Edgar Du Perron - El país de origen
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“Nunca vi a una mujer ponerse tan pálida al recibir la noticia del próximo parto de otra como la dulce Manou aquella vez”, nos cuenta Bella.
¿Un deseo reprimido? —me pregunto de inmediato—. ¿Será el ejemplo de Bella una justificación para Manou cuando insista en ser madre si vuelve a producirse otro accidente? Bella llevaba años deseando un hijo; puede que Manou haya hecho suya la visión desesperada del mundo que tiene Viala a este respecto, sin basarse en nada real salvo en su temor al dolor. Por otra parte, el remedio le resultó también doloroso, aunque se llevó a cabo en una fase temprana. No es impensable que, para evitar el dolor, la próxima vez opte por dejar nacer al niño, pues algo así entra plenamente dentro de la lógica del sentimiento.
Es el instinto maternal, el derecho indiscutible a la maternidad, incluso en estos tiempos, e incluso entre las intelectuales que en principio están contra la guerra, contra la vida, incluso contra la condición humana.
—Es absurdo tomarse el derecho de reproducirse a costa de otro —afirma Héverlé.
Son palabras que las mujeres respaldan hasta que un día, el misterioso instinto les habla más alto. En el caso de Viala, la resistencia es todavía más real y tiene menos fundamento intelectual que en el caso de Héverlé. Además, para engendrar a un niño en estos tiempos uno ha de tener un sentimiento de seguridad muy engañoso. Los únicos niños que nacen todavía, opina él, son los que se deja nacer por puro aturdimiento, aunque hayan sido concebidos por error. Sin embargo, Bella ha disfrutado de su embarazo, dejando de lado los principios y las ideas generales, deliciosamente indefensa frente al dominio de lo físico —“como si alguien viviera su vida por ella”—, contemplando los nuevos derechos de su propio cuerpo con un interés soñador.
Mientras se ríe, Bella nos cuenta una historia muy diferente; esta vez tiene que ver con una virgen. Ya la he oído hablar de ese tema. En la manera en que habla de las vírgenes hay algo que me recuerda mi antiguo afán de ser “europeo y no víctima”. A ella le gustaría dar la impresión de que la virginidad no tiene ninguna importancia y que más bien es algo despreciable; que, en esencia, una mujer inteligente nunca es virgen, por lo menos no a partir del momento en que ha comprendido algunas cosas; y, por consiguiente, que se trata, cuando mucho, de una primera vez necesaria desde el punto de vista fisiológico. Ella eligió a Luc, y él a ella; pero por su juventud debieron sentirse atormentados por la falta de experiencia. La cadenciosa risa de Bella, que sin duda podría justificarse plenamente por su auténtico sentido del humor, suena a veces falsa. No se debe únicamente a esa tendencia que tienen los parisinos de ver siempre el lado cómico de la vida y de su omnipresente temor a parecer ingenuos; en este caso hay una necesidad de tragedia que uno siente en la atmósfera que se respira en casa de los Héverlé y que Bella parece querer desactivar con su risa. En el caso de Héverlé, se delata por la manera en que transforma una y otra vez la palabra en verdades generales; en el caso de ella, se delata en esa risa que relaja su rostro, pero que, cuando vuelve a ponerse seria, le deja una mueca, a la vez cargada y cansada, alrededor de los ojos y de la boca. “La tragedia judía”, diría Bella de sí misma. Bella siempre habla de su carácter judío como si fuera totalmente evidente, aunque a mí me cuesta recordarlo. A pesar de su aspecto judío, para mí es del todo parisina.
—Todas las noches, cuando se pone el sol, cierro las ventanas y me hago un ovillo para olvidar la hora; estoy melancólica, perdida, me siento como un trasto tirado, hasta que anochece por completo.
Lo dice sin perder la sonrisa, sobre todo si está presente Héverlé. Pese al manifiesto sentido de éste por lo humano en cada persona, la risa de Bella domina mucho más en presencia de Héverlé. Es como la excusa de alguien que, aunque es inteligente, se siente sometido a la crítica de una inteligencia más fuerte, como si el matiz de su intuición femenina le impidiera tener pleno derecho de hablar.
—Prefiero que nos cuentes algo de la época en que eras virgen —le digo.
