Kostas se encontraba junto a la Frontera Sur de Hungría. La sangre de ambos países se había mezclado en el curso de los años, lo cual explicaba que muchas de sus mujeres tuvieran el cabello rojo tan característico de los húngaros. El de Thea era de un rojizo dorado, por lo que bajo la luz del sol hacía pensar en llamas danzarinas. Con aquel pelo, era casi inevitable que sus ojos fueran verdes; pero cuando Thea se alteraba, se le oscurecían hasta adquirir un tono casi púrpura.
La joven Princesa no tenía idea de que su hermano la observaba pensando que en los últimos años se había convertido en una belleza y con el tiempo se pondría más bonita aún. Era lamentable que no hubiera algún candidato más adecuado que el Rey Otho para convertirse en esposo de su hermana, pero él, Georgi, no podía hacer nada al respecto. En realidad, ya había hecho lo posible al discutir con su Padre hasta que éste, desesperado, le espetó,
–¡No seas más torpe de lo que sueles! No somos lo bastante importante como para ser tenidos en cuenta por la Realeza de los Países más poderosos. Además..., tampoco cuenta Thea con una dote tan grande como para atraer a partidos más codiciables.
Georgi era consciente de que su padre nunca había disfrutado de una situación económica holgada. Ello se debía, en parte, a sus ambiciosos planes. Había gastado una cantidad enorme de dinero en la construcción del palacio y los jardines. También dotó a su pequeño Ejército de vistosos uniformes así como de las armas más modernas, aunque jamás las utilizaban.
Así pues, a menos que encontraran oro en las montañas o perlas en el río, cosa improbable, tendrían que seguir luchando para lograr que la situación financiera fuera estable.
Georgi se daba cuenta de que ésa era la causa de que su padre buscara una Princesa acaudalada para desposarla con él. Poco importaba que fuese gorda, simple o antipática, si su dote era conveniente, tendría que aceptarla.
Era esta idea lo que le impulsaba a huir rumbo a París. Allí las cortesanas serían caras, pero, ciertamente, sabían cómo hacer que un hombre se olvidara de todo. Su última estancia en la capital francesa había sido muy agradable; seguro que ahora muchas "chicas de la vida alegre" lo recibirían con los brazos abiertos; no solamente porque era Príncipe y generoso, sino también porque era un joven muy bien parecido y, como casi todos los hombres de Kostas, un amante muy fogoso.
Esto y su habilidad de jinete eran cualidades que había heredado de Hungría.
Georgi se levantó de la silla y se acercó a su hermana. le pasó un brazo por los hombros y exclamó,
–¡Anímate, muchachita! Cuando los dos estemos casados, ya buscaré algún pretexto para llevarte a París o quizá a Inglaterra. Una mujer casada tiene mucha más libertad que una soltera.
–¡Pero yo quiero acompañarte ahora!
–Me gustaría complacerte, pero creo que te escandalizarías y también podrías alterar un poco mi estancia allí.
Thea aceptó el razonamiento, mas dijo temerosa,
–¿Tú no crees que Papá... tome alguna determinación mientras estás ausente?
–Trataré de convencerlo de que no lo haga, si tengo oportunidad– prometió Georgi–. Sin embargo, no quiero que eso se convierta en motivo para cancelar mi viaje.
Thea suspiró profundamente.
–No..., por supuesto que no.
–Lo que tú tienes que hacer es divertirte mientras puedas– le aconsejó su Hermano–. Haz levantar las cercas y cabalga libre como el viento en tanto no tengas que ser acompañada. Thea lo miró con viveza.
–¿Quieres decir que cuando esté casada... tendré que llevar una dama de compañía ó un ayudante de campo siempre conmigo?
Georgi no respondió nada y ella infirió la respuesta. Sin duda, como Reina sería vigilada igual que un prisionero. En el palacio estaban actualmente un poco escasos de personal. Por lo tanto, a Thea le habían dado permiso para montar sin llevar a un caballerango como acompañante.
