Isabel F. Peñuelas - Mentes colmena

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Los ciborgs de compañía corren por el puerto y los viejos empujan carros de cebollas para venderlas en el mercado negro. Más allá, el transbordador se desliza como un viejo cachalote bajo el puente de los suicidas, pero los peces han dejado de tener ojos y la última mona sobre la tierra roba cacahuetes de maní enriquecido por las noches. Mientras una pareja de amantes se embadurna de magenta para bailar de noche en la terraza y en las minas de la luna helada de Nix las niñas acarician a sus gatitos.
¿Qué ocurre cuando tenemos que escapar de un lugar sin puertas? Todos los personajes del mundo futuro imaginado por la autora buscan escapar de algo que les muerde el alma con dientes de perro. Pero las puertas de la mente son muy estrechas. Los nudillos del pasado las golpean. Una lectura futurista que transpone los temas eternos. Mentes Colmena bucea en los problemas que permanecen en el tiempo. Cuentos oscuros y melancólicos que exponen al lector a sus propios miedos.

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La masa fluorescente está plegada sobre sí misma como una pequeña coliflor. Nunca sabes lo que contendrá ese pedazo de materia gris con una inscripción de impulsos eléctricos. A veces nada. Pero la calidad de esa primera muestra es determinante. Si el deterioro está demasiado avanzado, no hay nada que hacer, nada que recuperar; los fragmentos de memorias deslavazadas son inservibles. A menudo solo encuentro idioteces en esta primera prueba, la dirección de una tintorería o un fragmento indescifrable de colores que es imposible saber a lo que corresponde. Cazar un patrón neurológico completo es difícil, pero a veces sucede. Los rescatadores de memorias somos artistas; una especie de arqueólogos que necesitamos enhebrar con arte retazos informes hasta dotarlos de sentido.

Tengo que concentrarme mucho para elegir el camino y no perderme en el laberinto de conexiones: encontrar el primer punto, la primera neurona clave, y la pantalla se llena de marcadores fluorescentes rosas y verdes.

El panel está lleno de sugerencias: neurona alfaX234 con porcentaje de sinapsis altamente superior a la media, densidad asociada de neurotransmisores excelente, oxitocina al 45 %, posibilidad de fragmento de recuerdo amoroso. Curioseo un poco, lo suficiente para ver un rostro que me resulta familiar. Es el de una mujer joven, creo que es el de la enfermera rusa que he visto esta mañana. Por el volumen de oxitocina es fácil concluir que hubo algo entre ellos. Un tipo raro ese viejo chino. Pero no me entretengo, no es ese el tipo de recuerdo que busco anexionar al gran cerebro de Da Vinci, y continúo explorando.

El organoide está hasta arriba de señales, a reventar de información y de rastros de emociones. No se parece a la memoria de otros viejos que he estado investigando antes, pero eso no significa nada. Podría ser mejor persona, o peor que ellos. Sé que la clave está en encontrar el primer punto de anclaje, pero después de quince minutos divagando, aún sigo sin desentrañar el puzle. Exploro, selecciono, descarto, hasta que al cabo de tres horas estoy muy cansado.

Alerta de tiempo. El propio sistema de exploración neuronal ha decidido desconectarme.

Ahora mi cabeza está tan sucia como la de ese viejo chino, y me duele la frente.

*

Ya está entrando luz y el dolor de cabeza sigue ahí, crispándome el cerebro como si tuviera dentro un ejército de abejas hambrientas dándome mordiscos en las neuronas y me pregunto si alguien como yo va a recuperar mis recuerdos cuando todo esté tan sucio en mi cerebro que el agua de la bañera no pueda limpiarlo; tal vez podría mezclar algunos de mis recuerdos con los del viejo chino, crear una pista falsa para el resto de los rescatadores de memorias. ¿Por qué no? Alguien como yo descubriría el enlace dentro de un tiempo y yo entraría en la cadena de preservación y así tal vez alcanzaría la inmortalidad, perduraría. Solo tengo que ponerme el casco, extraer algunos de mis fragmentos y mezclarlos con los del viejo. Encontrar un punto de anclaje, situar la pista en algún lugar de interés.

Nunca se ha probado la fusión, pero estoy seguro de que funcionaría.

II

Al día siguiente la rusa vuelve a recibirme con la misma actitud desconfiada del día anterior. Dice que el profesor ha vuelto a pasarse gritando toda la noche, que no podré estar con él demasiado tiempo.

—Volveré dentro de una hora —amenaza—. Procure darse prisa.

Asiento y empiezo el trabajo. Comprendo que a los viejos les moleste y se retuerzan cuando les aprieto las cinchas. Debe ser molesto, tendré que probarlo yo mismo.

