Terang bulan, terang bulan di kali
Buaya timbul, di sangka mati.
Djangan pertjaja mulut lelaki
Berani sumpah, tapi takut mati.
[Claro de luna, claro de luna sobre el río,
un cocodrilo flota en el agua, parece muerto.
No creas nunca la boca de un hombre,
se atreve a jurar, pero teme a la muerte.]
¿Con qué cosas venidas de fuera de Gedong Lami puedo equiparar todo esto? Quizá con el año nuevo chino de hace mucho, cuando todavía era un niño, cuando todo el barrio crepitaba por los fuegos artificiales y en nuestro jardín también salían despedidos los cohetes, cuando antes del anochecer desfilaban bandas enteras con dragones, los barong-saïs que escupían fuego y los liongs. De niño miraba con respeto también a los djenggés, los altos andamiajes sobre los cuales se columpiaban las niñas disfrazadas, maquilladas y ataviadas como princesas, extrañamente iluminadas desde abajo por las antorchas. Sin embargo, poco a poco sentí cómo se alejaba de mí el bullicio chino y las princesas en los andamios se convirtieron en niñas más pequeñas que yo; puede que la muerte de esta ilusión llegara con una representación de tjokèk, cuyo sonido vulgar, monótono, estridente y falto de melodía se mantuvo durante tanto tiempo, horas y horas, que acabó disolviéndose para mí de lo ridículo que era. “Los nativos tienen razón al despreciar a estos chinos”, debí de pensar entonces. Por una noche de músi-ca keroncong, mi corazón de joven indiano está dispuesto a regalar una serie de refinadas representaciones chinas. Non mi tocca, il mio cuor non ci si trova.lxvii Lo que más me conmueve en el recuerdo es el cumplido, en los versos malayos del hombre que con unas gafas azules presentaba a una de aquellas bandas, o que hacía bailar al final de una cuerda a un compañero disfrazado de oso, aunque en realidad aquellos eran parásitos indígenas de la noche de fiesta china.
Los estridentes sonidos de las ronggèngs, que en sí son excesivos para el ánimo europeo, no son tan ensordecedores, y sobre todo no tan endemoniados, como los que eran capaces de producir los chinos en la música que yo escuchaba. En las Indias, todas las mujeres cantaban por la nariz y con voz chillona, incluso las que cantaban como soprano en una orquesta de keroncong. Sólo alguna que otra nona, guiada por su instinto europeo, evitaba dejar escapar los sonidos por la nariz; sin embargo, las cantantes de Batavia cantaban así adrede, como si quisieran competir con las chinas.
Pero todavía estoy en el jardín trasero junto a las lilas; ante mí, el porche con las columnas, a mi derecha el largo cobertizo de las dependencias. ¿Yo? Más bien el pequeño Ducroo que he plantado allí. Por las noches, en la cocina ardía a veces una sola luz, una llama de gas ondeante sin mecha; y, al lado, en cuclillas en el suelo, veo a Isnan dándole vueltas a la heladora. Era domingo por la noche, porque entonces siempre había helado de vainilla. Cuando ya iba a la escuela, el sábado por la noche era feliz pensando en el domingo; el domingo por la tarde, cuando se ponía el sol, me invadía la melancolía al pensar en el siguiente día de escuela. Sin embargo, había un punto de luz, un último placer, el helado poco antes de irme a la cama.lxviii Isnan, en cuclillas junto a la puerta de la cocina, sujetaba la heladora entre las rodillas. Entre él y yo había una tempayan (tinaja de agua) alta y redonda; siempre me apoyaba en ella para mirar en su interior. En el agua de lluvia que había dentro coleteaban unos pequeños alfileres que más tarde se convertirían en mosquitos, o al menos a mí no me cabía duda de que esos bichos saldrían del agua con alas para picarnos en el dormitorio, aunque nunca lo consulté en un libro.
