Edgar Du Perron - El país de origen

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El país de origen esboza la imagen de dos mundos: el pasdo representado por la sociedad colonial en las Indias holandesas y el presente de una Europa que se encuentra inmersa en una profunda crisis. Al mismo tiempo, es un retrato del desarrollo personal del autor, el «hijo acendado» que poco a poco adquiere conciencia de las injusticias del sistema colonialista y completa su formación sentimental, humana y política en París, testigo de una generación que lucha contra las potencias totalitarias y de la creciente amenza del nazismo, a las puertas de la segunda Guerra Mundial.

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Estas reflexiones no las hice en el diván de Bella, sino ahora, mientras escribo. Allí sólo pensé que era una lástima encontrarse siendo tan jóvenes, cuando hay que compensar más tarde la falta de un pasado, de experiencia, cuando uno se siente insatisfecho hasta que la vida le ofrece algo interesante. ¡La victoria sobre lo interesante! Es una victoria que siempre exige un precio. Y cuando uno ha pagado ese precio, ¿acaso se siente satisfecho el corazón? ¿No hay al menos la sensación de que el pasado no tiene nada que ver con él? Entre las cosas que me ha enseñado mi relación con Jane —las cosas reales, no las románticas que conocemos tan bien de antemano—, ésta es la principal de todas: que la cronología es una falsedad; uno paga tributo al pasado, si no es que al futuro. La única manera de no pagar por una experiencia interesante es negándola de antemano; para salir victorioso hay que pagar siempre. Los Héverlé no podían negar de antemano la experiencia, ni por los conocimientos de lo humano que necesitaba Luc como escritor ni por el deseo de tragedia de ambos. Y no obstante, Héverlé dice:

—En este sentido no soy francés, pues siempre he creído más en l’amour-passion que en l’amour-gôut. 40Sin embargo, esta terminología ha quedado anticuada, y el criterio del siglo xx ya no excluye la infidelidad puramente sexual; se pueden imponer condiciones, pero los argumentos se rebaten rápidamente. Si le preguntara a Bella, que es una mujer tan de su época, ¿por qué han de engañarse las parejas?, ella tendría la respuesta lista de antemano: “No se engañan si se lo cuentan todo el uno al otro”, y ni qué decir tiene que, tratándose de este tipo de problemas, la libertad de la mujer —que al fin y al cabo es un logro reciente— es bastante más importante que la de su viejo tirano, el hombre. Bella es capaz de decir: “A veces las mujeres son infieles por el bien de sus maridos, para hacerles creer que ellos también son realmente libres”.

Tendría que decirle que el engaño no tiene nada que ver con él, sino con ella misma, pero puede que me equivocara, pues, a fin de cuentas, ¿qué sé yo de ella? ¿Acaso es la mujer que yo quisiera que fuera porque sólo quiero considerar auténticas a este tipo de mujeres? Me gustaría ponerme en el lugar de una mujer sin tener en cuenta la moral o mis instintos posesivos, pero mi fuente de información —que es un sucedáneo de sentimiento— nunca titubea; cuando quería a Teresa, estaba poseído por su forma de ser; su manera de ser encantadora reprimía en mi interior la posibilidad de reconocer cualquier otro tipo de encanto. Lo mismo me sucedió de nuevo con Jane, pero sólo Jane, en los 10 años después de Teresa, y la ausencia de esta obsesión me parecen ahora suficientes para demostrar la imperfección de un amour-passion.

—¿Qué harías si Jane te fuera infiel?lxxii —me pregunta Bella riendo. Y, aunque no dudo ni un instante de sus buenas intenciones hacia mí, su viejo camarada, por debajo oigo resonar su concepción de la vida: que algo así no sería malo, pues nos enseñaría qué es realmente una persona. Y entonces le contesto:

—¿Lo consideras necesario para mí o para ella?

Por un momento su risa desaparece:

—Necesario, lo que se dice necesario, no… —para luego volver a la carga—: Pero este tipo de cosas suceden…

—Después de enterarme, no aguantaría mucho tiempo.

—¿Y qué harías entonces?

—Vaya, Bella, vas a obligarme a confesarte que no soy un esposo que “sabe vivir”. Mi amigo Wijdenes diría: “¿Por qué tienes que hablar de algo así antes de que suceda?”

