Manuel Moreno Castañeda - No olvido, recuerdo

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El propósito de la convocatoria «No olvido, recuerdo. Crónicas Universitarias desde la Tercera Edad», cuyos resultados publicamos en este libro, fue la recuperación de las experiencias y las vivencias de personas que tienen mucho que contarnos desde distintas áreas laborales en la Universidad de Guadalajara. Historias que le han dado color, alegría, emotividad y sentimientos a la ya larga vida universitaria.
En los contenidos de esta obra se rescatan relatos, algunos escritos directamente por sus protagonistas y otros recuperados mediante entrevistas, que nos permiten observar la gran diversidad de actividades que realiza la comunidad universitaria en los ámbitos académico, administrativo, directivo y de apoyo a todas estas actividades.
Diez entrevistas y trece ensayos; biografías, prácticas docentes experiencias estudiantiles, anécdotas, trabajos de campo, actividades artísticas… en suma, un crisol multifacético que nos da cuenta de la diversidad de vidas que han confluido en la Universidad de Guadalajara desde sus primeros años.

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Debió de ser a principios de 1980 cuando se suscitó un motín en la femenil. Esto obedeció al cambio de directores; la directora que estaba en funciones era una persona que actuaba con una serie de irregularidades y éstas se reflejaban en toda la institución: había una clara separación de quienes tenían determinado poder de adquisición y quienes absolutamente no tenían nada. De quienes no tenían nada, sus expedientes estaban sin duda guardados o había poca disposición en informarles y avisarles sobre sus asuntos jurídicos, muchas de ellas carecían de abogado, aun si estaba asignado por ley.

Recuerdo que ahora que digo la palabra recuerdo esto va ser muy recurrente - фото 13

Recuerdo que... ahora que digo la palabra recuerdo, esto va ser muy recurrente, y alguna vez se los dije en clase a los alumnos: recuerdo es volver a tocar el corazón: «Si más de una vez ven que hago eso, pues entiendan que los años han pasado y probablemente a gente de mi edad nos es significativo volver a regresar al corazón».

Recuerdo que llegamos un equipo de trabajo social, tres personas, dos compañeras y yo. Entonces, cerca de sesenta personas o menos, hicimos el cambio de Oblatos a la nueva prisión de Puente Grande, al Centro de Readaptación Social, como se le llamaba. Debieron ser unas cuarenta y tantas personas con una división marcada muy claramente. Unas cinco internas, junto con la directora, tenían el poder y eso era muy evidente. Cuando sucedió el motín se vio la necesidad de intervenir y cambiar de directora; claro que esto provocó la inconformidad de las internas, porque las que tenían mayor posibilidad y privilegios iban a dejar de tenerlos.

Al anuncio del cambio de directora, en la noche, supongo que trabajaron en hacer mantas, hicieron una cantidad de cosas. Al amanecer estaba tomado el lugar, tan pequeño, e impedían algún cambio. Ya estaban las autoridades del llamado Descopres, lo que era el Departamento de Servicios Coordinados de Prevención y Readaptación Social. Las gentes del femenil impidieron esto y fue una situación muy difícil, la autoridad no pudo entrar, no hubo manera de dialogar, sólo mantas y agitación en general. Traían palos de escoba, una de ellas estaba al teléfono hablando al programa Chimeli Informa y daba toda la crónica de lo que pasaba. Era una interna, esposa de un exintegrante de la Liga 23 de Septiembre, una mujer pensante, quizá muy diferente a todas las demás internas, porque siempre estaba observando, reflexionando. Alguna vez le vi un librito que decía Comunismo científico. Yo no sabía qué era. Entonces busqué el libro y lo conseguí; me puse a leerlo y dije: «¿Qué ve la interna, qué sabe ella que yo no tengo ni idea de lo que está haciendo y trabajando?»

Durante ese motín yo ya estaba en la docencia, y casi a la par se dio mi entrada al sistema penitenciario. Antes tuve otros trabajos como profesional del trabajo social y ahora estaba como docente y profesional. Mis clases eran de siete a nueve en Belenes, muy temprano, pero muy rico, fresco, había manera de estacionarse muy fácilmente. Impartía Metodología de la investigación y técnica de la entrevista; me decían: «¡Maestra, se va ir a trabajar a la cárcel!», y les contestaba: «Sí, ya me voy a la cárcel a trabajar». Donde ahora es el CUCEA, antes era nuestro, todo. Debió quedar una pintura sobre el trabajo social, un mural que hizo un compañero alumno en la sala de maestros.