Un día, mi padre se hallaba junto a la tempayan y disparaba a los gorriones con una escopeta para comprobar si no había perdido la práctica del tiro. “¡Recógelos!”, me ordenó de repente, y empecé a recoger los pequeños cadáveres, muerto de miedo, luchando contra la compasión y el asco. Mi padre quería endurecerme, como si unos años más tarde yo no fuera a volverme cruel armado con mi propia escopeta. Finalmente, mi madre me llamó y me apreté a ella con fuerza mientras rompía en sollozos: “¿Por qué tiene que matar papá a esos pobres pajarillos?”
Más tarde, cuando me regalaron una escopeta de aire comprimido, empecé a dispararle a las cicaks (lagartijas) que corrían por las paredes de casa, so pretexto de que el urogallo que teníamos en una jaula necesitaba alimento. Se caían casi con cada disparo, y se quedaban tiradas boca arriba, pequeñas y viscosas; yo dejaba que otros las recogieran. Cuando aquel juego dejó de divertirme, sólo les disparaba a la cola, porque sabía que, de todas formas, les volvería a crecer. La lagartija corría apresurada, mientras la cola permanecía colgada de la pared con un perdigón y rebotaba con gracia. Yo, por supuesto, creía que disparaba como Bala franca o Mano firme. 39
Más vale que deje para más tarde mis recuerdos sobre los alrededores, después de regresar de Bahía de Arena. Todo lo que he relatado hasta ahora sólo forma parte de la casa. Puede que a otra persona le parezca una especie de inventario, un mero plano. Estéticamente debería ordenarse de otra forma y así puede dar la impresión de que haya escrito estas páginas con un cartel de “¿No olvida usted nada?” colgado encima del escritorio.lxix En realidad, es la desventaja de una memoria demasiado buena. He callado sobre cien detalles que podría haber rememorado con facilidad. Esta manera de relatarlo es la que me resulta la más natural y, bien mirado, no encuentro mejor argumento.
35Nubes rosas, Amada, Respuesta a la amada, Cuando muere el amor, Cuando florece el amor, Por qué no amarme, Lejos del baile, Lejos del país. [N. de la T.]
36Sonrisa de abril. [N. de la T.]
37“Duerme, niño, duerme”, canción de cuna holandesa. [N. de la T.]
38Traducción literal de Buang muka. [N. del A.]
39Personajes de novelas de Gustave Aimard (1818-1882). [N. de la T.]
IX. Bella en el divánlxx
Finales de abril. He contestado la carta de un agente inmobiliario de Bruselas que quiere intentar vender Grouhy y que dice haber estado relacionado con mi madre. Este hombre tiene puestas sus esperanzas en que, debido a la persecución de los judíos en Alemania, alguno que otro capitalista huido del país quiera poseer un “objeto de lujo” como éste. He decidido despedir al abogado de Namur que se mantiene tan distante (en cambio, al principio, cuando todavía creía que la herencia sería importante, se moría de ganas de acompañarme al Banco en Ámsterdam).
Me he ido a París con una sensación de alivio —febril y no obstante real— y he comido con Jane en casa de los Héverlé. Bella Héverlélxxi está en tan avanzado estado de gestación que se acusa de horrenda —algo que contradecimos con energía, pues al ser una mujer pequeña, la deformación está llena de buen gusto—, y se pasa el día tumbada en el diván y cubriéndose la cintura con los faldones de la bata. Por un momento habla con seriedad del niño, pero luego recupera su habitual tono alegre y fluido, que hace que Jane a veces no la entienda, para hablar de sí misma y de sus amistades. Viala y Manou la visitaron la semana pasada; hacía tiempo que no la veían y se quedaron asombrados al encontrarla en ese estado. Héverlé se había topado poco antes con Viala y, al preguntar éste por Bella, le había contestado sin darle importancia: “Oh, en estos momentos está redonda, pero eso acabará pronto”. Viala sacó entonces la conclusión de que habían tenido un pequeño accidente y que iban a ponerle remedio; Manou había pasado por algo parecido hacía poco. Parecía costarles mucho aceptar la idea de que Héverlé fuera a ser padre y que la inteligente Bella deseara un hijo.
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