Le sentaron en una vieja silla. Allí no había rastro de su padre. Reunió las últimas fuerzas que tenía para preguntar por él, pero lo único que recibió fue un puñetazo en el rostro como respuesta. Alguien se acercaba por detrás de él, de súbito todos los músculos de su cuerpo se tensaron, profundos espasmos aceleraron su corazón. Le estaban duchando con agua helada.
Al terminar apenas sentía sus extremidades, pero estaba más despierto, era más consciente de lo que pasaba a su alrededor.
—¿Por qué nos hacéis esto? —Apenas fue un susurro.
Una figura se acercó a él, se agachó y le hizo una pregunta que le resolvería varias dudas.
—¿Dónde está tu hermano? —Pudo captar un acento en la voz que le hablaba al oído. Aunque no sabía cuál podría ser su procedencia. Su habilidad para los idiomas era nula. Tampoco podía enfocar bien. Apenas pudo distinguir el rostro de su captor. Algo sí que tenía claro: estaban aquí por su hermano.
—Llevadle de nuevo al agujero, aún está demasiado drogado para poder hablar. Traed al padre.
Aquellas últimas palabras helaron más su corazón que la ducha helada. Las dos moles le cogieron de nuevo y como un fardo lo dejaron caer de nuevo a la oscuridad.
Una nueva luz cegadora le despertó. El pequeño cubículo en el que estaba encerrado se tiñó de blanco, le costó un mundo ponerse en situación. No sabía si se había quedado dormido o simplemente se había desmayado. Un nuevo ruido metálico sonó, pero esta vez la puerta no se abrió. Por una pequeña apertura por debajo de la misma aparecieron un plato de arroz, un mendrugo de pan y una botella de plástico de agua mineral. Miguel se lanzó a por aquella comida. No sabía cuánto tiempo llevaba allí, pero por el hambre que sentía se le antojó que días.
Las horas siguieron pasando intercalando periodos de oscuridad con una intensa luz cegadora. Sin duda intentaban que perdiera la cabeza. Después de dos comidas más volvieron a abrir las puertas. Miguel se sentía más fuerte que en la primera ocasión, se lanzó sobre aquellos dos hombres, pero no tuvo la menor oportunidad, le redujeron rápidamente.
De nuevo estaba sentado en aquella silla, pero esta vez su padre estaba junto a él. Le habían golpeado, había sangre en su rostro. Miguel estalló en alaridos, llamaba a su padre, este levantó levemente la cabeza y miró hacia su hijo.
—No te preocupes, Miguel, estoy bien. —Su voz parecía serena—. Quieren saber dónde está Óscar.
Una sensación de orgullo hacia su padre brotó dentro de él. Parecía muy entero, mucho más que él.
Alguien entró en la sala. Era un hombre alto, moreno de ojos marrones. Tenía la mirada fija en él. La rabia se adueñó de Miguel.
—¿Qué coño le has hecho a mi padre, hijo de puta?
Una sonrisa blanca seguida de una mueca perversa congeló la ira de Miguel.
—Tan solo hemos charlado un poco, no te alteres. —Aquel acento otra vez—. Queremos saber dónde está tu hermano, nada más. En cuanto nos lo digáis, todo esto se acabará.
—Yo no sé dónde está Óscar. Hace semanas que no le vemos —contestó Miguel, preguntándose en qué lío se habría metido su hermano menor. Es cierto que últimamente habían tenido sus diferencias, desde la muerte de mamá, pero era su hermano, su sangre, jamás le traicionaría, aunque en esta ocasión no podría, realmente no sabía dónde estaba.
Un silbido en el aire anticipó el golpe que recibió en la cara. A ese golpe le siguieron muchos más por todo el cuerpo. Al abrir los ojos solo sentía dolor, no sabía cuánto tiempo habían estado golpeándolo. Ni siquiera recordaba cómo le trajeron de nuevo al agujero. Se tumbó en el pequeño catre en posición fetal; así, encogidos, sus golpeados huesos sentían algo de alivio. Solo pensaba en su padre, en qué le estarían haciendo. Una rabia empezaba a nacer dentro de él, esta vez hacia su hermano. ¿En qué les había metido? ¿Dónde estaba? Aquella rabia no le duró mucho, quería a su hermano y el sabor metálico de su boca hacía verter todo su odio hacia aquel demonio con acento extranjero. Cerró los ojos con fuerza y alejó de su mente la ira. Tenía que pensar, tenía que encontrar la manera de salir de allí.
