Isabel F. Peñuelas - Mentes colmena

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Los ciborgs de compañía corren por el puerto y los viejos empujan carros de cebollas para venderlas en el mercado negro. Más allá, el transbordador se desliza como un viejo cachalote bajo el puente de los suicidas, pero los peces han dejado de tener ojos y la última mona sobre la tierra roba cacahuetes de maní enriquecido por las noches. Mientras una pareja de amantes se embadurna de magenta para bailar de noche en la terraza y en las minas de la luna helada de Nix las niñas acarician a sus gatitos.
¿Qué ocurre cuando tenemos que escapar de un lugar sin puertas? Todos los personajes del mundo futuro imaginado por la autora buscan escapar de algo que les muerde el alma con dientes de perro. Pero las puertas de la mente son muy estrechas. Los nudillos del pasado las golpean. Una lectura futurista que transpone los temas eternos. Mentes Colmena bucea en los problemas que permanecen en el tiempo. Cuentos oscuros y melancólicos que exponen al lector a sus propios miedos.

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LA COPIA

Encontré la puerta del simulador abierta y a nuestro perro Matus lamiendo el cuerpo inerte sobre la plataforma. Me abracé a Cristian: estaba frío, helado, y la piel de las manos se le iba volviendo amarilla. Conseguí activar la llamada de emergencia, y a los pocos minutos llegaron los agentes de la unidad antisuicidios, envueltos en sus capas de plástico, como un ejército de larvas blanquecinas, y se llevaron a Cristian dentro de la bolsa de supervivencia, igual que a un bebé dentro de una placenta. Podía ver el óvalo lácteo de su cara, inmóvil, protegido por la capucha transparente cuando le bajaron por la escalera del estudio.

Me quedé sola, envuelta en su olor que impregnaba toda la casa, acariciando la cabeza de Matus que lloraba a la puerta del simulador. Deambulé de arriba abajo, seguida por el perro, mirando todas las cosas. Tocando todas las cosas. Sus cosas. La parca rusa. Nuestras cosas. Los botes de pintura. Los cuadros. Las tazas. Su taza. No podía llorar. ¿Por qué no podía llorar? Tenía sed. Una sed enorme y seca. Profunda. Y me preparé una infusión de semillas de opio.

Me encerré en la cápsula higiénica. El vapor me abrasaba la piel de los brazos. Sentí alivio, notaba cómo me quemaba. Quería quedarme vacía, limpia, y pasé mucho tiempo escondida en el cristal. Acurrucada como un gusano de seda, cada vez más caliente, recordando cómo le había conocido tres años antes en la zona Sigma, el barrio underground que resistía, como una almendra de nostalgia, en medio de la nueva ciudad vegetal donde vivía la mayoría de la gente.

El día en que conocí a Cristian, había ido con el resto de la tribu a un bar clandestino de la zona. Un antro oscuro, oculto dentro de un teatro en decadencia, donde actuaban bandas de vanguardia. Con las paredes descascarilladas y pintadas de negro al estilo de principios de siglo. Un lugar a reventar de veinteañeros como nosotros a la caza de copas baratas, que se mezclaban con la fauna de artistas, noctámbulos y actrices decadentes, viejas como sus vidas, a las que ya nadie reconocía, de esas que actuaban en las películas cuando aún la gente iba a las salas de cine.

Se sentó a mi lado, en una silla desvencijada apoyada contra la pared negra y desconchada, y me pareció distinto, con su parca rusa de paño rojizo y sus vaqueros vintage, tan diferentes de las chaquetas de fibra de sílice que llevaba todo el mundo en la ciudad vegetal. Me habló de su viaje a Alaska, y yo me imaginé a mí misma encerrada en un iglú. Yo llevaba entonces el pelo liso. Liso, rubio y largo, y me encontraba guapa, con un jersey de lana verde aceituna por el que había pagado una fortuna en un anticuario de la zona.

Al salir del bar, propuso ir a bailar. Acababa de aterrizar en la tribu y ejercía un magnetismo que nos arrastraba a todos. Le seguimos a un local donde estaban prohibidas las experiencias virtuales, y unos emigrantes viejos y sucios, con barbas larguísimas y rizadas que les llegaban hasta las rodillas, tocaban música en directo. Bebimos agua helada con vodka toda la noche, y acabamos solos en su apartamento. Él me acarició los dedos antes de quitarme el jersey de lana, y nos escondimos juntos bajo un iglú de tela.

