—Ni lo sueñes. O bajas tú o nada.
—Pero es que parezco un gorrón. Qué menos que corresponder con tu…
—¡Qué corresponder ni qué niño muerto! ¿Te crees que esto es un do ut des? ¿Te invito para que me invites? Te invito porque me apetece y me da la gana, ¿entendido?
—Vale, vale.
—Además, para comer un pan y queso con cocacola zero prefiero quedarme en casa con mis verduras a la plancha y mi confit de pavo.
Cómo me gustaban esos azotes verbales, propios del regalo que produce la afinidad y la confianza. Pero que incrementaban la impaciencia que el corazón trataba de imponer.
Venga, compórtate. Sabes hacerlo. No te has visto en nada parecido en tu vida, con una mujer de bandera que te trae de cabeza y te invita a su casa un día tras otro. Mantén esa confianza que te has ganado hasta ahora y no la cagues.
Con ese ánimo bajé a tiempo de aplaudir en la terraza justo antes de la cena, porque tenía esa costumbre tan europea y poco española de cenar a las ocho como muy tarde.
Pero de nada sirvieron las buenas intenciones ni la ducha fría.
Christiana se mostró más punzante, efusiva y tierna que nunca. La mesa, con velas y ramilletes de flores secas, estaba montada con más primor de lo habitual. La conversación se hizo chispeante de manera paulatina. Había montado con su iPhone y un altavoz un pequeño equipo de música, y la lista de reproducción contenía unas dosis de romanticismo que en algunos momentos rayaba con el empalago. Cualquiera diría que todo estaba dispuesto con el fin de encandilar al invitado, de poner bastante difícil el buen comportamiento.
Todo, incluso el hecho de que me permitiera, por primera vez, recoger la mesa. Había cambiado el «ni se te ocurra» por un «déjalo en el fregadero, mañana me ocupo».
En la sobremesa, con los sones de Alone again, dijo que no recordaba la última vez que había bailado en pareja, y que era una pena que esa costumbre su hubiera perdido. Yo nunca he sido un buen bailarín, a decir de las escasas parejas que he tenido, pero no podía desdeñar esa petición en toda regla. Era como si me hubiera adivinado el pensamiento de antemano. Con los primeros compases de If you leave me now, me levanté del sofá y le tendí una mano sin palabras.
Los cuatro minutos de balada, en silencio, con mis manos en su cintura y las suyas en mis hombros se prolongaron del mismo modo con otros cuatro de How deep is your love. Pero al llegar a Eye in the sky sus manos avanzaron hasta enlazarse detrás de mi nuca y su sien izquierda se juntó con la mía, de manera que abracé su talle por completo. Y nuestros cuerpos, a compás, se balancearon sin un suspiro de por medio. Tan sólo bajo el aura fresca de cítricos, de flores y mediterráneo de su perfume.
Pero, de algún modo, todo sucedió de forma natural. Su conducta era tan enternecedora que impidió cualquier acto o intención por mi parte que no fuera amistosa, protectora. Y, sin explicación alguna, sabía que mi actitud encajaba con su estado de ánimo y con su intención de llevar nuestra amistad naciente.
La lista acabó con The captain of her heart, pero no aquel auténtico abrazo, que se prolongó durante un tiempo indefinido, indefinible.
Ella se separó muy lentamente. Yo sostenía uno de sus brazos como único contacto. En su mirada había un recelo confiado y en sus labios una timidez complacida. Todo un enigma que deseaba pero no estaba en condiciones de resolver; desconocía parte de su alfabeto expresivo, como esas expresiones en apariencia contradictorias. Tiempo al tiempo.
Ahí permanecimos, quietos, en el más absoluto silencio. Sin atrevernos a confesar hasta qué punto nos había entusiasmado ese baile-abrazo. Y mi conciencia, siempre atenta para bien y para mal, se impuso.
Ahora es tu turno, sabes lo que tienes que hacer.
Miré el reloj como pretexto, sin llegar a ver la hora, y sonreí a modo de despedida.
Sus ojos, un suspiro de alivio. Mi ánimo, un cascabel por esa conversación silenciosa.
Sólo dos palabras salieron de su boca, una promesa cautelosa y acariciadora. «Hasta mañana.»
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