Amanecía en Roma. Una fría brisa aromatizada por suaves fragancias se colaba por la ventana. Óscar se sentía descansado. Le costó conciliar el sueño, las últimas palabras de Lucius resonaban en su cabeza una y otra vez. «Haremos lo que sea necesario». Eran palabras envueltas en una nobleza que él no podía comprender. Temía no poder dar lo que fuese necesario, temía defraudar a Lucius, al emperador; pero sobre todo a Vivia.
Se levantó y se sacudió la presión. A pesar de sus temores se sentía más optimista que de costumbre. Hoy pasaría el día con Vivia. Anoche insistió en que le enseñaría las calles de Roma.
La habitación que le habían asignado era como la suite de un gran hotel. Tenía una gran balconada hacia uno de los jardines del palacio. Óscar salió y llenó los pulmones de aquel aroma a flores, era como si le quitaran años de vida, aunque solo tenía treinta se sentía más joven, más fuerte, con más vida y ganas de vivirla. Por fin sabía lo que sentían aquellos actores siempre felices por las mañanas que anunciaban desayunos altos en fibra. Una amplia sonrisa apareció en su rostro. Se hacía tarde; entró en el baño donde le esperaba una pequeña piscina de agua templada y un desayuno de fruta y leche.
Vivia le esperaba en la entrada del palacio, estaba con su hermano Lucius, hablaban animadamente. Su melena rubia estaba recogida en una trenza que caía por su hombro junto con un fino vestido rojo que mostraba su esbelta figura.
Como en cada primer encuentro con ella, Óscar se quedaba sin saliva y los nervios le atenazaban el estómago.
—Buenos días, Óscar —se adelantó Lucius—. Te has buscado una buena guía. Vivia se conoce los mejores rincones de la ciudad.
—Sí, bueno, ella muy amablemente se ofreció a enseñarme la ciudad, yo la verdad se lo agradezco. —Las palabras salían de la boca de Óscar atropelladamente, los nervios dominaban todo su cuerpo. No quería reflejar lo que sentía por aquella muchacha, pero le era imposible controlar los nervios y menos ante su hermano, un gran guerrero romano.
Las sucesivas carcajadas de Lucius fueron interrumpidas por un soldado que requería su atención:
—Señor, traigo un mensaje del emperador.
Lucius se disculpó ante la pareja y se dirigió al interior del palacio acompañando al enviado hasta la cámara de audiencias.
—Bien, ¿dónde vamos primero? —preguntó Óscar, algo más relajado.
—Vamos a ir a la vía botánica. —Su suave voz endulzaba las palabras. De pronto se sintió Neruda o Machado—. Allí se puede encontrar plantas de todo el mundo—continuó Vivia.
Sin más, bajaron las escalinatas de palacio y se sumergieron en las bulliciosas calles de Roma. Los libros que Óscar había leído sobre Roma siempre destacaban su suciedad o malos olores a causa del alcantarillado, pero no era así: bellos mosaicos decoraban las calles principales y las plazas. Había cientos de fuentes. Cada una representaba aquello que adoraban los romanos. Vivia se afanaba en explicárselo todo.
—Aquella fuente dorada con espigas alrededor representa al trigo que nos alimenta cada día.
Fue entonces cuando Vivia se agarró a su brazo. Óscar sentía cómo su corazón se aceleraba por segundos. Estaba seguro de que Vivia sentía los goznes de su pecho. Llegaron hasta otra pequeña plaza. Estaba decorada con mosaicos que representaban escenas de sexo. Había una fuente en el centro muy explícita, no hacía falta que Vivia le explicara qué representaba.
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