A la salida de la comilona, se peleaban por agarrar un micrófono y elogiar a Coso. “Lo noté muy consistente, muy realista. Se nota que hay un programa económico. Lo veo muy razonable”, dijo Costantini.
Don Alfredo Coto, al que todos conocemos, fue la voz de varios de los asistentes que prefirieron no hablar. Dijo que el encuentro “fue muy bueno”. Amadeo Vásquez fue clarito: “Me pareció brillante, muy claro y preciso”. El textil Teddy Karagozian se la jugó: “Esto no es kirchnerismo. El presidente es Alberto y eligió una forma de gobernar y es con todos”. Para terminar, el presidente de la aea, don Jaime Campos, elogió del presidente Coso que haya tenido “un diálogo muy abierto”, y le gustó que le haya asegurado que “no quiere insistir en la herencia recibida”.
Como se dice en estos casos, esta gente vota.
¿Por qué los empresarios, con tanta información, no veían eso que era obvio? ¿No lo veían, o no les importaba? ¿Creyeron, como Betty, que la Fernández 1 había elegido al Fernández 2 para que el Fernández 2 le dictase a la Fernández 1 qué hacer? ¿Quizá todavía confiaban en el viejo mito de que solo el peronismo puede manejar este país? O siendo más brutales: ¿estaban encontrando otra vez el camino fácil que siempre para sus negocios les allanó la “política tradicional”, que es el eufemismo que usan los comentaristas cuando no quieren decir “peronismo”? No hay que olvidar que muchos de ellos solo nadan en piletas con las tres canillas acostumbradas: la caliente, manejada por la Confederación General del Trabajo (cgt), la fría, operada por ellos, y la que dispone la cantidad de agua, en manos del gobierno peronista. Ellos no se zambullen en los siete mares del mundo. Ahí nada Marcos Galperin, no casualmente alguien que no salió a elogiar al presidente Coso después de su primer encuentro; más bien huyó del país, perseguido por los tiburones de Moyano.
No descartaría la hipótesis de que muchos de ellos, sabiendo lo mismo que sabía gran parte del país —que se venía un festival de subsidios y corrupción—, se alegraron por eso. Solo que no imaginaron el tamaño del desastre. Hubieran preguntado.
¿Y ahora me lo venís a decir?
Apenas nueve meses después de la apología de la nada, Eduardo Costantini lloriqueaba: “Con las últimas medidas económicas, vamos de frente a una pared”.
Los de la uia, enojados todavía porque el exministro de la Producción Francisco Cabrera alguna vez les dijo “llorones” por no modernizarse y competir, hicieron trompita, pero bajito, y continuaron aplaudiendo al presidente Coso en el imaginario Día de la Industria Nacional. Le dejaron un documento que decía que el 63% de las empresas en septiembre de 2020 ya no estaba produciendo o tenía caídas mayores al 50%, y que la caída de las ventas afectaba al 62% de las empresas con bajas mayores al 30%. Lo dijeron, pero como que no se notara, no fuera que se enojase Fernández 1, que mire usted por donde mire resulta finalmente quien manda, cosa que todos sabíamos menos los intelectuales y los empresarios.
Con el presidente Coso tienen la delicadeza que no tuvieron con Macri. ¿Cómo olvidar que, en octubre de 2019, el presidente de la uia, Miguel Acevedo, recibía con lisonjas al candidato Coso al día siguiente de dejar plantado al entonces presidente Mauricio Macri?
Era diciembre de 2019, gran parte del país estaba de luto y ya sabía lo que la aea sollozaría casi un año después, que no habría orientación ni una política definida, previsible y mantenida en el tiempo. Le podríamos haber avisado a Martín Migoya, que estuvo en aquel banquete, lo que reconocería ocho meses después, en la 37ª edición del congreso del Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas: “Sin un marco claro, no se puede pensar en una reinversión del sector privado. Mucho menos, en hacerlo crecer”.
Yo te avisé
Pero mientras los cabeza de Sarlo discurrían sobre “Alberto, el bueno”, mientras Tinelli llenaba su boca de alfajores lavados en paraísos fiscales, millones de argentinos pasábamos de la bronca a la apatía, de la apatía a la tristeza, de la tristeza al insulto, del insulto a la desesperación, de la desesperación al asco.
