Permítanme ahora unos momentitos de pensar en voz alta y para retomar lo que se dijo, qué pasaría si esto ya que se institucionalice, se agranda un poquito más y, como dijo la persona que me antecedió, quizás no como concurso, sino como muestra y entonces invitar a todos los maestros, que si nos pudiesen enseñar aquel papelito que guardan, aquella nota que alguien les dejó, aquella hoja que ustedes encontraron en algún pupitre, es parte de nuestra vivencia, es parte de la historia, es parte de la universidad, el quehacer universitario, eso vendría también agrandado. Si esto se abre también hacia el terreno de la fotografía —todos tenemos fotografías del primer grupo que tuvimos, fotografías del primer salón a donde entramos, fotografías con nuestro primer maestro y con nuestra primera maestra también. Tendríamos un acervo de historia viva, muy interesante y valiosa.
Definitivamente creo que todos los que participamos tuvimos una cierta duda o una cierta inquietud: Bueno, qué voy hacer, qué voy a decir, qué voy a platicar; a nosotros que nos hicieron la entrevista, qué voy a platicar, no sé, pero ¡híjole!, la Secretaría Técnica y sobre todo la persona que nos entrevistó, ¡híjole!, qué bonito nos condujeron. ¿Y usted qué hizo?, y nomás le dan cuerda a uno y solito se va uno por ahí. Es fabuloso y eso de ser fabuloso se convierte en mucha de nuestra actividad, como un elemento motivador, pero además de que es motivador también es vivificante. Dados los días que nos acompañan no quisiera utilizar la palabra... nos hicieron revivir nuestra historia, no, mejor nos hicieron vivificar nuestra historia, ojalá nos permitan seguir vivificando nuestra historia.
Muchísimas gracias.
ENTREVISTAS
Voces y relatos
La filosofía, la historia, las letras
Carlos Vevia Romero
Doctor en Filosofía por la Universidad Pontifìcia Comillas de Madrid; docente e investigador de la Universidad de Guadalajara desde 1974 en los departamentos de Letras y Filosofía. Fue Premio Jalisco en 2009 en el área de Literatura. Es miembro del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Jalisco y Maestro Emérito de la Universidad de Guadalajara.
¿Cuál fue su primer acercamiento a la Universidad de Guadalajara?
Fue como una telenovela. Yo tenía muy poca idea de México en general. Entonces se hablaba mucho de que había venido a México un número considerable de españoles después de la Guerra Civil. Yo estudiaba en Hamburgo, Alemania, el doctorado en Filosofía (para la filosofía clásica es muy importante el alemán) y para subsistir daba clases de español en una escuela de idiomas. Un día la directora me dijo: «Mire, ha venido una señorita de México de intercambio y va a estar en la escuela dando cursos de español; acompáñela usted y enséñele la escuela». Se trataba de una joven que había estudiado en la Universidad de Guadalajara durante las primeras promociones de la Facultad de Filosofía y Letras, cuando los alumnos eran tan poquitos que todos se iban juntos a tomar café: los de Historia, Filosofía y Letras.
Trabajamos juntos unos tres años y acabamos casándonos. En un viaje que hicimos a Guadalajara para visitar a sus papás, mi esposa se encontró a Adalberto Navarro Sánchez, que había sido su maestro y cofundador de la licenciatura en Letras; él le comentó su propósito de abrir la maestría en Letras y le dijo: «Oiga, tráigase a su esposo aquí, que dé un semestre y que vea cómo es esto». En ese entonces no había relaciones diplomáticas entre México y España y todos los documentos tenían que pasar por la embajada de México en Lisboa, Portugal, por ello se complicó mucho y tardé tres meses en arreglar los papeles. Esto ocasionó que no llegara al primer semestre de la maestría en 1974 (que todavía existe y es una de las más antiguas de la Universidad). Me incorporé en el siguiente semestre y aquí he estado durante treinta y ocho años, es decir, toda una vida.
