Llegó un momento en el que la decadencia de Roma estaba completamente descontrolada, los isleños nunca se habían involucrado demasiado en el control del imperio. Había habido emperadores formidables, pero también auténticos tiranos. Creían que aquello debía formar parte de la evolución del pueblo y no se inmiscuían en su gobierno, pero aquella decadencia hizo que los isleños les perdieran el respeto y simplemente se apartaron. Las fronteras empezaron a caer hasta que tuvieron al enemigo en las mismas puertas de la capital del imperio. Pero amaban aquella ciudad y lo que representó en el pasado, así que la defendieron de las hordas bárbaras. Proclamaron a un nuevo emperador, alguien a quien seguir.
Desde entonces heredaron lo que quedaba del imperio y siguieron a la familia del emperador Augusto.
Aquella fue la lección de historia más amena que Óscar había tenido jamás, era como si las palabras del emperador se grabaran a fuego en su cerebro. Sería un buen comienzo para su libro. Llegados a este punto, el sol comenzaba a caer y la sala antes bien iluminada caía en penumbra. Fue entonces cuando decenas de antorchas se iluminaron por combustión espontánea, pensó Óscar. El emperador sonrió al ver la cara de su invitado ante lo que acababa de ocurrir.
—Nos gusta la luz que emite el fuego. Creemos que es cálida y da calidad de hogar.
Óscar asintió mientras se acercaba a unas de las antorchas. Era raro, no emitían calor.
—No es fuego corriente —se anticipó Augusto—. Es energía.
Óscar nunca había visto nada parecido; desde luego, su tecnología, aunque no lo parecía a primera vista, estaba siglos por delante del resto del mundo.
—Qué te parece si vamos con el resto y disfrutamos de una buena copa de vino.
—Formidable, emperador.
—Puedes llamarme Augusto, Óscar. —Aquello, sin saber por qué, llenó de orgullo su pecho. Sin más, ambos salieron de la sala en dirección a uno de los jardines. Mientras, Augusto le instruía sobre cómo conseguían energía limpia de la naturaleza, energía ilimitada y verde para todo su pueblo. Óscar sintió odio hacia los jefes de estado del mundo que, movidos por la codicia de las energéticas, no aceptaban el regalo que el pueblo romano les ofrecía, energía limpia y pura para iluminar el planeta entero.
Al llegar a uno de los jardines del palacio se encontraron una imagen bucólica: una sensación cálida invadió el alma de Óscar al contemplar a Lucius y Gnaea junto a Marcus y su esposa, charlando animadamente con Claudio; como no podía ser de otra manera se quedó cautivado al ver a Vivia jugando con unos cachorros junto al estanque.
—Buenas tardes, familia —espetó Augusto con una gran sonrisa y los brazos abiertos. De inmediato se fundió en un abrazo con Lucius y el resto de la familia.
Cuatro hombres entraron cargados con jarras de vino y viandas variadas para regocijo de los invitados y del propio emperador. Todos se sentaron alrededor de la mesa para disfrutar de una cena y de una conversación relajadas, pero fue entonces cuando Augusto compartió sus planes con los allí presentes.
—Lucius —comenzó—. Gran trabajo encontrando a Óscar, es la persona idónea para la empresa que nos espera. Debemos hacer pública nuestra lucha. La osadía de los arsar aumenta día a día, pronto mostrarán su verdadera cara y dejarán de esconderse, su número y poder aumentan mientras hablamos. Son más peligrosos que nunca. Debemos avisar al resto del mundo de la que se les viene encima y debe ser alguien de ellos. A causa de nuestra negativa a comerciar con nuestras armaduras no hemos generado muchas amistades en las grandes esferas. No tardarían en boicotearnos.
Todos en la mesa asintieron con la mirada fija en el emperador. Pero Augusto observaba a Óscar.
