En ese momento le vino a la mente la milagrosa recuperación de sus profundas heridas el día que les conoció. Era un misterio en el que le gustaría indagar…
El intercambio de golpes continuó: Aulus consiguió herir el pecho y el gemelo de su hermano, pero eso solo consiguió enfurecer más a Gaius, que aumentó la velocidad de sus golpes consiguiendo herir sendos brazos de su contrincante.
La sangre manaba por las heridas y empezaba a pasar factura en los dos guerreros, que cada vez estaban más débiles. La vista era cada vez más borrosa y los golpes perdían intensidad y fuerza.
Aulus se despojó del casco, apenas podía visualizar a su enemigo en la arena y hermano fuera de ella. Los cortes en los brazos hacían que cada vez pesaran más, pero siguió luchando hasta que se desplomó en la arena. Pocas veces salía un vencedor cuando luchaban entre ellos, pero estaba vez Gaius se llevó la victoria y los honores del público.
Finalizados los juegos Óscar y Lucius decidieron pasar la noche en una posada de la ciudad y disfrutar de su ambiente y de una buena cena en compañía de algunos amigos de la familia y por supuesto de Aulus y Gaius. Pero antes, Lucius quería visitar unas termas para poder relajarse y disipar la tensión que le habían producido los combates.
Estando relajados en una de las piscinas de agua caliente, Óscar le volvió a preguntar acerca de las milagrosas curaciones. Lucius se levantó y le pidió que le acompañara.
Sin que pudiera reaccionar, Lucius le hizo un corte en el brazo, de inmediato sintió un ardor intenso y cómo su cálida sangre manaba hacia su mano.
—¿Estás loco? —gritó Óscar, retorciéndose de dolor.
—¿No querías saber cuál era el misterio de las milagrosas curaciones? Pues para eso es mejor vivirlas en primera persona.
Lucius le condujo a una sala enlosada con un mármol blanco impoluto, apenas veteado. Allí un hombre con una túnica blanca y largos cabellos también blancos tomó el brazo de Óscar y aplicó en él unos extraños ungüentos de olor a hierbas. A los pocos minutos de entrar en contacto con la piel se endurecieron como si de yeso se tratarse, salvo que era de color verde. El dolor disminuía rápidamente, le soltó el brazo y sin decir nada le indicó que saliera de la sala.
—En unos minutos tu herida habrá sanado —comentó. Lucius pudo leer la pregunta en sus ojos—. Nuestros médicos son druidas muy sabios. Llevan milenios buscando remedios en la naturaleza para paliar nuestros males y se lo transmiten unos a otros. Solo un druida conoce el secreto de este ungüento.
Media hora después aquella especie de costra se fue desprendiendo poco a poco y dejó a la luz un brazo ileso, sin cicatriz alguna.
Eran las cuatro de la mañana, cuando un grupo de diez hombres fuertemente armados se preparaban para iniciar un asalto. La noche era oscura y las calles de Queens estaban desiertas. Uno de los hombres abrió las puertas del camión, de él salieron uno a uno silenciosamente, no dijeron una palabra, no querían alertar a nadie, el efecto sorpresa era crucial. Subieron la calle 162 pegados a la pared de un viejo edificio algo destartalado.
Rodearon la puerta del apartamento 512. Uno de ellos intentó manipular la cerradura, pero no consiguió abrirla, la cerradura no era nada corriente y desiste. El jefe del grupo analizó la puerta, era demasiado sólida para un ariete. Decidió usar pequeñas cargas de explosivo plástico que colocó en las bisagras. La explosión reventó la pared y el marco de la puerta sin apenas producir ruido. Entraron como un rayo en fila con los fusiles de asalto listos para abrir fuego contra todo aquello que se moviera.
No había nadie. Al encender la luz comprobaron que el apartamento desentonaba con el resto del edificio. Estaba lujosamente decorado, con maderas nobles, cortinas de seda. Era como si estuvieran en un apartamento de Park Street.
