—¿Y tú qué sabes? Eso lo decís los que tenéis el trabajo bien asegurado, claro, porque seguro que es tu caso —replicó con alguna vehemencia, pero se detuvo con un destello en la mirada, difícil de sostener—. ¿O es que sabes algo?
Nadie, además de mi madre cuando era pequeño (y todavía de adulto) penetraba en mi mente de esa manera. En un par de segundos sopesé qué sería lo menos malo.
Déjate ver y que sea lo que Dios quiera, no seas tan cobarde. Además, tampoco es nada del otro mundo, ¿no?
No sin torpeza ni dudas confesé que «una vez»» la vi «por casualidad» en Prada, algo que casaba muy bien con ella. Y alguna que otra sandez, supongo.
Otro silencio reflexivo, con expresión indefinida.
Hala, vete despidiéndote, chaval. Mira que te cuesta abrir la boca, pero cuando lo haces es para echarte a perder.
—No me gusta que nadie se meta en mi vida —se limitó a decir.
—Por supuesto. Nada más lejos. Ni se me ocurriría. Sólo fue una casualidad, nada más.
—Yo no sé nada de ti y parece que tú me conoces hasta… hasta lo que no quiero decir.
—No, nada de eso. —Venga, termina de rematarla—. Aunque reconozco que sí me gustaría conocerte.
—¡Vaya! Sinceridad ante todo, ¿no?
—Pues sí —reconocí—. Decir lo contrario sería… bueno, si no mentir, al menos no decir toda la verdad.
Ya me gustaría saber lo que pasa por esa cabecita tan bien modelada en esos silencios que te traes, porque la mirada pincha a conciencia y no deja pasar ni un suspiro.
—Vale, me gusta. Pero ahora vamos a cambiar de posición en el tablero. O no hay juego. —Su animación era contagiosa.
En efecto, no sólo hablamos de mi trabajo, de mi familia, de mis gustos, de mis viajes, mis fracasos en las relaciones con las mujeres, mis estudios («un empollón, claro», sentenció), de mi vida, vamos, sino de unas cuantas cosas más. Hasta que un bostezo por su parte decidió que por ese día ya era bastante.
«¿Bastante o demasiado?», me pregunté durante los catorce pasos que distaba la puerta.
Me ofrecí a acompañarla hasta la suya. Y puede que ese gesto ayudara algo a ese «hasta mañana» que escuché con alivio.
Que así sea.
Día 5
El hecho de que fuera tan divertido, mucho más de lo imaginable no me molestaba, pero sí me producía un punto de intranquilidad. Comprobar que lo invisible a corta distancia es realmente lo que merece la pena contemplar era una medicina poco dulce para una rebelde algo pagada de sí misma.
Ese día le invité yo.
Me temo que no será la última, para que comas de vez en cuando algo decente y bien preparado. Y con una copa de buen rioja junto al plato. No es cuestión de andarse con rodeos. Además, por lo que dicen los listos, esto va para largo.
Como compensación, vendría con unos cuantos libros sobre arte que tenía en su biblioteca, según él, muertos de la risa, porque no tenía a nadie con quien compartirlos. Si hubiera sabido antes de mi doctorado en Historia del Arte me los habría enviado por correo y con remite anónimo.
También ese día salimos juntos por primera vez a aplaudir a los sanitarios que estaban en primera línea de combate.
Durante la cena me contó los motes que había puesto a varios vecinos. El habichuela, el aldeano, la mostacho, el bizcocho (era bizco, el pobre), el psicokiller… Todos muy bien puestos, por así decirlo, y bastante graciosos. Buena pieza estaba hecho el mosquita muerta.
—Ya. ¿Y yo quién soy? —le incité… también con curiosidad—. ¿Cómo me llamas a mí?
—Ah, eso no puedo decirlo.
—Te da vergüenza, ¿no? A ver, suelta.
—Sólo si alguna vez llegamos a ser amigos de los buenos.
—Ah, ¿es que no lo somos?
—Estamos en ello.
—¡Pero bueno! ¿Te crees que invito a mi casa a cualquiera así, a primeras de cambio? ¿Por quién me has tomado? Hay que ser…
—No, no, no, no… No quiero decir eso.