—¡Oh, pero Arthur, primero estuve prometida como dios manda! Tenía un novio formal que contaba con la plena aprobación de mi familia, y yo no sentía nada por él; todo muy clásico. De golpe me pareció insoportable y se lo dije. Él me soltó un sermón sobre sí mismo, me preguntó si estaba enfadada con él, y cuando le hube dicho que no, me pidió en matrimonio. Le contesté que todavía no había pensado en eso. “¿Es que hay otro?”, me preguntó, y al ver que le contestaba de nuevo negativamente, dejó por zanjado el asunto; como ya no estaba enfadada y no tenía a otro, entre nosotros todo estaba bien. Yo no podía verlo así, pero tampoco podía alegar nada contra esa lógica. A partir del día siguiente empezó a traerme siempre flores y bombones. Así que nos comprometimos y yo sufría mucho porque él, por ejemplo, nunca logró aprender a besarme como es debido. Se esforzaba, eso sí, pero no lo consiguió nunca. Con él daba la impresión de que besar fuera algo terriblemente difícil. Cuando por fin decidí cortar con él, le escribí una carta en verso que debo de tener aún por algún lado porque, afortunadamente, se me ocurrió a tiempo que él no entendería nada y acabé por reescribirlo todo en prosa. ¡Así era yo siendo virgen! Sí, y después de cortar lo pasé mal, no tanto por él, sino por todas esas pobres flores y bombones…
—¿Y entonces llegó Luc? (Me sigue costando llamar Luc a Héverlé, incluso cuando hablo de él con Bella.)
—Sí, pero no fue enseguida. Entre tanto hubo otro. Pero aquello no fue un noviazgo de verdad; por aquel entonces mi familia ya no tenía nada que decir. Aquel hombre era muy inteligente, pero tenía tendencias sádicas, y como yo no estaba en absoluto a su altura, me vejaba todo lo que podía, me dejaba siempre bien claro que yo no era más que una mujer vulgar y corriente, cargada de vanidad femenina y privada, como todas las mujeres, de inteligencia para comprender los temas importantes; que no me conocía a mí misma, que lo necesitaba más que él a mí, y cosas por el estilo. Y además era algo más joven que yo. Sin duda debo de serte simpática por eso, Arthur, porque incluso siendo tan joven y virgen, nunca deseé estar con hombres mayores. Y después de que hubiese sufrido tanto, llegó Luc, que resultó ser aún más inteligente, pero sin pizca de crueldad. Al principio, no me fiaba en absoluto de él. ¡Al fin y al cabo estaba convencida de que los hombres inteligentes siempre tenían que ser terriblemente crueles! Así que, cuanto más inteligente parecía Luc, más pensaba yo que debía de tener algo que ocultar: “Cuando esté seguro de mí y deje de esconderse, seguro que resulta ser un monstruo de crueldad”, pensaba yo. Cuando nos íbamos juntos de viaje, me sorprendía día tras día de que no cambiara nada en nuestra relación. Y encima no era mayor que yo. Descubrirle ha sido quizá lo más inteligente que he hecho en mi vida.
“Sin duda —pienso yo—, y no sólo inteligente: más que eso.”
Bella concluye:
—Sin embargo, en aquella época Luc no era tan amable como ahora. Cuando uno ronda los 20 años y es inteligente, no es en absoluto simpático.
Y yo, ¿no era simpático a esa edad? Era incapaz de ceder, porque no quería serle infiel al personaje que me había propuesto ser en la vida, pero reventaba de ganas de consagrarme a algo o a alguien, aunque fuera alguien tan superficial como Teresa. Acababa de llegar de las Indias y tenía 22 años, si bien en muchos sentidos, y de acuerdo con las normas europeas, no aparentara más que 18. Había elegido a Teresa porque me tomaba en serio todas sus pretensiones artísticas y sus éxitos a la hora de granjearse la consideración mundana, porque gracias a su perfil noble, sus párpados oscuros y esa pizca de gracia italiana, enseguida encarnó para mí a la mujer y la novia europea sobre la que sólo había soñado. Teniendo en cuenta únicamente las cualidades raciales, Teresa no había sido una mala elección, pero como persona era lamentable. Sin embargo, yo no tenía puntos de comparación, sólo disponía de mi testarudez para oponerme a todo lo que ella representaba e implicaba inevitablemente. Era justo lo opuesto a mi amor por Jane, si es posible razonar algo así. Si me he vuelto más “amable” con 10 años más, será únicamente porque ahora dispongo de puntos de comparación, porque comprendí con mayor claridad que Jane era lo contrario de las mujeres que había conocido antes de que llegara ella.
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