Lupita Mejía, Lupita Mercado, Gómez Loza y Dolores Padilla, todas ellas, dan clase aquí y todas tienen doctorado. Ya puedo morirme tranquilo porque queda en buenas manos la enseñanza. Lo mismo pasa en Filosofía. George Steiner ha escrito muchos libros, por ejemplo, Después de Babel, El silencio, libros sobre la maravilla del lenguaje, problemas del lenguaje a veces muy profundos. Él tiene una página bellísima en sus memorias y dice que el rozarse en los corredores con los profesores de Chicago, cuando él estudiaba ahí, era una experiencia y motivación para él, y saber que él está en buenas manos, que no está perdiendo el tiempo, sino que en verdad está aprendiendo, es casi un deber, y para el país, ¡no digamos! Aunque de repente no se nota, cuando uno mira después de cincuenta años, dice: «¡Ah!, caramba, sí funciona!», sobre todo con materias como filosofía e historia.
Recuerdo un documental que vi sobre Nueva York en el que se habla de una ciudad debajo de otra en donde se encuentran los conductos de electricidad y los de agua limpia y sucia. En ella se trabaja constantemente, día y noche; están ahí los ingenieros más capacitados, si no se produciría un caos, pero nadie lo sabe, nadie lo ve. Las personas van caminando por la calle y no saben que debajo a cincuenta o cien metros debajo del río, incluso, está todo eso. Lo comparo con algunas materias de las que dicen: «¿Esto para qué sirve?», pero son las que están formando en realidad el sustrato que se verá en personas que luego sepan convivir, que sean tolerantes, que, como políticos, busquen dentro del ser humano el bienestar de todos. Todo eso se cuece aquí en las facultades.
Así se entiende la diferencia de una persona antes de entrar a la facultad y después cuando termina una carrera. Comprende uno muchísimas cosas que parece que no tienen nada que ver, pero es porque estudió algunas materias que ahora comprende estas otras. La vida siempre está presentando problemas nuevos; eso es cierto, pero aprendiendo a disolver problemas antiguos se aprende a atacar problemas nuevos.
Por otra parte, quiero señalar que le tengo mucho cariño al Centro Universitario ubicado en Ciudad Guzmán, ¡se me hace tan bonito! Así, tan chiquito y luego cuando mira uno para un lado y se ven los montes y mira para el otro, y también. ¡Ah, caramba! Me invitaron a un curso hace dos o tres años para la apertura de la carrera de Letras, con el doctor Vicente Preciado Zacarías, quien, aunque es dentista, es un gran literato, escribe precioso, por ejemplo, sus recuerdos y memorias. Él fue quien me hizo la invitación. Como dentista, fue el primero en introducir la endodoncia como especialidad en la Universidad. Antes hacían un agujero, tapaban ¡y ya! El doctor escribió un tratado sobre ese tema que fue utilizado durante veinticinco años en todas las universidades latinoamericanas. Cuando se retiró se dedicó a escribir. Fue amigo íntimo de Juan José Arreola y cuenta anécdotas de él que no acaban nunca. Dice que se reunían durante la tardecita y le decía: «Vicente, ¿ha leído usted esto? [¡cosas rarísimas!, como las cartas del Conde Ruso], ¡pues léalas porque le encantarán!» Así era Arreola, leía y leía, y le ponía tareas todos los días.
La dignidad del Trabajo social
Consuelo Plascencia Vázquez
Estudió la carrera de Trabajo social en la Universidad de Guadalajara. Se desempeñó como docente e investigadora en el Departamento de Trabajo Social de la misma universidad. También desarrolló su profesión en la administración pública en el área penal. Fue subdirectora del Centro de Observación y Diagnóstico para Menores. Cursó una especialidad en el campo psiquiátrico en la Ciudad de México.
Hace un buen número de años egresé de la carrera de Servicio social. En la tesis que presenté para mi examen recepcional me permití plasmar unas frases que seguramente han oído y que entonces, como ahora, me parecieron de un profundo significado. Escribí como dedicatoria: «Gracias al ser que me dio la vida y gracias a la vida por lo que me ha dado». Sigo creyendo así: la vida me ha otorgado oportunidades extraordinarias; me ubicó en el seno de una familia unida, nutrida por el amor de una mujer extraordinaria, que fue mi madre, de quien me sorprendió siempre su cualidad inagotable para enseñar con el ejemplo y con la palabra sin proponérselo. Fue el modelo más significativo, ya que de ella aprendí la tenacidad, la honradez y la sencillez.
Así, después la maternidad salió a mi encuentro y me permitió reconocerme como mujer y como madre; desde entonces entiendo más el quehacer de una madre. Se requiere sabiduría para saber conducir a otros, para apoyarlos en la búsqueda de sí mismos y que alcancen su bienestar. Tal vez por eso elegí dos campos en mi vida académica: ejercer la profesión del trabajador social y mantenerme en la actividad docente formando precisamente a trabajadores sociales.
Recuerdo una mañana, hace casi treinta y tres años, cuando me dirigí a la Escuela de Trabajo Social. Muy decidida, me presenté y le manifesté a la oficial mayor: «Maestra, yo quiero dar clases». Sorprendida, me aclaró que no estaban solicitando trabajadores sociales. Muy segura de mí le respondí: «No, no estoy necesitando trabajo, yo quiero dar clases, formar alumnos a través de la descripción de lo que hace el trabajador social». En mi memoria de estudiante siempre me interesé en que mis maestros, en esa cotidianidad ejercida en el universo del aula, me dijeran que, como alumna que más encerraba el ser trabajador social, ahora yo estaba en condiciones de hacerlo, había decidido abrazar la profesión de trabajo social y, además, atesoraba la poca experiencia que fui capitalizando al quedarme trabajando en prácticas en los dos últimos ciclos escolares.
Más tarde habría de aceptar los retos de un servicio en la administración pública, y cuando menciono retos viene a mi mente la llegada a la Policía de Guadalajara como única mujer de funcionarios de esta dirección. Recuerdo que frente al director, hombre de figura y corazón fuerte, dije con voz suave, pero firme: «Quiero decirle que, de quedarme en Prevención Social, yo no me presto a ninguna irregularidad». Con tono pausado, disimulando tal vez su asombro, me respondió: «Tenga la seguridad de que nunca voy a pedirle algo así», y de este modo transcurrieron tres años de intenso y gratificante apoyo del señor director.
Elegí y amo esta profesión, también la práctica del trabajo social jurídico, que fue en lo que me desempeñé. Ésta es un área apasionante y difícil, la mayoría de las ocasiones muy cerca del dolor humano de quienes viven privados de su libertad, cuántos momentos tristes y cuántas satisfacciones, algunas están y seguirán conmigo. Lo positivo y lo no agradable me confirmaron que mi elección en la vida fue acertada.
Una experiencia significativa en otro campo de trabajo la tuve en la Penitenciaría de Oblatos, que tenía una sección que daba hacia la calle Josefa Ortiz de Domínguez. Esa sección era para mujeres, era un pasillo largo, muy largo, en donde había máquinas industriales, porque una buena forma de sobrevivir para las internas era llevando maquilas del exterior para que ellas trabajaran con un pago muy bajo y mucho trabajo. Se trataba de guantes gruesos industriales. Había dos dormitorios para procesadas y sentenciadas, eso era todo, además de un patio muy grande, un restaurante al extremo, un área acondicionada para visita íntima, pero que propiamente era el dormitorio de las custodias —les llamaban celadoras en ese entonces; mucho de la terminología ha cambiado en la actualidad.
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