En aquella época yo vivía con Igor en el ala este de una de las torres de hiedra de la ciudad vegetal. Igor me quería, y yo también le quería; incluso había sufrido bastante por él una vez que estuvimos a punto de dejarlo. Pocos días después me instalé con mis hongos y mis algas en el apartamento de Cristian, entre lienzos y cubos de pintura. Igor no opuso resistencia, simplemente se apartó, y luego supe que se emparejó con otra chica y tuvieron un hijo con su mismo pelo rojizo.

Nosotros no tuvimos hijos, pero nos compramos un perro, Matus.

Me gustaba nuestra vida. Siempre había deseado vivir dentro de la zona, donde aún se podían encontrar cosas como pan o tomates. Los primeros días posaba para él quieta como una estatua. Nos desnudábamos y nos embadurnábamos de pintura el uno al otro, hundiendo las manos en las cubetas de magenta para sentir el placer de la pintura pegada a nuestros dedos. Nos untábamos la cara y las piernas de rojo y de azufre lunar, y nos dábamos abrazos resbaladizos saltando como indios en la terraza. Me enseñó a pelar naranjas, naranjas de verdad que conseguíamos en el mercado negro, y aprendí a masticar de nuevo. Hacía años que solo me alimentaba de algas y de purés.

Al principio hacíamos una vida como la de cualquier pareja en nuestro pequeño apartamento de la zona, donde él podía pintar, y yo tenía una terraza para mis trabajos de botánica. Pero con el tiempo empezó a cambiar, a ensimismarse, a no terminar ninguno de sus cuadros, hasta el día en que se clavó la astilla en la uña. Le di opio, que había extraído de hojas de amapola, y el dolor desapareció completamente. Pero con el dolor de la uña desaparecieron más cosas de Cristian.

Sus cuadros se volvieron cada vez más desconcertantes y más grandes, con paisajes llenos de cadáveres de animales como ratas o lagartos. Me aterraba un tríptico en el que aparecía una iguana y a su alrededor un anillo de alacranes, moscas y gusanos. Una noche, en la esquina de ese cuadro, encontré dos ojos, mis ojos, y no pude dormir. Me miraban de un modo obscuro, como si supiesen algo terrible sobre nosotros.

Cristian se volvió frío. Dejamos de ir a bailar. Apenas me hablaba y pasaba las horas encerrado en el estudio con Matus. Le mimaba y le acariciaba el lomo como a una esposa. Luego encargó un simulador virtual y dejó de sacarle a pasear. Consumía opio a todas horas y entre nosotros creció un dragón que lo engullía todo: los días, las noches, los cuadros.

De noche, cuando dormía a mi lado, le acariciaba el pelo castaño y le olía la espalda. Tenía la piel de las manos amarillas cuando lo encontré muerto y me quedé mirando cómo las larvas antisuicidios bajaban el cuerpo.

II

Donde antes estaba el viejo teatro de culto encontré el edificio de cristal en forma de huevo, obra de algún arquitecto moderno y hortera, donde se encontraba el centro de transhumanismo avanzado. El consejo había decidido situarlo en la zona después de muchas deliberaciones.

Me recibió un neurólogo indio que me explicó el programa de renacimiento. Atravesamos la sala de cría. Había fetos para todos los gustos: de rasgos asiáticos, caucásicos, africanos. De todos los tamaños, creciendo en las placentas artificiales. Pequeños como una nuez, que me recordaron a uno de los cuentos que leía de niña, con los pies y las manitas pegadas al cuerpo como ratoncitos; otros un poco más grandes, que ocupaban casi todo el espacio de las bolsas. Criaturas artificiales perfectas que parecían a punto de nacer. Se movían y se retorcían dentro del líquido amniótico artificial como pequeñas medusas. Estirando y contrayendo los dedos de sus manitas. Pensé que echarían de menos a sus madres y me dieron ganas de sacar a alguno de ellos de la bolsa y arroparlo con una manta de lana.

En la siguiente sala se conservaban las memorias: los botes metálicos, idénticos, que guardaban los cerebros congelados de todas aquellas vidas distintas, encerrando el largo músculo blando y torcido sobre sí mismo. ¿A quién pertenecerían?, pensé. ¿Dónde estarían sus madres y sus esposas?

Hacía un frío horrible en esa sala.

—Todo se realiza con las máximas garantías —me explicó el neurólogo—, solo necesitamos que elija un cuerpo. Es una decisión importante. Tómese su tiempo.

En el laboratorio de transferencia de memorias, una docena de poshumanos adultos esperaban un cerebro, como bellas durmientes en sus camillas. Aquellos cuerpos inmóviles, supuestamente diferentes, tenían algo en común, algo raro en sus bocas que recordaba a un pato o a un oso hormiguero, y cualquiera de esos cuerpos podía ser el nuevo Cristian.

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