—Puede tocarlos si lo desea.
Estaban desnudos, hombres y mujeres. Imaginé a Cristian hablando con la voz de una de aquellas mujeres dormidas y me sobresalté a mí misma. Luego me atreví a rozar el brazo sin vello de un hombre artificial. No se parecía nada a Cristian. La idea de que despertase con su cerebro me produjo una náusea enorme, pero seguí recorriendo las camillas hasta que me decidí por uno más o menos de su edad. Me gustó su pelo castaño y suave, que me recordaba el de Cristian.
Según el protocolo, había que esperar algunas semanas desde que se realizase la transmisión de las memorias hasta que la copia estuviese perfectamente habituada a su cerebro. Pero se me permitiría visitarle diariamente para realizar las pruebas de adaptación familiar.
El día de nuestro primer encuentro me puse el jersey verde aceituna. Estaba muy nerviosa, incapaz de atarme los cordones de las botas. Cuando llegué, el neurólogo me acompañó a la sala de encuentros para conocer a la copia.
—Todos sus recuerdos serán idénticos, pero le advierto que deberá tener cuidado con los espejos y las fotografías. El procedimiento no está suficientemente perfeccionado y algunas copias pueden sufrir trastornos de identidad si se miran en los espejos y no se reconocen. Sus recuerdos pueden entrar en conflicto con las nuevas imágenes.
—¿Me reconocerá a mí?
—De eso puede estar segura.
Asentí y entramos en la sala de adaptación de familias, un lugar agradable, con un par de sillones de cuero azul enfrentados junto a una cristalera por la que se colaba el sol de la mañana y se podían ver los cargueros del puerto. Me senté a esperar, entreteniéndome con el ir y venir de los barcos, pesados cachalotes aplastados por su propio peso.
Al cabo de unos instantes se abrió la puerta.
Esa fue la primera vez que vi a la copia de pie y me pareció más alto de lo que había imaginado en la camilla. Había una oscilación abrupta en sus movimientos. Robótica. Andaba con la torpeza característica de un recién nacido, apoyándose en los muebles para mantener el equilibrio. Sin embargo, su mirada era la de un hombre adulto.
Estábamos solos, y la copia me saludó por mi nombre: Zoe. Yo sabía que teníamos vigilancia y nuestras conversaciones estaban siendo grabadas, pero no me importaba mucho. Su voz era distinta, con un timbre sintético.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté.
—Cristian.
—¿Cuál es tu color preferido?
—Magenta.
—¿Fruta?
—Naranjas.
—¿Dónde me conociste?
—¿A qué vienen tantas preguntas? —protestó la copia.
—Perdona, solo quería comprobar que estabas bien.
—Me cuesta recordar algunas cosas.
Le tranquilicé, esas pérdidas de memoria le podían pasar a cualquiera, no había que darles ninguna importancia y le prometí que hablaría con los médicos para que viniese a casa lo antes posible.
Me había asegurado bien con el neurólogo de que la transferencia de memorias se detuviese antes de la aspiración de opio, antes de la primera vez que perdí a Cristian.
Regresé a casa feliz. Estaba ansiosa por comprobar si ese cuerpo nuevo, limpio de adicciones, sería capaz de devolverme al chico magnético que recorría los anticuarios de la zona buscando colores perdidos, con quien comía naranjas a mordiscos.
Los días siguientes estaba como abducida. Volví a teñirme el pelo de rubio. Me compré ropa nueva. Mis amigas decían que me había quitado diez años. Yo contaba los minutos hasta la hora de los encuentros, que seguían produciéndose bajo la supervisión del equipo de neurólogos.
Después de tres o cuatro sesiones de adaptación, nos permitieron salir a cenar juntos. Elegí un japonés, cercano al santuario de árboles milenarios que separaba la zona Sigma de la ciudad vegetal, donde preparaban sushi de pez limón usando unas algas blancas traídas del sudeste asiático. Él devoró el sushi y me habló durante toda la noche de nuevos cuadros ambientados en Alaska. Volvíamos a la noche en que nos conocimos. Tenía frente a mí la oportunidad de una nueva vida, de intentarlo de nuevo.
