Óscar no dudaba en hacer todo tipo de preguntas. En uno de sus paseos a caballo por el bosque se encontraron con una alta torre de piedra culminada por una especie de telescopio.
—¿Qué es esto, Vivia?
—Es el observatorio de un druida de las estrellas. Viven en ellos observando el cielo y estudiándolo. Después usan todo lo que han aprendido para crear mapas estelares.
—Estáis mucho más avanzados de lo que pensaba.
Vivia sonrió.
—Eso es lo que queremos que creáis. En realidad, nosotros también tenemos satélites allí arriba, y un sistema de comunicación por delante del resto.
—Tu hermano me lo enseñó cuando viajábamos en el Esturión. Me pareció algo increíble.
Durante esos días visitaron varios pueblos y fue tratado por los lugareños con respeto y curiosidad.
Se sentía tremendamente feliz entre aquellas gentes, pero sobre todo al lado de Vivia, cada noche en silencio se preguntaba qué sentiría ella. Quizás solo fuera amable con él porque su padre se lo pedía, quizás se sintiera obligada como anfitriona. La verdad es que estaba algo acomplejado entre tanto cuerpo escultural. No podía imaginar que alguien como Vivia se pudiera enamorar de alguien como él. Tampoco es que creyera que fuese un tipo feo o desagradable, tan solo alguien normal, sin ningún tipo de virtud salvo la supuesta que había parecido ver el emperador. Quizás con eso fuera suficiente, quizás realmente tenía algo.
El día se acercaba antes del viaje a Roma, los padres de Lucius quisieron hacer una fiesta en su villa. Invitaron a gentes de toda la isla. Todo aquel que quisiera podía asistir.
Óscar sintió que tanto su respiración como su corazón se paraban de pronto cuando vio a Vivia en unos de los jardines. Llevaba un vestido de seda de color azul abierto hasta la cintura y con la espalda al aire. Su larga melena rubia estaba recogida con lo que se le antojaba un peinado complicadísimo. Se acercó a ella atravesando el jardín. Él vestía un pantalón largo de lino con una camisa azul rematada con dibujos geométricos cosidos con hilos de oro que Lucius le había prestado.
—Aún no rellenas la ropa de mi hermano —observó ella mientras colocaba los hombros de la camisa.
—Él insistió… yo ya le dije que era demasiado grande pero…
—No te preocupes. —Sonrió—. Resalta el color de tus ojos. Ven, bailemos. —Tomó su mano y con fuerza lo arrastró hasta una zona del jardín donde otros habían empezado a bailar al son de una música suave.
Apenas sabía bailar los bailes tradicionales, siempre había creído tener dos pies izquierdos, pero agarrado a la cintura de Vivia podía moverse grácilmente por los mosaicos del jardín. No podía apartar la vista de ella, sus ojos azules le tenían completamente atrapado. Pero no se sentía con confianza para hacer lo que tanto deseaba, besarla, aún no. Tenía miedo de estropear aquello, quería mantener la esperanza.
Pasaron la noche riendo y jugando a extraños juegos con Lucius, Gnaea, Plubius, Sextus y los hermanos Gaius y Aulus. Óscar intentaba aprender deprisa, pero algunos eran ciertamente complicados. Uno de ellos se le daba mejor, era parecido a la diana salvo que en vez de acertar a los números debía de dar con el dardo dentro de unos círculos de distintos colores y tamaños repartidos en una plancha de madera.
Ya de madrugada dieron por terminados los festejos y cada uno se retiró a descansar a sus habitaciones o a sus hogares. En unas horas saldrían rumbo a Roma y tenían que estar despejados. El capitán Manius también asistió a la fiesta. Óscar pudo hablar con él, la aspereza con que le trató los primeros días había desaparecido casi por completo; después de todo, parecía que volverían a compartir travesía, ya que serían él y su Esturión quienes les llevarían a Roma.
Apenas hacía unos minutos que había amanecido y la villa ya bullía de actividad. Había muchos preparativos que hacer antes de embarcar.