Pero se sobreentendía que no debía salir fuera de los muros que delimitaban el parque. Allí podía estar a solas, pensar y dialogar con su caballo Mercurio sin que nadie la oyera. Ahora le horrorizó pensar que, al ser tan importante, jamás podría tener unos momentos de intimidad.
"Sería muy diferente", pensó, "si pudiera pasear a caballo con alguien a quien amara, alguien con quien pudiera conversar".
En los cuentos que imaginaba, el hombre de sus sueños, su " Príncipe Azul ", resultaba ser siempre un magnífico jinete. Así cabalgarían juntos y solos hacia un horizonte indefinido... Mucho se temía que el Rey Otho, a causa de su avanzada edad, no sería precisamente un jinete como para cabalgar con ella.
Además, estaba segura de que era un hombre muy apegado al protocolo.
Thea siempre había tratado de pasar por alto las observaciones de sus Institutrices:
"Una Princesa no hace esto; una Princesa no hace aquello; ¡Su Alteza Real debe recordar en todo momento quién es!"
Estaba convencida de que lo mismo le diría su esposo, "¡Una Reina no puede hacer nada de lo que desea hacer!"
Como si adivinara lo que estaba pensando, Georgi la oprimió cariñosamente los hombros y dijo,
–Tengo que marcharme para acompañar a Papá en un desfile que será tan aburrido como de costumbre.
–¿Estarás libre mañana?– preguntó Thea.
–¡Sí, gracias a Dios tendré unos momentos para mí mismo! Bien sabes lo breves y poco frecuentes que son.
Tras decir esto, Georgi salió de comedor y Thea permaneció mirando sin ver a través de la ventana.
Todo su ser se rebelaba contra su destino.
Cuando finalmente se dirigió al Salón de Música, donde el Profesor la esperaba, su rostro se veía muy pálido. De todos los Maestros que tenía, el de música era su preferido. Había sido un artista de fama europea antes de retirarse por la edad.
Era la Reina quien había decidido que sería el Maestro ideal para su hija y, en efecto, le enseñó a expresarse a sí misma en su modo de tocar y en las composiciones que escribía. Thea intentaba trasladar al pentagrama las emociones que la belleza inspiraba a su corazón. Solía escuchar el canto de las aves y luego trataba de reproducir en el piano la alegría de sus trinos.
Cuando entró en la Sala de Música, el Profesor se hallaba ante el teclado, interpretando un vals lento y ensoñador. Aquella mañana hizo recordar a Thea al " Príncipe Azul " que confiaba en encontrar algún día.
Volviendo bruscamente a la realidad, recordó que su esposo sería el Rey Otho. ¡Más valía olvidar los sueños!
El Profesor le hizo una reverencia y ella se sentó al piano. Sin darse cuenta, reflejó en su interpretación todo el miedo y la rebeldía que experimentaba ante lo que le deparaba el futuro.
Cerca del anochecer, Thea recibió un mensaje de su padre.
El Primer Ayuda de Campo del Rey era un hombre de mediana edad, que desempeñaba el cargo desde hacía muchos años. Fue él quien acudió a la salita de la Princesa para decirle:
–Su Majestad me ha encargado que informe a su Alteza Real de que desea verla en su estudio.
Thea, que estaba leyendo, dejó el libro y pensó que aquél era el momento de la sentencia.
Había rezado para que su padre aplazara lo que tuviera que comunicarle hasta después de que Georgi regresara de París.
Confiaba en que su hermano hubiera tratado de aplazar aquella conversación.
Ahora se daba cuenta de que el Rey estaba más impaciente que nunca y deseaba resolver la cuestión de una vez. "Antes de que me dé cuenta de lo que está pasando, ya estaré casada", pensó.
¿Podría decirle al ayuda de campo que se sentía cansada y un tanto indispuesta para poder obedecer a la llamada de su Padre?
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