Almudena Fernández Ostolaza - Primera instancia

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En un pequeño pueblo del Sur, una mujer es asesinada la última noche de feria. Cuando sucede el asesinato, Lucía, experta en arte, se encuentra en el pueblo viviendo una escapada romántica con Jorge, un hombre casado. A su pesar, ambos se ven implicados en el caso al ser citados como testigos. Inmaculada es la jovencísima jueza encargada de instruir el sumario. Recién llegada al pueblo y a la profesión, tendrá que superar su inexperiencia arropada por su equipo: el locuaz sargento Ramírez; Mary Jo, la forense; Julián, su fiel secretario judicial; y el hijo de Ramírez, informático y aún más joven que la jueza.
Inmaculada centra todos sus esfuerzos en resolver el caso; Lucía no ve más allá de su relación con Jorge. Razón y corazón. Los puntos de vista de estas dos mujeres se alternan para narrar un relato en el que, se van dibujando los habitantes del pueblo, sus secretos, rivalidades, historias pasadas y relaciones presentes. Casualidades y descasualidades.

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—No me invento nada. Mira Lola con lo del niño. ¡Pobrecilla!, bien que se calló quién era el padre. ¿Por qué?, pues porque tenía miedo. ¡Aunque de lo que le ha servido! —añadió, santiguándose—. Vete tú a saber que clase de bestia será; porque te aseguro que para una mujer tiene que ser muy duro tener un hijo sola, criarlo sola y, encima, estar en boca de todo el mundo.

Lucía se dio cuenta de que Jorge se estaba irritando con la cháchara de Araceli. Él aprovechó que Chus se levantaba para coger el teléfono de la recepción y salió también del comedor con la excusa de que le dolía mucho la cabeza; le dejaron a solas con la mujer, que, encantada de tener audiencia, se sentó a su lado decidida a empezar la historia desde el principio.

—Esa criatura lo que ha tenido es mala suerte en la vida —comenzó Araceli, jugando distraídamente con unas migas de pan que ordenaba y desordenaba en los cuadros del mantel—. Primero, se quedó huérfana muy chica. Suerte que tenía a doña Remedios, que es hermana de la madre, y será más seca que un haba, pero es buena gente. Y con dinero, eh, que en esa familia no son ningunos muertos de hambre. ¡Pobre mujer, debe de estar pasando un infierno! —Araceli se secó con un pañuelo las lágrimas que le asomaban a los ojos y Lucía pensó que era curioso que se apenara mucho más por el sufrimiento de la tía que por la propia fallecida—. Bueno, el caso es que la crió la tía. Doña Remedios es muy estricta, es una mujer que casi da miedo, pero la trató como a una hija, esa es la verdad, que no le faltó de nada. Pero, claro, la chiquilla enseguida empezó a tontear y doña Remedios no lo consintió. Se pasaban todo el día peleando, tanto que Lola, en cuanto pudo, se marchó a estudiar a Sevilla. Cuando volvió al pueblo empezó a salir que si con uno, que si con otro; pobrecilla, ¡los tenía locos a todos y no encontró ninguno que la quisiera de verdad! Y es que ser tan guapa no se crea usted que es una ventaja.

Lucía se limitaba a asentir con la cabeza de vez en cuando porque Araceli hablaba tan deprisa que no le daba tiempo a intervenir.

—Cuando estuvo de novia de don Álvaro, doña Remedios vio el cielo abierto. Pero el asunto se acabó de la noche a la mañana y, en cuestión de meses, don Álvaro se casó con doña Mariola. Una boda por todo lo alto. En este pueblo no ha habido otra igual. ¡Si la gente hasta encaló las casas para que luciera el pueblo como en la procesión!, pero el caso es que luego se hizo novia de... —en ese momento Araceli señaló hacia la recepción y continuó en voz más baja—, ya sabe, del jefe.

—¡Ah!, no sabía que Chus y Lola habían sido novios.

—Sí, aunque el asunto venía de atrás, de cuando estudiaban en Sevilla.

Lucía se distrajo un momento calculando que eso debía de haber sido en la época en la que Jorge era profesor de Chus.

—¿Fue cuando la Expo? —le preguntó.

—¡Justo! Dicen las malas lenguas que Chus y Lola seguían viéndose en secreto hasta que don Álvaro les pilló. Y por ahí si que no iba a pasar porque, por muy enamorado de Lola que estuviera, don Álvaro es un señor. Y, ¡mira tú!, lo de Chus tampoco cuajó, y no me extraña: que yo no digo que no sea buena gente, que es un pedazo de pan, pero raro, es un rato. Y luego, fíjese, sin que se le conociera novio ni nada, se queda embarazada y tiene al chiquillo. ¡Qué es una ricura, angelito! Él no tiene culpa de nada. Doña Remedios casi se muere del disgusto, estuvo muchos años sin hablarse con Lola.