Cuando comprobaron que no se escondía ningún peligro, varios hombres entraron. Entre ellos se encontraba el director Keterman y los agentes Parker y Wallis. Todos sorprendidos por la belleza del apartamento.
Debían darse prisa en encontrar cualquier pista, aquella no era una misión legal y por supuesto no tenían ninguna orden que les permitiera poder registrar aquel apartamento: debían entrar y salir sin que nadie les viera.
A las pocas horas, uno de los técnicos descubrió unos extraños signos en una pared. Estaban tallados sobre ella. Sin duda eran romanos. Keterman apartó al técnico. Palpó las marcas, parecía que se movían; llamó a uno de los expertos en signos romanos.
El experto examinó los extraños símbolos.
—Son símbolos romanos, de eso no hay duda. Hay algo escrito en latín. Dice «no dejes cabeza sobre los hombros, hermano».
El corazón de Keterman se aceleraba, apenas le cabía en el pecho.
—Espera un momento, este símbolo está al revés —continuó el técnico. Al girarlo, algo crujió en la pared y se abrió de golpe. De la oscuridad emergieron tres relucientes espadas. Sus brillos eran cegadores incluso en medio de aquella oscuridad.
Ya no cabía duda: habían dado con una guarida de algún legionario y tenían sus armas; lástima que no encontraran también una armadura, pero no tenían más tiempo, estaba a punto de amanecer y debían desaparecer.
La mañana siguiente Keterman se reunió en su base de Nueva York con sus altos cargos. Habían podido probar que aquel desconocido que acompañaba al periodista español en realidad era un legionario de Roma. Tenían que actuar, y rápido.
—¿Qué sabemos del periodista español? —preguntó Keterman a sus jefes de grupo allí reunidos.
—Nada, señor, es como si hubiera desparecido —dijo uno de ellos.
—Entiendo. La última imagen que tenemos de él es en Atocha con el legionario, ¿verdad? —continuó Keterman.
—Sí, señor. Creemos que cogieron un tren hacia la costa este de España. Rumbo a… —no se atrevía a continuar.
—A Roma —completó Keterman.
—Sí, señor —afirmó uno de los jefes de grupo, agachando la cabeza.
—¿Tiene familia? —inquirió el director.
—Tiene a su padre, un hermano y una exmujer.
—¿Los tenemos localizados?
—Sí, señor. El padre y el hermano viven juntos en un piso de un barrio llamado Carabanchel, en Madrid. La exmujer vive en París.
—Nos bastará con el padre y el hijo. No se suele tener mucho afecto a las exmujeres, ¿no creen? —Las carcajadas de Keterman retumbaron en la sala y rápidamente contagiaron a todo el grupo.
De este modo se dio la reunión por terminada, salvo para uno de sus jefes de grupo, aquel en quien más confiaba, el agente Harrison.
—Tengo algo para ti, Harrison —comenzó Keterman.
Harrison permaneció de pie frente a su director, esperando la orden. Aquel era un hombre completamente entregado a la causa, un patriota.
—Debes ir a España con un pequeño grupo de nuestros mejores hombres y traerme al padre y al hermano de… —Keterman dudó un instante, no recordaba su nombre.
—Óscar, señor, Óscar Ruiz —completó Harrison.
—Sí, del periodista. Sé discreto, no queremos dar ningún tipo de publicidad a esto, ¿está claro?
—Sí, señor.
Harrison salió de sala de reuniones con una difícil misión. Un secuestro silencioso en suelo extranjero.
Tan solo faltaban dos días para la reunión con el emperador y los nervios crecían en el corazón de Óscar, suerte que por fin habían vuelto a la villa de Lucius y podía aplacarlos con Vivia. Pasaba la mayor parte del día con ella. Paseando por los alrededores, montando a caballo o navegando en el mar en un pequeño bote.
Durante todo el tiempo que pasaban juntos, ella intentaba hacerle ver el sentido de la vida romana. Qué era lo más importante para un romano, o qué era lo que amaban. En definitiva, un curso sobre los usos y costumbres del romano.
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