgi, siempre llegaba un momento en que ellos decían,

–Debemos regresar o llegaremos tarde para el almuerzo y cuando cabalgaba por la tarde también tenían que regresar a tiempo de cambiarse para la cena, que siempre era de etiqueta.

Thea avanzó durante otra hora, hasta que comenzó a sentir hambre.

Más tarde tendría que encontrar un sitio donde pasar la noche, se dijo.

Había pequeñas casas de huéspedes y hostales donde se alojaban los visitantes extranjeros, sobre todo los aficionados al alpinismo. Éste era un deporte que Georgi había practicado, pero lo abandonó después de fracturarse un brazo.

Eran también muchos los cazadores que iban a Kostas, dada la abundancia de presas en sus bosques.

"Debe de haber algún albergue por aquí", pensaba Thea. Pero por el momento no había prisa al respecto, así que continuó en dirección a las montañas.

Poco después reparó en un paso hasta el cual conducía un sendero. Le pareció que sería buen lugar para ocultarse, así que llevó a Mercurio hacia allí. Una vez cerca de la cima, miró atrás y vio que llevaba mucho recorrido.

Si su padre enviaba soldados a buscarla, les llevaría días recorrer las montañas.

Continuó ascendiendo por el camino que no era muy largo, pero sí escabroso, pues sólo podía recorrerse a caballo o a pie. Al final se encontró en un bosque de abetos tan espeso, que la luz del sol apenas podía traspasar el follaje.

Thea amaba los bosques, pues se conmovía con su misterio y los imaginaba poblados de duendes, hadas y otros seres míticos. Ciertamente, se hubiera dicho que aquél era un bosque encantado.

Inesperadamente, llegó a un claro donde había un pequeño lago donde se reflejaban los rayos solares tamizados por la espesura. Alzó la cabeza y vio, fascinada, que los nevados picos de las montañas se elevaban por encima de los árboles más altos. También vio que alrededor del lago crecía gran profusión de flores amarillas.

Todo era tan hermoso, que no se hubiera sorprendido de encontrar una ninfa surgiendo de las tranquilas aguas.

Suponiendo que Mercurio tendría sed, lo llevó hasta la orilla y desmontó. Le echó las riendas sobre el lomo y lo dejó que bebiese cuanto quisiera, en tanto ella paseaba en torno al lago, observándolo todo fascinada.

Tenía la sensación de haber entrado en un mundo mágico, diferente a cuanto había conocido hasta entonces. Iba tan absorta contemplando el paisaje, que estuvo a punto de tropezar con un hombre que, sentado en un banquillo, pintaba el lienzo que tenía sobre un caballete.

Estaba copiando el lago, tan inmerso en su labor, que al parecer no se había percatado de la presencia de ella. Thea miró la tela y pensó que el pintor tenía talento. Era la primera persona que encontraba desde que había salido del palacio y esperaba que pudiera informarla de lo que deseaba saber.

–Discúlpeme, Señor– empezó a decir con su voz cristalina–, ¿podría usted decirme dónde...

Antes de que pudiera terminar la frase, el pintor exclamó:

–¡Márchese! ¡Déjeme solo! ¡Estoy ocupado!

Se expresaba con tal disgusto, que Thea se quedó perpleja. Con excepción de su padre, jamás nadie le había hablado de aquel modo y la sorpresa la dejó paralizada.

Como si pretendiera obligarla a obedecer, el artista volvió la cabeza y entonces se quedó también quieto, mirándola simplemente.

Ella, que le observaba igualmente, se preguntó cómo alguien tan agresivo podía tener aquel atractivo varonil, que lo hacía distinto de cualquier otro hombre que ella conociera.

Tenía oscuro el cabello, clásicas las facciones y los ojos casi negros.

Reinó un largo silencio antes de que dijera con tono muy diferente,

–Le pido disculpas… ¿Cómo podía esperar que me visitara la diosa de las montañas?

Thea se echó a reír sin poder evitarlo.

Ella siempre había creído que, efectivamente, en las nevadas cimas de las montañas había dioses que mostraban su descontento provocando tormentas o recompensaban a sus favoritos con abundancia de frutos silvestres.

El Pintor se había puesto de pie sin dejar de mirar a Thea. Era de elevada estatura, pues media más de dos metros, y sus hombros eran muy anchos.

Su aspecto era el propio de un pintor, sin chaqueta, que tenía en el suelo, a su lado, y una bufanda de seda en vez de corbata.

–Por favor– añadió– disculpe y deme ocasión de responder a la pregunta que no le he permitido acabar.

Parecía tan arrepentido, que Thea le dijo sonriente,

–Quizá sea yo quien deba excusarse por interrumpirle cuando se ocupaba de pintar algo tan hermoso.

–Estaba enojado porque no lograba captarlo– confesó el pintor–.¿Cómo reproducir la luz que danza sobre las aguas o el misterio de los árboles?

Thea lo miró sorprendida por la coincidencia de sus sensaciones.

–¿Puedo ver su cuadro?– le preguntó.

El Pintor extendió las manos.

–Será un honor mostrárselo– contestó–, pero soy consciente de mi mediocridad.

Thea se acercó al caballete.

A primera vista pudo comprobar que la pintura era muy diferente a cualquiera de las que adornaban los muros del palacio.

No era una representación exacta del lago o de los árboles, sino algo así como una impresión del conjunto.

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