Sé que no procesa nada de lo que le digo, pero le explico al viejo que las pesadillas son un síntoma del deterioro avanzando y volvemos a quedarnos solos, el viejo y yo, rodeados por ese mar de orquídeas blancas que contrastan con el pijama de seda negra del presidente como estrellas en la noche. Todo en ese lugar me parece extraño y sofisticado, de algún modo inaccesible.

—Profesor Wu, hoy probaremos algo diferente.

Es lo mismo que si le hablase a una piedra.

—Yo iré diciendo algunas palabras. Lo único que necesito es que las escuche.

Me mira. Lo hace con una mirada que parece estar diciéndome: «Sé lo que estás haciendo. Estás leyendo todo mi cerebro».

Mientras, arranco el asistente inteligente de extracción y empiezo la provocación de recuerdos. Solo tengo que pronunciar las palabras que me va sugiriendo el algoritmo, y esperar a que los electrodos de alta sensibilidad del casco neurológico registren sus respuestas.

2035. Epidemia. Vacuna. Proteína, y así sucesivamente.

Cada una de las palabras que pronuncio está cuidadosamente elegida por el modelo y tiene la capacidad de activar su sistema límbico, que recuperará el estado de conciencia idéntico al momento que quiero recuperar: la red de conexiones formada por multitud de sinapsis neuronales que me permitirán descubrir la secuencia completa del recuerdo que busco recuperar para el proyecto Da Vinci.

El viejo está tranquilo mientras las palabras van rascando de entre las zonas más profundas de sus lóbulos cerebrales las configuraciones que más tarde volcaré en un pedazo de materia gris artificial para unirlo al del resto de recuerdos de las supermentes. Voy pronunciando las palabras, de una en una, mientras vigilo la señal que recibe el monitor, con la emoción de saber que lo que estoy haciendo es importante.

Tan importante es preservar la ciencia como crearla. Y algún día todos estos recuerdos enlazados serán la materia sobre la que se desarrolle el progreso, y yo habré hecho mi pequeña contribución a la historia.

Durante las sesiones muchos se duermen porque la sobrexcitación a la que les somete el casco transmisor les adormece, pero Liang-Wu se altera tanto que tengo que llamar a la rusa para que me ayude a calmarle. Lo último que he pronunciado ha sido «ensayos clínicos». Pienso que algo oscuro debió ocurrir con las pruebas en humanos para que lo hayan perturbado tanto esas palabras.

Entre la rusa y yo le quitamos las cinchas y ella le abraza y le acurruca como a un bebé, hasta que poco a poco se calma. Y yo no tengo más remedio que dar por terminada la sesión, aunque tengo muchas dudas de haber conseguido recuperar suficiente material como para reconstruir la aportación de Liang-Wu a la erradicación de los virus por la explosión incontrolada de los experimentos de quimeras genéticas. Pero está claro que hoy es imposible avanzar más.

La rusa me ayuda a retirarle el casco y les dejo allí, juntos. Ella como una gran matrona protectora, y al profesor en el regazo de la mujer.

A veces es duro cumplir con la misión que uno tiene encomendada.

Al volver al laboratorio conecto un nuevo organoide al cerebro central de Da Vinci, que ha estado toda la noche analizando el primer fragmento de tejido neuronal. El aprendizaje puede llevar varios días, pero a veces los resultados son sorprendentemente buenos en poco tiempo y este nuevo fragmento parece estar a reventar de señales.

La decodificación llevará varias horas y mientras tanto lo único que puedo hacer es esperar parado frente a la pantalla que vomita las gráficas de las ondas eléctricas. Lo he hecho muchas veces: esperar, estoy bien entrenado para eso. Pero la mayoría de las veces no rescatamos nada, aunque a veces sí, y entonces sabes que es importante; incluso aunque no entiendas las fórmulas precisas, identificas perfectamente cuándo has encontrado algo que merezca la pena preservar. Son estructuras que se reconocen enseguida, a simple vista, cuando visualizas los modelos en que los axones neuronales se enredan unos a otros de manera peculiar. Las dendritas de esas neuronas son mucho más grandes que las otras.

¡Ahí está! Visualizo una nube eléctrica cuyos impulsos teñidos de colores dibujan en el monitor el movimiento de un fractal. Ahora ya casi puedo ver cómo se van enroscando entre sí las neuronas del profesor Wu en el modelo virtual que realiza la simulación del recuerdo. Me recorre la emoción del descubrimiento al desentrañar lo que Liang-Wu estaba sintiendo cuando descubrió el antídoto del virus. Solo cuando lo enlace al resto de fragmentos de Da Vinci podré descansar, puesto que ya habré cumplido mi deuda con la historia.

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