—Es preciso —continuó— que vayas a los bosques, las montañas, los desiertos y las selvas donde se esconden, de esta forma podrás experimentar la emoción de la caza, descubrir el hábitat y la forma de vida de estos seres, porque, no te confundas, Óscar, no son animales, son inteligentes y forman estructuras sociales complejas. Nada de lo que hacen es por instinto, son conscientes del daño y el dolor que generan. Es una motivación más para ellos. En unos días, Lucius y tú os embarcaréis en un viaje que os llevará a los lugares más escondidos del planeta. Allí descubrirás tu verdadero valor. A tu regreso nada podrá detenerte.
Óscar miró a Lucius. Tenía el rictus duro y una mueca de preocupación.
—No será un viaje sencillo —dijo directamente.
—Lo sé, pero debe hacerse, es necesario sacar a esas bestias a la luz. Creemos seriamente que se ha producido una alianza entre ellos y los arsar. No podemos ignorar esa alianza.
—Haremos lo que sea necesario, Augusto. —El tono con que Lucius pronunció aquella frase consiguió poner de punta cada vello del cuerpo de Óscar. Si debía emprender aquel viaje se alegraba que fuera él quien le acompañara.
—Partiréis en seis días desde Equus. Debes recoger allí tu armadura, Lucius, a Óscar se le forjará una aquí con el símbolo de vuestra familia, el caballo. —Augusto se levantó de la mesa—. Se hace tarde y debéis descansar. Tendremos tiempo estos días para poder seguir hablando.
—Papá, voy al mercado.
—Bien, Miguel. Espera, ten, cómprame un paquete de tabaco, haz el favor.
—Papá, ya sabes lo que te dijo el médico, nada de tabaco. Trae, te compraré unas pastillas de menta.
—Qué sabrán los médicos. Tu abuelo fumaba todos los días y vivió hasta los noventa años.
Toda esta escena, común para la mayoría de los mortales ocurría en un pequeño apartamento, en el madrileño barrio de Carabanchel.
Miguel se dirigía hacia el mercado con una extraña sensación, era como si sintiera una sombra en su espalda; pero no le dio demasiada importancia, desde que no sabía nada de su hermano tenía los nervios a flor de piel, creía verlo en todas partes. Simplemente echaba de menos a su hermano menor.
Al volver a casa observó algo extraño. La llave no estaba echada. Él siempre la echaba desde que su padre empeoró, quería así evitar que saliera a comprar tabaco o bajara al bar. Llamó a su padre, pero no respondía. Se podía escuchar una agitada respiración al final del pasillo. Miguel pensó lo peor, soltó las bolsas y corrió hacia el dormitorio de su padre; pero en un instante todo se volvió negro.
Tenía un enorme dolor de cabeza y sentía una quemazón en el cuello. Lo último que recordaba era entrar a su casa y aquella respiración; después, nada. No sabía dónde estaba, la oscuridad le invadía, solo una pequeña línea de luz se asomaba por debajo de una puerta de acero.
Sus gritos de auxilio rompían el silencio. Llamaba a su padre, con la desesperación de alguien que no entendía lo que estaba sucediendo. Durante un buen rato creyó estar en un sueño, una pesadilla más bien.
Se acurrucó en una de las esquinas sin saber muy bien en qué pensar, solo deseaba despertarse, pero no lo conseguía. Solo con el paso de las horas pudo comprender que habían sido secuestrados. Pero, ¿por quién?, y ¿para qué?, no tenían dinero, apenas podían llegar a fin de mes con la pensión de su padre y su trabajo de media jornada. Mientras cavilaba sobre su situación actual pudo sentir unos pasos acercándose. Se pararon, y un ruido metálico le sobresaltó, la puerta se abrió de golpe dejando entrar una cascada de luz cegadora. Miguel solo pudo ver dos gigantescas sombras que se abalanzaban sobre él.
Le llevaron a una sala mayor y bastante más iluminada. Intentaba resistirse, pero apenas tenía fuerzas. No sabía cuánto tiempo llevaba sin comer, había perdido la noción del tiempo en aquel agujero.
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