Hasta ese momento Lucía, por ser amable, no había comentado nada de lo machista que le parecía aquella historia, pero, ahí, ya sí que no se pudo callar:

—Pero, mujer, ¿por qué va a ser eso un disgusto? Eso era hace siglos. Ahora las mujeres tienen hijos cuando les parece, estén casadas, solteras o casadas con otra mujer si les da la gana. Ya nadie se mete en eso.

Araceli le miró como si fuera una marciana e ignoró totalmente su comentario.

—Menos mal que, últimamente, parecía que habían hecho las paces, porque, si no, imagínese la espina que se le iba a quedar clavada. Y es que lo de no contar quién es el padre es muy raro, esas cosas siempre se saben. Se lo digo yo, que esa muchacha tenía miedo. Y, mire, razón no le faltaba a la pobre. ¡Jesús!, ¡acabar así! —Y moviendo la cabeza en un gesto que lo mismo podía ser de pena que de indignación, recogió todas las migas y se marchó a la cocina.

Lucía salió al porche y se recostó en una butaca de mimbre. Desde allí se veía la montaña, salpicada de casitas blancas con sus tejados rojos, bordeada por el pantano. Parecía una postal.

La noche anterior, al llegar, había creído que estaban en una isla; pero ahora se daba cuenta de que era más bien una península porque, aunque los únicos accesos al pueblo eran dos puentes, el pantano no lo rodeaba por completo. En la parte más baja, un pequeño tramo de tierra lo unía a lo que parecían ser «las afueras», donde estaba precisamente el hotel, algunas casas de campo y la feria. El aspecto de la feria daba lástima, medio desmontada y desierta, salvo por una cuadrilla de operarios que cargaban las piezas de las instalaciones en camiones. Encajaba perfectamente con su estado de ánimo.

De vez en cuando, oía el motor de algún coche que pasaba por la carretera. La quietud del campo, lejos de tranquilizarla, le provocaba una sensación de aislamiento que le inquietaba. Buscó el móvil en el bolso y llamó a Carmen, su compañera de trabajo en el museo y su mejor amiga.

—Hola. Por favor, cuéntame el destino sorpresa, me muero de ganas.

—Estamos en un pueblo de Cádiz. Es muy pequeñito, precioso.

—Suena idílico.

—Ya, pero ha pasado algo horrible. Ayer por la noche fuimos a la feria con el dueño del hotel. Había una chica guapísima que fue novia suya, también pintora, y la han asesinado.

—¿Cómo que la han asesinado?

—Sí, atropellada. Además, como estábamos allí al lado, puede que nos llamen como testigos…

***

La declaración del churrero fue clave para esclarecer que Lola había estado en la feria la noche anterior, desde las diez hasta las cuatro aproximadamente, y que se marchó de allí con su amiga Ana, peluquera, en el coche de Álvaro Muñoz Estrada. El churrero dijo que conocía al personal porque llevaba ya muchos años de ferias, la de ese pueblo y todos los de alrededor. También pudo identificar a casi todos los que se quedaron hasta última hora, según él todos iban «bastante cocidos».

«¡Qué hombre tan desagradable!», pensaba Inmaculada mientras le escuchaba. Hablaba como si en lugar de preguntarle le estuvieran acusando. No paraba de moverse y respondía a sus preguntas con una agresividad tremenda. Insistía, en tono exageradamente machista, en que Lola se lo iba buscando, que cuando alguien va por ahí provocando se encuentra con lo que no quiere y que si hubiera estado en su casa «con un marido como Dios manda» no le habría pasado nada. A ella no le interesaban sus opiniones, sino lo que hubiera visto: estaba segura de que desde la churrería tenía que verse la curva de la carretera en la que habían encontrado el cuerpo. Pero él repitió más de veinte veces que no había visto nada.

Puso especial cuidado en que la antipatía que le provocaba ese hombre no interfiriera en su actuación, aunque se alegró cuando, por fin, terminaron y le perdió de vista. Eso sí, ordenó por teléfono a Ramírez que inspeccionaran la churrería ambulante.

Prefirió no comentarle nada a Julián, que terminaba la transcripción en su ordenador, ya que alguien tenía que suplir al funcionario que se había jubilado sin que el ministerio enviara a nadie para cubrir su plaza. Inmaculada se iba adaptando a la peculiar manera de trabajar de aquel juzgado, que más parecía una empresa familiar en la que todos echaban una mano en lo que hiciera falta.

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