—Eso me tiene sin cuidado, ¿qué dices tú?

Al decirlo frunce tanto el ceño que intento responderle en serio, no como si se tratara de un emocionante juego de mesa.

—¿Si Jane me engañara? Por supuesto, dependería de con quién, si con un fantasma o con un donjuán. Según las fuerzas físicas del señor en cuestión, decidiría si necesito una pistola o un látigo para perros, uno de esos preciosos látigos para perros como el que le vi elegir en una película americana a un marido engañado. Si fuera con un negro o con un masajista, puede que prefiriera disparar, pero lo más seguro es que me marchara y me imaginara, aunque resultara no ser verdad, que mi amor por ella se había ahogado en el asco. Creo que acabaría haciendo realidad esta ilusión, aunque no ganara nada con ello y mi vida siguiera siendo una miseria. Si fuera con alguien realmente superior, en tal caso es evidente que debería marcharme por muchos motivos a la vez…

—En todos los casos, entonces, no te quedaría más alternativa que marcharte —declara Bella—. Jane no ha perdido en ningún momento el derecho de jugar al juego que ella elija.

Jane no dice nada y nos mira a uno y a otro con cara de divertirse y, seguramente, también con la sensación de que su preferencia real se sustraería a cualquier control. Está junto a Bella en el diván y mantiene las largas líneas de su cuerpo más encogidas que de costumbre. Cuando no está realmente descansada, como ahora, su estrecho rostro, de rasgos a la vez afilados y suaves, adquiere cierta rigidez y resulta dramático, pero de repente sonríe por el modo en que la mira Héverlé, y entonces me acuerdo del verso de Vigny que parecía escrito para ella: “… ton pur sourire amoureux et souffrant”. 41

—Creo que todas estas hipótesis son rematadamente falsas y que no es posible determinar de antemano una reacción, sea cual sea —precisa Héverlé—. Si de repente Jane sintiera la imperiosa necesidad de acostarse con negros, puede que Ducroo empezara a mimarla como se mima a una niña enferma. Pero el argumento de Bella es descabellado y, por la presente, lo declaro nulo y sin valor. Ducroo conservará siempre el derecho de jugar su juego como a él le plazca, así que si considera preciso sacar el arma de fuego… Una cosa es segura en un caso como éste, el deseo de matar es real.

No lo escucho realmente, quizá porque en el fondo sigo dándole vueltas a la indiferencia de Bella frente a la virginidad. En este sentido, puedo estar satisfecho de que Jane no añore las experiencias interesantes que no tuvo. Pero esto, en sí mismo, demuestra que no conseguiré creer en la indiferencia con que las mujeres modernas hablan del tema. Lamento tener que confesar que, para mí, siguen teniendo razón quienes afirman que la primera experiencia constituye para la mujer un “pecado”.lxxiii Es la herencia cristiana, la moral burguesa que se fundamenta en la hipocresía del cristianismo. Que así sea. Recuerdo demasiado bien el regusto moral de mis primeros contactos carnales como para que no me parezca monstruosa la falta de moral en una virgen. Si es preciso, estoy dispuesto a olvidar los aspectos técnicos de aquella primera vez —si fue brutal o magistral, carnicera o indolora como con un buen dentista—, pero no esto. Quisiera pedirle a Bella que se explicara, que pusiera al descubierto su rencor, o lo que sea exactamente. Hay mujeres que no pueden perdonar a su pareja ni a sí mismas el haberse encontrado, esa primera vez, en un estado de inferioridad física.

Pero la conversación ya ha rebasado ese punto y se ha centrado en el derecho de la mujer a ser infiel y todo lo que ello implica.

—Lo que uno puede esperar del otro es que no sea capaz de serle infiel —intervengo—. Al menos para mí, esto es lo único que cuenta.

Bella aparta la vista, pensativa.

—Se ha quedado totalmente confusa —dice Héverlé en tono burlón— al oír al único de sus amigos decir en voz alta que a su mujer le esperan todo tipo de desgracias si se acuesta con otro.

—Es decir, si amas a una mujer, ya no puedes irte a la cama con otra, ¿es eso lo que quieres decir, Arthur?

—En efecto. Y suponiendo que fuera capaz de hacerlo, me resultaría de-sagradable, porque al mismo tiempo me llevaría también a mi mujer a la cama.

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