Pocas semanas después, los médicos dijeron que ya estaba listo para hacer una vida completamente normal, y me lo llevé a nuestro apartamento.
Estaba claro que sus tallas eran diferentes y no le serviría su antigua ropa, así que le compré un par de vaqueros y una parca de cuadros rojos y negros, y pedí que le cortasen el pelo como a Cristian. Matus no quiso reconocerle. Empezó a ladrarle como a un intruso y tuve que esforzarme mucho para sujetarle y que no le mordiera las piernas, hasta que se escondió debajo del sofá, babeando, sin dejar de llorar, como el día en que las larvas se llevaron a Cristian.
Por la mañana le llevé a pasear y caminamos juntos durante horas dando vueltas por el mercado negro. Él insistió en regalarme un chaquetón de visón rojo en el anticuario vintage. Dijo que vendería pronto alguno de los cuadros. Yo me sentía viva, sin rastro de la tristeza de los últimos años.
El traficante de naranjas me reconoció y me miró por detrás del parche de su ojo derecho. Compramos la fruta y estuvimos chupando naranjas mucho tiempo, dejando que el líquido dulce y vitamínico nos chorreara por la cara, como hacíamos al principio, cuando aún paseábamos juntos por el mercado negro. Luego dijo que tenía ganas de pintar y pasamos por un taller clandestino para comprar un gran cubo de magenta. El nuevo Cristian encontró el camino entre el laberinto de calles estrechas sin dudar ni una sola vez. Se le veía feliz, saludando a todo el mundo, recorriendo los puestos y las tiendas.
Por las noches, antes de dormir, le pedía que me reconfortase con los recuerdos pasados, que le hacía repetir una y otra vez. Después me abrazaba de una manera animal. Era más fuerte, más joven, más alegre.
Matus seguía negándose a que le acariciase el lomo, o le sacase de paseo. Se sentaba a la puerta del simulador y esperaba, sin dormir, la vuelta de su verdadero dueño. Pensé que necesitaba tiempo.
Yo tenía un miedo horrible de perderle y quité todos los espejos de la casa como me aconsejó el neurólogo. Vivíamos sin espejos que nos recordasen a nosotros mismos. Aislados de nuevo. Sin fotografías, para protegerle, para protegernos. No quería arriesgarme a que las nuevas imágenes chocaran con las imágenes de sí mismo que le habían grabado en el cerebro.
Pero los nuevos recuerdos empezaron a ocupar cada vez más espacio en su cabeza. Ya no me hablaba apenas de Alaska. Primero me disgustó de su voz, su eco metálico; luego empecé a sentir repugnancia por su boca al besarme, que se abría al comer como la de un pato, tragándose un montón de migajas de pan empapadas y flotantes, por su risa tonta ante cualquier cosa.
La copia pasaba la mayoría del tiempo durmiendo y comiendo. Me obsesioné con la idea de que su cerebro no era más que una gelatina mental en la que habían incrustado los detalles microscópicos de una memoria que no era suya. Solo eso, una copia, sin su olor, sin sus ojos: una máquina de carne y de respuestas aprendidas que no conseguía devolvérmelo. Una mente intrusa en un cuerpo aborrecible. Hasta que no pude más y le puse delante un espejo para que él mismo comprendiera lo distinto que era del auténtico. Del verdadero Cristian.
El intruso no se inmutó. Al contrario, se miró satisfecho, como reconociéndose, y a los pocos días me invitó a entrar en el estudio.
—Tengo una sorpresa —me dijo con esa mueca rígida en la boca que me daba náuseas.
No tenía ganas de sorpresas.
Entonces la copia levantó la tela que cubría el lienzo en el que había estado trabajando todo el día. Su autorretrato, dijo.
Abandoné el apartamento corriendo excitada, seguida por Matus, en dirección al santuario de árboles milenarios. Quería pasear. Necesitaba respirar aire limpio después de tantos días encerrada en el apartamento. Calmarme, aclarar las ideas. No iba a consentir que ese pedazo de carne sintética se hiciera pasar por el auténtico Cristian, que me robase a Cristian.
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