Barbara Cartland - Melodía Cíngara

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Thea, Princesa de Kostas, no estaba dispuesta a casarse por conveniencias de Estado con el anciano Rey Otho, Monarca de un país vecino y a quien su Padre pretendía imponerle. Para evitarlo, la Princesa decidió huir del Palacio y cabalgando llega a un sorprendente lugar… Ignoraba que al decidir quedarse en ese lugar, iba al encuentro de su destino y entre la realidad y el ensueño viviría una aventura que jamás podría olvidar. Todo esto y más es relatado en esta romántica novela de Barbara Cartland. *Originalmente publicada como: -Melodía Cingarapor Harlequín Española S.A. -La Princesa Apasionadapor Harmex S.A. de C.V.

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Mas comprendió que si lo hacía, no podría cabalgar al día siguiente.

Mercurio la estaría esperando y tal vez sólo él pudiera comprender su angustia.

–También debo informar a su Alteza Real– continuó diciendo el ayuda de campo– de que el Príncipe Georgi alteró sus planes y salió hacia París esta misma tarde.

–¿Quiere decir que ya se ha marchado?– preguntó Thea, sorprendida.

–En efecto. Apenas tuvo tiempo de alcanzar el tren. Me pidió que lo despidiera de Su Alteza.

Thea adivinó que, incapaz de convencer a su padre para que aplazara la decisión respecto al matrimonio, había optado por marcharse.

No era raro, porque a Georgi le disgustaban mucho las escenas, sobre todo las recriminaciones.

Thea no culpaba a su hermano por haber elegido la salida más fácil. Simplemente, se había dado cuenta de que no podía hacer nada contra lo inevitable.

Disimulando sus sensaciones, se levantó y dijo al ayuda de campo,

–Comunique a Su Majestad que iré dentro de unos minutos.

El ayuda de campo hizo una reverencia y salió de la estancia. Thea se situó ante el espejo de marco dorado que colgaba de la pared.

Mirando su imagen allí reflejada, recitó,

–Espejo, espejo, dime la verdad ,

Ayúdame, aconséjame qué debo hacer .

Contuvo la respiración como si aguardase una respuesta, pero sólo vio su propia imagen: su pequeño rostro ovalado, su naricilla recta y sus enormes ojos verdes.

Los últimos rayos del sol poniente convertían su cabello en una llamarada de oro.

Conteniendo apenas el llanto, se apartó del espejo y salió de la habitación.

El Estudio de su padre era muy confortable. En lugar de los muebles dorados con tapicería de damasco que había en las otras estancias del palacio, los de aquella estaban tapizados en piel.

El sofá era mullido como un colchón de plumas y la mesa resultaba sumamente cómoda para escribir.

Todos los cuadros que allí había representaban a sus antepasados. Los marcos, tallados y bruñidos, estaban rematados por una corona.

También había alguna porcelana china muy del gusto de su padre.

A menudo, Thea pensaba que aquella habitación expresaba las diferentes facetas del carácter de su progenitor. Pero tampoco se podía pasar por alto la gran Insignia Real, tallada y policromada que pendía sobre la chimenea.

Al entrar Thea, el Rey se encontraba de pie y de espaldas al ventanal.

–Buenas tardes, Hija mía– la acogió cariñoso–. He estado muy ocupado todo el día, mas ahora deseo hablar contigo.

Thea lo besó en la mejilla y tomó asiento en el sofá. Consciente de a lo que iba, se oprimió las manos con nerviosismo.

–Ya tienes dieciocho años y debemos pensar en tu futuro– comenzó a decir el Rey.

–Yo me siento feliz como estoy, Papá.

–Y yo de tenerte conmigo– aseguró el Monarca–. Pero tu madre tenía tu edad cuando se casó.

Thea estuvo a punto de decir,

"Con un hombre solamente cinco años mayor que ella".

Pero al hacerlo traicionaría a su hermano, pues su padre descubriría que Georgi le había hablado acerca del Rey Otho.

–He estado pensando quién sería el mejor aliado para nuestro país– añadió el Soberano e hizo una pausa como si esperase que Thea lo interrumpiera, mas como ella no lo hiciera, continuó diciendo,

–Precisamente tengo aquí una carta del Rey Otho en la cual pide autorización para venir a visitarnos dentro de cuatro días.

Thea contuvo el aliento y apretó los dedos hasta que sus nudillos blanquearon.

–Se diría– prosiguió su padre– que adivinó mis pensamientos.