Volviendo al motín, las autoridades decidieron que tenían que entrar y tomar el control de la institución. Nos citaron a todos en la Dirección de Seguridad Pública Municipal (no recuerdo cómo se llamaba); ahí estuvimos con el director general, un hombre de apellido Santamarina, quien, muy decidido, dijo que se iba a entrar con armas y gases a someter a las internas. Esto me dio mucho susto; me imaginé a las internas con quienes yo ya había tenido trato, y estaba muy cerca de ellas. Conocía perfectamente a las cuarenta y tantas, sus asuntos de familia y su composición familiar. Yo estaba en el equipo del licenciado Sánchez Galindo, que había venido de México para reestructurar el sistema, con el antecedente del 77 de los motines de varones en Oblatos, que dejaron una huella de sangre difícil de superar por las autoridades, ya que fue una cuestión muy seria, incluso se conoció en el plano internacional.

Me atreví a enfrentar a las autoridades. No lo pensé y les dije que había niños, que había internas que tenían sus niños, algunos recién nacidos, que no era posible entrar con gases, que si no había otra manera. Sánchez Galindo me dirigió su mirada como preguntando ¿Usted quién es? Yo no era directiva, era jefa del trabajo social del área, y bueno, aceptó. Entraron en la madrugada, nos comunicaron que debíamos estar listas. Un vehículo pasó por nosotras alrededor de las dos de la mañana y, cuando llegamos, estaban todos reunidos, cuerpos policiacos algunos de ellos, después lo supe por las internas —ahora son policías investigadores, antes agentes judiciales—, estaban de civiles, cuestión que no impidió que algunas internas los reconocieran como gente que las había torturado, me lo dijeron: «Cuando vi entrar a fulano de tal y me interrogó esto y esto me pasó o esto me hizo». Situaciones muy serias, muy salvajes; nosotros estuvimos ahí listas con la bata blanca que nos dijeron que debíamos usar.

Entraron primero los antimotines, no con gases, aunque sí traían macanas o toletes. En todo el perímetro de la institución había agentes, policías o investigadores, no sabría. Recuerdo haber volteado al techo y estaban todos rodeando y otros más que entramos por la puerta. Cuando llegamos, nos sorprendimos de ver a la directora durmiendo, pues antes no había una habitación como ahora, creo que estaba en el área de sentenciados en el dormitorio, un salón grande con literas de madera. Las personas mayores utilizaban la parte de abajo y las más jóvenes la de arriba. No tenía nada en especial, las condiciones eran las mismas: una serie de literas.

Entramos el equipo técnico, vestido con bata blanca. Las internas estaban en el patio y las hicieron salir del dormitorio, algunas se cubrieron con cobijas, otras abrazaban a sus niños, porque para nada que los dejaron, los levantaron igual que a ellas. Cuando entramos una de ellas nos miró y le dijo a la compañera: «No nos va a pasar nada, ya llegaron las trabajadoras sociales». A mí esas palabras me llenaron mucho: qué pensaban que les iba a pasar, aunque no hubiéramos permitido que les pasara algo, a pesar de todo el resguardo del cuerpo policiaco. Fue una experiencia muy especial.

Otras experiencias que se quedan es cuando alguna recobraba su libertad. Cuando una de ellas se iba le entregábamos sus papeles. Recuerdo que en una ocasión una de ellas estaba sentada en la banqueta y le preguntamos: «¿Qué estás haciendo aquí?» Nos respondió: «Es que tuve miedo, a dónde me voy a ir». Se suponía que se iba a ir con una madrina, y que la investigación ya estaba hecha para que ella llegara con la madrina. Nos dijo que no pudo irse ni tomar el camión, por eso se regresó. Entonces buscamos a alguien para que la acompañara; eran las seis de la tarde, sólo así se atrevió.

Les decía yo a mis alumnos que si un hombre llega a prisión, las cosas cambian en su casa, por supuesto. Hay desintegración o se acentúa la que ya había, pero si una mujer ingresa a prisión se fragmenta todo, se acaba todo, absolutamente todo. No es posible entender o suponer que sigue una cohesión cuando la mujer es encarcelada; primero, es más reprobada socialmente, señalada, abandonada, marginada y pierde a la pareja.

Eso sí, por experiencia, alguna vez le decía a los alumnos que una fuente de las hipótesis es la experiencia: si yo les digo que si el hombre entra a prisión, la mujer sigue y lo apoya, y si la mujer entra a prisión, el hombre abandona, ¿es una hipótesis? Decían que sí y era muy clara para entender, porque la experiencia me ha dicho que cuando ella llega, los que siguen son los hijos, algunos, y los padres por lo general abandonan. Muchas de ellas están absolutamente solas; el hombre, su pareja, no espera, no sé si porque la carga social sea mucha.

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