Me corrijo. No, no íbamos de una sensación a otra. No había sentimientos fugaces. Eran simultáneos. Sentíamos que nos estábamos quedando sin aire, sin país, sin esa idea de país que consagra el preámbulo de la Constitución. Veíamos que unos cuántos tipos, siguiendo intereses muy claros (los propios), iban a entregar la república por dos monedas (lo de “dos monedas”, claro, no es literal).
Como siempre, empezaron cambiando el significado de las palabras. Los intelectuales no lo anunciaron. Las feministas festejaban a la presidenta Alberta. Los científicos se reunían con “Alberto” para amenazar todos juntos, entre sonrisas maquiavélicas, a Sandra Pitta, que se había animado a contradecirlos. Los empresarios sacaban sus cuentas. Mientras tanto, nos percatábamos de todo eso y solo podíamos poner cartelitos en las redes comunicando: “Yo te avisé”.
Entonces, “devaluación”, que es algo que todos conocíamos y significaba que éramos más pobres, pasó a ser simplemente “un impuesto al turismo”. Treinta por ciento más para conseguir esa moneda que permitía a cualquier ciudadano dar una vuelta por el mundo, entender que no somos únicos en el planeta, ir a ver qué hay de bueno por ahí, aprender.
“Ajuste”, que es algo que todos conocíamos y significaba que éramos más pobres, pasó a ser simplemente “solidaridad”.
Lo que desde diciembre estaba claro era que el gobierno no entendía que nosotros, los de entonces, ya no éramos los mismos. Sabíamos que las palabras en sus bocas mentirosas no tenían ningún valor. Les conocíamos el truco, pero ellos iban a insistir con los mismos conejos de las mismas galeras. Ellos no lo sabían. Nosotros sí.
No iba a haber Dylan que pudiera engañar a argentinos que ya habían escuchado que no se contabilizaban pobres para no estigmatizarlos; que en Chaco había desocupación 0; que en Argentina se comía por 6 pesos o que en este país había menos pobres que en Alemania. Eso, claro, cuando se animaban a dar la cara, y no huir como rata como un exministro de Economía: “Me quiero ir”, dijo, cuando una periodista extranjera osó preguntarle qué inflación había en ese país maravillosamente inventado. Así, que años después otro ministro de Economía dijera que no quiso decir que iba a sarasear cuando estaba presentado el Presupuesto 2021 era un truco ya gastado.
Eso era lo que ya sabíamos en diciembre y el gobierno despatarrado que entraba a la Casa Rosada no quiso entender.
Que ya no habría espacio para el engaño.
Que nadie podía decir: “El 10 de diciembre subo un 20% las jubilaciones” y el 20 de diciembre anunciar un ajuste a jubilados que cobraban 20.000 pesos.
Que no alcanzaba tanto excolega tirando la pelota afuera cuando lo que cubría al país era un ajuste contundente sobre la base de impuestos y desenganche de jubilados.
Que quedó claro que la Iglesia ayudó a imponer el número 40% de pobres al real 32. Por supuesto que era horrible que el país tuviese un 32% de pobres. No obstante, más espantoso y escandaloso (aunque no haya producido ningún escándalo) fue que la Iglesia jugase a través de la Universidad Católica Argentina (uca) con ese número, largándolo oportunamente con malicia para beneficiar su relato. Y que después dijera: “Ay, me equivoqué; bueno, ya está”. Que ya sabíamos que el papa mentía.
Que cuando algunos periodistas, para cubrirse, en una nueva muestra de indignidad y cinismo nombraban a “la clase política”, ya quedaba clara la jugada: decir “son todos lo mismo” es meter a todos “en el mismo lodo, todos manoseados”. No. ¿Saben qué? Allá en el horno no nos vamos a encontrar. Porque no somos lo mismo. Carlos Caserio, el senador peronista cordobés, tartamudeó cuando Carolina Amoroso le preguntó para tn por el esfuerzo de la política y, cínicamente, contestó: “Hablar del esfuerzo de la clase política es no entender el Estado, no es un elemento productivo del país”. Pocos meses después, con la pandemia y el pedido a todos de hacer un esfuerzo, fue justamente el presidente peronista el que decidió que no iban a hacer ningún esfuerzo.
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