Era mil novecientos setenta y seis, el régimen llevaba siete años aniquilándolo todo.
Por fin, el sol se metió entre las montañas y, con ello, dieron por finalizada la jornada. Obon se quedó un poco más para rendir cuentas con su madre, que era la dueña de la finca en ese momento. Menbeng la esperó tirada en los bancos de descanso hasta que llegó.
—¿Vamos a tomar un vaso en el bar? —dijo Obon con energía.
—¿A eso le llamas bar?
—No empecemos, doña perfecta. ¡Vamos a beber algo!
—No, no voy. Prefiero ir a casa de Engonga a descansar.
—No seas aburrida, ¿por qué siempre prefieres ir en la casa de Engonga? ¿Qué haces ahí sola tantos días?
—No digas tonterías, no voy tanto. Voy allí porque me gusta esa casa. Hasta que no tenga terminada la mía propia, es el único sitio donde estoy tranquila.
—Ya, bueno… ¿Vienes al bar a tomar una o qué?
—¡Que no! Además, lo último que me apetece ahora es verles la cara a Biwolo y a sus amiguitos.
—¿Todavía sigues con eso? La mejor manera de olvidarte de esas tonterías es beber y bailar.
—¡No molestes! Si quieres, el sábado nos vamos a Evinayong a salir de verdad, pero hoy me voy a ir a casa de Engonga a descansar.
A Obon se le iluminaron lo ojos cuando pronunció lo de Evinayong y aceptó sin poner objeción.
En realidad, ella quería ir a Evinayong a por aceite para la lámpara y a por velas.
De camino a la deshabitada casa de Engonga, no dejó de mirar alrededor para comprobar que nadie la seguía. El sol se ocultaba entre las montañas. Llegó a la casa y se volteó a asegurarse de que nadie la observaba. Era una de las mejores chabolas del pueblo: tenía dos habitaciones, el techo de zinc, paredes firmes de madera, chimenea con salida de humo y una puerta fuerte con cerradura. Abrió deprisa, entró y cerró por dentro. Miró por el hueco que había entre las tablas de la pared para comprobar que nadie la había visto. Cogió la lámpara de petróleo y la agitó. Sabía que no le quedaba combustible, pero un instinto absurdo de deseo la empujó a moverla de nuevo y a buscar algo de petróleo por la casa. Esa era la razón por la que había decidido ir a Evinayong. No quiso complacer a su amiga, sino que necesitaba comprar aceite, velas y cerillas para poder realizar lo único que la mantenía cuerda y con vida.
Cogió unas cerillas y una vela y se dirigió al dormitorio. Movió hacia un lado la esterilla que hacía de cama y se quedó quieta, afinando el oído. Al cabo de un rato, siguió con su tarea. Palpó las tablas del suelo y encontró las que estaban sueltas y daban paso al hueco del conocimiento. Encendió la vela y se metió en la pequeña biblioteca secreta. Ante ella se abrió un universo literario, oscuro como la galaxia y con pequeñas estrellas en forma de libro que le daban luz a su vida. Todo un gran trabajo de recopilación y ocultación por parte de Engonga. Cogió el libro que tenía empezado y el diccionario, subió deprisa al dormitorio y lo puso todo en orden.
Se sentó en el suelo y se acercó la vela lo máximo posible para apagarla en caso de que fuese necesario. Le habría gustado encender una hoguera dentro de la casa, pero sabía que eso podría llamar la atención de la gente y hacer que la descubriesen. Abrió el libro y encontró otra vez ese nombre escrito en la primera página, Nfum Adaha. Lo había visto en casi todos los libros de la biblioteca secreta y siempre le llamaba la atención. O los libros eran de otra persona o Engonga había estado utilizando un nombre falso en el pueblo. Se inclinaba más por la segunda opción, intuía que se había llevado muchos secretos con él. El ansia por leer le hizo olvidarlo y volcarse en la lectura.
Su gesto cambió, una sonrisa se coló en su cara y se sintió más ligera. Su cuerpo se disolvió y, con él, sus dolores. Su cabeza olvidó todo lo terrenal y viajó hasta las guerras napoleónicas de Guerra y paz , de Tolstói. Leyó de manera envolvente hasta que cierto hecho la sacó de la ficción: la frágil vela estaba a punto de consumirse por completo.