—No, claro.
—Claro que no. Sólo era una forma de hablar. Es que… Hace apenas un par de días ni habíamos cruzado palabra. —El pobre estaba azorado sin medida; me encantaba hacer eso.
—¡Que te estaba tomando el pelo! Pero acabarás por decírmelo. Por tu bien.
Empecé a notar que, cuando sonreía ante mis punzadas, me desarmaba. Era un cóctel de sonrisa franca, traviesa y algo enigmática. Un buen escudo, un antídoto ante mi benigno veneno.
—Oye, por cierto, tienes razón con eso del psicokiller. Qué sujeto más turbio —dije recordando un encuentro que tuve con ese vecino el día anterior.
Nos cruzamos en el garaje. Había olvidado un libro en el asiento trasero de mi coche y bajé a buscarlo. Cuando me disponía a regresar de nuevo al ascensor noté un ruido y un movimiento brusco que hizo en su coche. Cerró de golpe el maletero y me lanzó una mirada como de reproche o amenaza. Ya había advertido alguna vez su aspecto de permanente malhumor, pero esa mueca me produjo un escalofrío. Así se lo conté a Jorge, y no pareció sorprenderle.
—A mí me da mucha pena su mujer —dijo—. La veo siempre con un aire lánguido, como enfermizo. Y no me extraña, teniendo siempre de cerca ese rostro patibulario.
Me hizo reír la expresión. Me hacía gracia su forma de expresarse, tan nueva para mí. Conocía a muchas personas enfermas de pedantería, rimbombancia o esnobismo en su forma de hablar, pero él parecía sublimar esos defectos con una buena dosis de ingenio y naturalidad.
—Qué mala suerte, o mala elección —reconocí—. Por cierto, hace algún tiempo que no la veo. Casi siempre que nos hemos cruzado en la escalera o en el garaje iban siempre juntos.
—Ahora que lo dices, es verdad —hizo un gesto de reflexión—. ¿Pero desde cuándo…? Espero que no le haya pasado nada a esa pobre alma.
No sé cómo ocurrió, pero en ese instante me vino el chispazo.
—O que ese sujeto no le haya hecho algo horrible —pensé en voz alta, y algunas gotas de sangre se me helaron al recordar de nuevo la mirada torva con que me encañonó.
—No exageres, por Dios.
—No te miento. De verdad que si hubiera sido una pistola o un rifle en vez de esos ojos oscuros no me hubiera sentido más intimidada.
—¿Oscuros como los míos?
—Calla. Sabes a qué me refiero. Oscuros no, cómo decir… voilé…
—Sí, opacos, sin vida.
—¡Eso, opacos! Tú también lo has visto, ¿no?
—A ver, de qué le acusas, ¿de asesino o de feo?
—Tú ríete, pero sospecho que hay algo… es… une affaire louche. —Cuando me pongo nerviosa, no sé por qué me sale el francés de la adolescencia y me cuesta expresarme en otro idioma, y me disparé—: Y no me vengas con esos cuentos de la sobrevalorada intuición femenina porque no lo soporto. Y no te calles ni me mires con aire de superioridad. Os creéis muy listos pero no sois capaces de superar la infancia.
Se limitó a levantar las manos en señal de rendición. Chico listo. Me calmó con alguna lisonja y, de forma creíble, aseguró que estaría encima del psicokiller y que sabría cómo hacerlo.
—A ver si es verdad, y no dejes de ponerme al corriente si te enteras de algo, ¿de acuerdo? —insistí— Empieza por lo de su esposa, que a ti mismo te ha extrañado el asunto, no lo niegues. Oh, si son ya las doce, cómo vuela el tiempo.
Miró el reloj y, abrumado con mis palabras de ametralladora, se levantó y balbució sin encontrar excusas:
—Vaya, lo siento. No me había dado cuenta de la…
—¿De verdad que no sabes reconocer un piropo? Oye, tienes que ponerte al día. Hoy, como es jueves, vamos a celebrarlo. Con ese aire tan british que tienes seguro que te gusta el oporto, ¿me equivoco? Oporto de Oporto, de verdad. Vamos a ponernos cómodos para ver esos libros que has traído.
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