El director de la maestría era el doctor Amado Ruiz Sánchez, que también estaba a cargo de otra maestría en la Facultad de Medicina. El doctor fue un personaje ilustre, incluso hay una Cruz Verde que lleva su nombre. Era muy humanista y apoyó mucho a la maestría en Letras para que saliera adelante. Nos trató con mucho cariño. Los primeros años fueron muy bonitos y ésa es la razón, como dije, de que pareciera una telenovela.
¿Cómo fueron sus primeros años en la Universidad?
Mi primer semestre en la Universidad se convirtió en más semestres. Yo tengo dos especialidades: una en Filosofía y otra en Letras, las cuales están muy relacionadas. Algunas veces daba cursos en la carrera de Filosofía y otras en la maestría en Letras o en el doctorado en Letras. Poco a poco fui conociendo a más gente, recibía invitaciones a congresos y coloquios en la zona centro de la república, por ejemplo, en la Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo, en Morelia; también he estado en Querétaro y Zacatecas.
Recuerdo que una temporada me iba a Aguascalientes los viernes en la tarde al terminar aquí la maestría, ya que tenía clases todo el sábado en esa ciudad, donde estaba empezando la Facultad de Letras. Así, recorrí esa parte del país que tiene historia y mucho prestigio académico.
¿Cuál fue su primera impresión de México?
Vine directamente a Guadalajara, ya que estuve sólo unas horas en la Ciudad de México. Me pareció una ciudad tranquila comparada con Hamburgo. Lo maravilloso era el sol, todo era primavera, aunque la gente decía: «¡Uy, qué frío hace!», lo que me hacía mucha gracia, pues venía de una ciudad donde pueden pasar tres años sin salir el sol, literalmente hablando, porque unas veces hay lluvia, otras hay niebla o cae nieve.
Nosotros tuvimos suerte porque no nos tocó un clima tan cerrado cuando vivíamos allá, pero sí es un clima muy duro. Al llegar aquí era la primavera y me llamaban mucho la atención todas esas bebidas elaboradas con frutas, las aguas famosas, de sandía, por ejemplo. Recuerdo unas en la calle Morelos; cuando vi esa copa tan grande, dije: «¿Esto qué es? ¡Esto va a costar un millón de pesos por lo menos!» No, son las aguas normales para la comida.
¡La jamaica, qué cosa tan exquisita! ¡Las nieves! ¡Los helados! Cuando uno va a otro país, si permanece en él una semana puede escribir un libro; después, anécdotas, diferencias y todas esas cosas. Si pasa un mes, puede escribir un artículo; si es un año, una notita, y si pasa más tiempo, ya nada, porque ya no se sabe nada realmente, se va descubriendo la complejidad del país. Por ejemplo, la sociedad mexicana es muy compleja, no es fácil entenderla de primer momento. Me quedé deslumbrado por todas estas cosas externas, que me llamaron la atención. Creo que ha habido una evolución muy fuerte, sobre todo el crecimiento de las universidades en la zona centro. Por desgracia, no conozco ni el norte ni el sureste de la república, pero sé por referencias que por todas partes se han multiplicado y replicado maestrías, doctorados, una cantidad de gente que tiene ganas de aprender; eso ha sido en estos treinta y tantos años una evolución clarísima.
Cuando llegué a la clase de Letras, inicialmente eran 25 alumnos: 23 eran hombres y dos chicas. Ahora se han invertido; la mayoría son mujeres y hay dos o tres muchachos. Fíjese cómo ha crecido Filosofía (uno dice ¿eso qué es? y ¿para qué sirven todas esas preguntas?), que tuvieron que abrir cursos durante la mañana porque no hay salones para recibir a tanta gente. Esto es en verdad muy bonito, aunque tiene sus contras y se podría hacer críticas, pero creo que más allá de todas éstas, México está evolucionando.
Читать дальше