La novela estaba gustándole mucho, estaba respondiendo satisfactoriamente a las expectativas que le había creado Engonga. La llama parpadeó un poco y desvió su mirada hacia ella. En ese instante, escuchó unas pisadas fuera de la casa. Sus venas, ojos y oídos se dilataron. Cerró el libro y se lo pegó al vientre para que no se viese. Afuera, los ruidos nocturnos de la selva se escuchaban de fondo. El croar ronco de los sapos bufo-gigantes se sobreponía al de la masa de grillos y loros. De nuevo crujió el suelo detrás de ella. Una ligera brisa se colaba por los huecos de las paredes. La vela se estremeció. Menbeng dudó si moverse, no quería que nadie viese que estaba leyendo. Ella sabía que estaba en el punto de mira de los jefecillos del pueblo y que algo tan simple como eso podría llevarla a la cárcel.
Tembló y miró a la única vela que le quedaba y que se tambaleaba entre la vida y la muerte. Se escuchó otra pisada y miró a la pared, pero no distinguió nada. En ese momento, se apagó la vela y todo se oscureció. El croar del sapo paró y el sonido estridente de los grillos se acentuó. Ella se quedó inmóvil, no era capaz de moverse. No podía salir con el libro ni dejarlo en cualquier lado. Su corazón se aceleró. Pidió a Dios que no tirasen la puerta y entrasen. Siguió bloqueada hasta que se escucharon los pasos alejándose y, aun así, continuó un buen rato más sin moverse. Los sapos bufo-gigantes reanudaron su canto grave como tenores de la orquesta selvática nocturna. Escondió el libro, cerró la puerta a toda prisa y salió corriendo sin parar hasta su chabola.
La humedad se colaba por el techo de nipa. Se despertó con el fuerte sonido de la lluvia golpeando contra las maderas. Gotitas frescas caían sobre su cuerpo. Abrió los ojos y miró a su alrededor. Su hermano Armengol estaba durmiendo en la estera de al lado, como la mayor parte del día. En la cocina-salón-dormitorio escuchó trastear a su abuela Elé. Inspiró hondo y se sentó en su colchón de hojas de platanero. Le gustaba quedarse sentada en él; era un regalo de su amigo Engonga. Ella era de las pocas personas que tenía uno en el pueblo. Pasó unos segundos sin moverse, le daba pereza y le creaba malestar encarar el día. Se frotó la cara con las dos manos, dio otra respiración profunda, se levantó y sintió un dolor lumbar que le hizo llevarse la mano a los riñones.
—¡ Ambolo 3, hija! ¿Has visto cómo llueve? —preguntó su abuela.
— Um um —emitió negando con la cabeza.
—Ayer llegaste muy tarde, ¿dónde estabas?
—Por ahí —respondió de manera seca.
—¡Cómo que por ahí! Siempre llegas tarde. No sé dónde vas, pero no me gusta. Hay mucho peligro ahí fuera. Antes de ayer, el espíritu del bosque se llevó a Maele Ndong. ¡No es bueno andar de noche sola!
—¡Ateransam! ¡A saber lo que ha pasado con Maele! Los únicos que han podido llevárselo son los militares, eso si no se ha roto la cabeza con una de sus borracheras o le han dado un machetazo por su boca grande. Todos sabemos cómo era Maele.
—Bueno, militares o espíritu del bosque, da igual, la noche es peligrosa. Hay que respetar el toque de queda.
Su abuela, con la piel pegada a los huesos y el cesto de melongo en la cabeza, se fue a por ramas sueltas para hacer fuego. Su hermano Armengol se quedó en casa durmiendo, y ella se fue a trabajar.
La gran lluvia que lo cubría todo anunciaba el inicio de la época húmeda. Era espesa, similar a una tormenta de verano.
Parecía haber llegado el diluvio universal. Enseguida empezó a desbordarse el río y a inundarse el pueblo. Las aguas se juntaban en forma de riachuelos cortando las calles. La gente corría de lado a lado con trozos de plástico, madera o metal en la cabeza. La rúa principal estaba cubierta por un charco gigante con forma de pantano. El agua se llevaba ramas, árboles, maderas, basura, esperanza y alegría. Algunos niños lloraban en la puerta de sus casas mientras sus madres achicaban el agua que había dentro, otros jugaban a salpicarse. La casa del cazador que había antes de llegar a la miniplantación se había derrumbado. El pobre hombre, con la ayuda de su hermano, estaba intentando recomponer el techo y la pared que se le había caído, pero era como hacer un castillo de arena en la orilla de una playa con oleaje.
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