–¿Y... qué piensas tú, Papá?– la voz de Thea le sonó extraña a ella misma.

–Que una alianza entre el país de Otho y el nuestro sería muy ventajosa– contestó el Rey–. Por lo tanto, le he hecho saber lo complacidos que estaremos por su visita.

–¿Quieres decir que, en tu opinión, el Rey Otho... sería un esposo adecuado para mí?

–Serías Reina de un País grande, próspero y desde esa posición podrías ayudar a Kostas de muchas maneras.

Thea contuvo la respiración antes de atreverse a oponer,

–Lo... lo lamento mucho, Papá..., pero no puedo casarme con el Rey Otho.

Su Padre frunció el entrecejo.

–¿Qué has dicho?

–¡Es un anciano, Papá! Si me caso, deseo hacerlo enamorada.

–¿Qué quieres decir con eso de "si me caso"? ¡Por supuesto que te casarás! ¡Es tu deber hacerlo!

–¡Pero no con un hombre que podría ser mi abuelo!

–¿Y eso qué tiene que ver? Otho es Rey y tu serás Reina.

La voz del padre de Thea sonaba dura, terminante.

–¡Yo quiero amar al hombre con quien me case!

–¡Amar! ¡Amar!– desdeñó el Rey–. ¿Es eso lo único en que pueden pensar las mujeres jóvenes? Pues bien, tu llegarás a amar a tu esposo.

–¿Cómo puedes afirmar eso?

Haciendo un esfuerzo, el Rey trató de mostrarse conciliador.

–Eres muy joven, Hija mía, y, por lo tanto, debes dejar que yo decida qué es lo mejor para ti. Estoy seguro de que Otho será siempre muy bondadoso y te tratará con la mayor consideración.

–¡Pero yo deseo ser amada!– insistió Thea.

–El amor vendrá después del matrimonio.

–¿Cómo puedes estar seguro? Si ahora no me parece atractivo, ¿voy a cambiar de sentimientos sólo porque lleve una alianza en el dedo?

El Rey pareció dudar y Thea aprovechó la pausa para ponerse en pie y decir,

–Lo siento, Papá, pero no me casaré con el Rey Otho, así que sería un error permitirle venir... con unas expectativas que no se cumplirán.

El Rey la miró fijamente.

–¿Pretendes enseñarme cómo debo actuar?– demandó muy molesto–. ¡Por Dios! La mayoría de las jóvenes Princesas se sentirían encantadas ante la idea de convertirse en Reinas.

–No junto a un hombre tan decrépito como el Rey Otho– respondió Thea.

–¿Y qué tiene que ver si es joven o viejo?– se exaltó el Rey.

–¡Me importa a mí! ¡Soy yo quien tiene que casarse con él, no tú!

El Rey perdió al fin el dominio de sí mismo.

–¿Cómo te atreves a hablarme así? ¡Harás lo que te ordeno y no hay más que discutir!

–¿Qué puedes hacer?– replicó Thea–. ¿Llevarme inconsciente al altar? Te juro que jamás pronunciaré las palabras rituales que me convertirían en su esposa.

–¡Maldición! –vociferó el Monarca–. ¡Eres capaz de agotar la paciencia de un santo! ¡Harás lo que se te ordene, es mi última palabra!

Su cólera no intimidaba a Thea.

La Princesa era menuda y de aspecto frágil; sin embargo, en aquel momento había una notable semejanza entre ambos. Uno y otro estaban determinados a salirse con la suya.

–¡Te casarás con el Rey!

–¡No lo haré, Papá! ¡Me niego!

–¿Sí? ¡Pues a menos que cambies de opinión en las próximas veinticuatro horas, serás confinada en tu habitación y te alimentarás a pan y agua! Además, no se te permitirá cabalgar y tu caballo Mercurio será vendido en la Feria que se celebra dentro de dos días.

La sangre desapareció del rostro de Thea.

–¿Has dicho... que venderás a Mercurio?

–Y mantendré mi palabra si no aceptas casarte con el Rey Otho: ¡venderé a Mercurio!

Por un momento, Thea miró estupefacta a su padre. Después con el grito de un animalillo que ha caído en la trampa, salió precipitadamente del estudio.

*

Thea corrió a su habitación y, una vez dentro, cerró la puerta y echó la llave.

Después se arrojó sobre el lecho y estalló en sollozos. Lloró desesperadamente, pues sabía que su padre había vencido.

Quería mucho a Mercurio, que era suyo desde que nació, y le parecía imposible poder vivir sin él.

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