Manuel Moreno Castañeda - No olvido, recuerdo

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El propósito de la convocatoria «No olvido, recuerdo. Crónicas Universitarias desde la Tercera Edad», cuyos resultados publicamos en este libro, fue la recuperación de las experiencias y las vivencias de personas que tienen mucho que contarnos desde distintas áreas laborales en la Universidad de Guadalajara. Historias que le han dado color, alegría, emotividad y sentimientos a la ya larga vida universitaria.
En los contenidos de esta obra se rescatan relatos, algunos escritos directamente por sus protagonistas y otros recuperados mediante entrevistas, que nos permiten observar la gran diversidad de actividades que realiza la comunidad universitaria en los ámbitos académico, administrativo, directivo y de apoyo a todas estas actividades.
Diez entrevistas y trece ensayos; biografías, prácticas docentes experiencias estudiantiles, anécdotas, trabajos de campo, actividades artísticas… en suma, un crisol multifacético que nos da cuenta de la diversidad de vidas que han confluido en la Universidad de Guadalajara desde sus primeros años.

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También tuvimos que hacer el rescate de algunas de las parejas, pero hasta de nombre y trabajo se cambiaban, o eran cubiertos por la complicidad de los trabajadores de los compañeros. Por ejemplo, en un taller aseguraban: «No, no, ya no trabaja aquí. Qué pena, usted viene de Puente Grande». Después fuimos un poco más listas, pues dejábamos el vehículo y caminábamos sin darles tiempo de que le avisaran: «¡Oye, ahí vienen!» o «¡Escóndete!» Entonces nos aseguraban que sí irían, pero no cumplían. Después tomaban más precauciones y no los volvíamos a localizar. En cambio, vemos a mujeres en el crucero con bolsas de comida, unas embarazadas, otras con un chiquito en brazos y otro caminando. Ellas van, no hay restricción ni limitación, la mujer da de manera completa, pero el hombre no es recíproco.

Pasó el tiempo y seguí en la sección femenil. Cuando decidí separarme pedí licencia, pero me dijeron que no era posible. ¿Por qué mi separación? Contesto a esta pregunta en un capítulo de mi tesis de maestría cuyo tema de estudio fue Oblatos, en particular los testimonios que dejaron los internos varones en las paredes de Oblatos. En el caso de las mujeres, ni en los baños vi graffiti ni dibujos ni obscenidades, eran limpias. También conocí los baños y las regaderas de Puente Grande en el área de mujeres y había mayor control que en la de los varones.

Muchas veces les comenté a mis alumnos sobre la salud mental de los internos y las internas. Nosotros trabajamos muy cerca del dolor y a veces nos contaminamos, es duro. En una ocasión platiqué con una joven que estaba en Puente Grande y me dijo que una persona estaba enferma y que le faltaban todavía tres años para jubilarse, tenía veintitantos años en el sistema penitenciario. Les explicaba a mis alumnos la importancia de la salud mental de quienes trabajamos con personas y con el dolor.

Después de la muerte, la pérdida de la libertad debe ser el dolor más grande y, en ocasiones, ese dolor se vive como yo lo vivía, con la familia, con las internas, para entender sus reclamos. Recuerdo una de sus frases: «Ya les pagué [su condena], ya tengo tanto tiempo aquí», pero había asuntos muy serios que no gozaban del beneficio de la ley. Así llegué a hacer mío el dolor de la familia por las escenas que presencié más de una vez.

Durante un tiempo ocupé la subdirección interina pues me pidieron que apoyara en esa área. Llegaba el martes, con mis cambios de ropa, y salía hasta el sábado, ahí me quedaba a dormir (claro que hay dormitorio). Atendía de quince a dieciséis audiencias en Puente Grande, que tiene grandes dimensiones comparado con Oblatos. Hubo un momento en que yo me contaminé o no sé qué pasó, y me enfermé del dolor de las familias.

No pude ya con esas despedidas de los hijos con las internas, sentí que había perdido la objetividad y que necesitaba terapia, pero tuve pena o temor de decirlo: «Ya no puedo con esto». Por la ventana de la dirección observaba, con los ojos húmedos, a un niño que se despedía de su mamá, una interna, quien tenía que ser muy enérgica para hacer que se soltara de sus piernas, porque su hijo se le abrazaba y le decía: «Yo me quedo contigo».