Desde el primer momento Óscar creyó que aquel viaje lo realizaría tan solo con Lucius, pero la noche anterior durante la fiesta se anunció que Appia y Marcus también les acompañarían junto a su hija, Vivia, saber aquello le alegró de veras. No sabía cuánto tiempo debía estar en Roma, eso oprimía su pecho, el no saber cuándo podría volver a verla; no podía seguir así, tenía que sincerarse con ella. Todo aquello le parecía una locura, tan solo la conocía desde hacía una semana aun así ya sabía lo que quería.
Sintió que Sextus no les acompañara. Había crecido una amistad entre los dos aquellos días, pero debía quedarse con su hermano Plubius para atender a las yeguas en los partos.
El sol aún no estaba alto. Debían de ser las diez de la mañana cuando comenzaron a embarcar en el Esturión. Esta vez no tuvieron que ir a Equo Albo, les esperaba en la cala junto al acantilado, Óscar podía verlo desde el balcón de su dormitorio. Los marineros se afanaban en cargar todos los enseres ayudados con botes de madera blanca adornados con el nombre del barco escrito en letras de oro.
Ya en la mar comprobaron que el agua estaba en calma, una brisa agradable recorría la cubierta del barco. Óscar aprovechó esos momentos para fotografiar a las distintas aves que les acompañaban en aquel viaje, el sol ya estaba alto y la luz era perfecta. Le habían informado de que si no había contratiempo en dos horas desembarcarían en el puerto de Roma.
Vivia estaba apoyada en la barandilla con la mirada fija en el horizonte, perdida en sus pensamientos. Con aquella luz su melena al viento parecía oro puro. Óscar se sentó en uno de los bancos de cubierta y la fotografió. Se dijo a sí mismo que sería imposible capturar tanta belleza.
Sin percatarse Lucius se sentó a su lado rompiendo la magia de aquel momento. Aun así fue muy bienvenido. Debían hablar de lo que sucedería aquella tarde, Óscar le acompaño a la cámara de Magnus, allí les esperaba Marcus.
Recorrieron las entrañas del barco hasta llegar al camarote del capitán, situado en la popa del barco; durante el camino, a Óscar le extrañó escuchar la canción Innuendo , de Queen. Lucius le sonrió y le dijo:
—También nos gusta la buena música.
La puerta de caoba generosamente tallada anticipaba el hogar del capitán en el inmenso azul. El camarote era mayor que el suyo, en las paredes colgaban pinturas de temática marina y del arte de la pesca. En el centro, frente al ventanal había una robusta mesa de madera, en la que estaban dibujados los océanos y los mares del mundo. Manius y Marcus les esperaban sentados, sus rostros estaban relajados, Óscar supuso que querían hablar de su audiencia con el emperador.
—Siéntate, Óscar —le invitó Magnus.
Óscar junto a Lucius se sentó frente a los viejos guerreros. Marcus tomó una jarra de cristal y se sirvió agua en un vaso antes de comenzar hablar.
—Hemos concertado esta reunión porque queremos informarte de lo que va a ocurrir esta tarde.
Óscar asintió con la cabeza, a la vez que echó un fugaz vistazo a Lucius, que tenía el rostro serio, lo que le produjo algo de inquietud.
—Te llevaremos ante el emperador, tendrás una audiencia privada con él —continuó Marcus—. Quiere conocerte.
Aquellas últimas palabras tensaron sus músculos, todos en aquella mesa se percataron de ello. Lucius quiso relajarle.
—No te preocupes, Óscar, recuerda que tuviste las agallas de acudir solo a una habitación de motel con quien creías era un asesino.
Aquello era cierto, pudo con aquello y ahora se encontraba entre amigos, y estaba Vivia. Pensar en ella le insuflaba valor, un valor que no tuvo como ayuda la noche que conoció a Lucius. Aquel día le empujaba la desesperación, no sentía que tuviera nada que perder, su vida no le parecía tan importante. Simplemente saltó.
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