Estos hechos se repetían una y otra vez, hasta que me dije: «A mí esto me duele, me duele más», lo que no debía de ser porque yo era subdirectora, además, ya no me era suficiente tener otros campos de actividad, como la docencia. Aquí estaba pasándome algo. Solicité una licencia y me dijeron que no, entonces presenté mi renuncia. No lo comenté con nadie porque sentía temor. Firmé la renuncia y me fui a México a estudiar una especialidad en el campo psiquiátrico. No obstante, era tal mi necesidad que hablaba por cobrar al reclusorio y me recibían la llamada con mucho afecto. Preguntaba: «¿Cómo está fulanita? ¿Ya le llegó su sentencia? ¿Y zutanita?» Hasta que reflexioné y me pregunté: «¿Qué estoy haciendo? ¿Cómo desde México estoy hablando?» Llegó un momento en que dije ya.

En la docencia, pedí licencia un año y regresé supuestamente mejor. Luego me llamaron para el área de menores y volví al reclusorio como subdirectora del Centro Tutelar (Centro de Observación y Diagnóstico para Menores). Continué en la administración hasta 1997, cuando llegó una nueva administración y hubo cambios. Quedamos fuera mucha gente con experiencia, pero, bueno, también llegaron otros y supongo que aprendieron, y si no, tuvieron que pasar momentos difíciles, como nosotros.

En ocasiones me encontraba en el camión a internas que ya habían salido y me saludaban: «¿Cómo está, ya no está en la penal?» «¿Fulanita salió? ¿Zutanita salió?» Alguna vez, también en el camión, me tocó ver a una carterista. Acompañada de dos o tres sujetos, yo sabía a qué iba. La conocía porque ella me había dicho en una entrevista qué hacía, cómo y con quién estaba relacionada; cómo entraba y salía y cómo tenía la protección de gente de aquí. Ella tenía a sus hijos en colegios muy caros de la Ciudad de México. A veces me he enterado de que alguna interna apareció muerta y muchas otras historias.

Cuando usted regresó de México, ¿se dedicó otra vez a la docencia?

Volví revitalizada y, por supuesto, regresé a la docencia. Para mí, los alumnos siempre han sido un impulso de vida. Treinta y tres años permanecí dando clases.

Supongo que toda esa experiencia para los alumnos resultaba triplemente enriquecedora, porque su profesión era su pasión.

Así es. En algunas evaluaciones que aún conservo, sabe Dios desde hace cuántos años, los alumnos expresan: «Por usted conocí el trabajo social, por usted me quedé en el trabajo social». «Maestra, ¿se acuerda cuando nos llevó a...?» No me acuerdo, a lo mejor a algún lugar de policías o alguna celda de detenidos o algo así. «Maestra, yo me di cuenta de que quería trabajar en el campo». «Yo estaba muy indecisa, iba a dejar trabajo social, y cuando usted fue mi maestra me convencí y me quedé». «Yo, maestra, ¡por usted me quedé!» ¡Ah caray!, pues es muy agradable oírlo y pienso que es real, no tenían por qué decirlo.

Destacaba el respeto que debían tener hacia la persona que entrevistaban. Les puse el ejemplo de un caso en el que se entrevistó a un chico vestido de mujer y que fue detenido por ejercer la prostitución y por faltas administrativas. El trabajador social, torpemente, le preguntó si era hombre o mujer. Por favor, ¡imagínense! Si un trabajador social hace ese tipo de preguntas con una persona detenida, ¿cuál puede ser el principio de atención, de apertura, de empatía para un trabajador social con esa pregunta de si eres hombre o mujer? Indudablemente, no es un buen principio de relación.

¿Usted tuvo algún profesor igual de significativo como usted lo fue para sus alumnos?

No. Cuando iba a pedir clases les decía que quería que me hablaran de lo que es el trabajo social, que me dijeran qué, pero no lo que dice el libro, sino que alguien lo haya vivido, que alguien haya ido a hacer la visita. Yo fui a México a visitar a los Manzano Muñoz, uno era Eduardo y el otro no recuerdo su nombre. Ellos habían hecho un estudio en el que relataban toda la rutina: desde dónde los aprendieron, las calles que recorrieron, el chofer, todo ello. Como no los encontré, me regresé, ¡qué más! Los alumnos decían que si la maestra lo hizo, entonces también ellos podían. Sin duda que había gente muy profesional, pero había otra que lo olvidó y traspasó la barrera de lo profesional porque se cansó, porque no estaba a gusto con la vida o porque no quería ejercer su profesión.

Antes, en la carrera de Trabajo social, un buen número de aspirantes no habían podido entrar a otra carrera; ahora ya es menos porque hay una selección y también hay rechazados. En mi tiempo había cabida para quienes no entraban a Psicología o a Derecho. En una ocasión hice un sondeo y como unos nueve no tenían que estar en esta carrera. Yo les decía: «¿Saben cuál es el reto?, que se enganchen en el trabajo social, y si de mi parte queda, voy a hacer lo posible porque se enganchen». Unos tres o cuatro se quedaban y otros se iban muy desilusionados a volver a hacer trámites, o desertaban.

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