Edgar Du Perron - El país de origen
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Al final del pasillo, donde el suelo seguía siendo de mármol, se abría otra sala que en realidad era la prolongación, pero que parecía dividida en dos, como al principio; allí también había una alfombra roja. A la derecha, una habitación clara, cuadrada, con el piano que mi madre tocaba por las noches; de las paredes colgaban algunas fotografías de gatos mirando a pájaros, así como las fotos de gala coloreadas de la Bella Otero y la Cavalieri. Por las noches, después de encender las lámparas de gas, reinaba un ambiente íntimo; yo me sentaba en el suelo, casi debajo del taburete del piano de mi madre, mientras ella tocaba todas las romanzas de los años en torno a 1900, los valses de Crémieux y Berger, Nuages Roses, Amoureuse, Réponse à Amoureuse, Quand l’Amour meurt, Quand l’Amour refleurit, Pourquoi ne pas m’aimer, Loin du Bal, Loin du Pays, 35y la que quizá más me emociona cuando la recuerdo: Sourire d’Avril, 36y un fragmento de un vals de Weber o Chopin (nunca logramos averiguar cuál de los dos) que, cuando lo silbo, me devuelve a Gedong Lami con la misma fuerza que la inolvidable canción de cuna Nina bobo. No puedo imaginarme que para Jane la canción de cuna Slaap, kindje, slaap 37sea tan conmovedora como para mí esa melodía extraña y exótica que me cantaba una vieja criada morena y que, en realidad, bien podría ser una adaptación de la vieja canción de cuna holandesa. Sin embargo, las adaptaciones indonesias están determinadas por el ritmo melancólico del nativo, por la atmósfera sofocante y las sombras del clima tropical. Mi madre tocaba sus romanzas y valses con sentimiento y casi sin cometer fallos, aunque tenía las manos tan pequeñas que no abarcaban una octava completa; en esos casos, su mano daba un pequeño salto con el que atrapaba en el último momento la nota que estaba a punto de escapársele. Mientras mi madre tocaba piezas sueltas leyendo la partitura o de memoria, yo hojeaba sus libros de música que casi nunca estaban sobre el piano; algunos de los grabados que contenían llamaban mi atención: un hombre con una gorra roja y mostachos colgantes junto a una gran maleta amarilla, un demonio con aspecto de murciélago sobre un fondo ardiente. Pero cuando mi madre accedía a mis ruegos y tocaba la música que acompañaba a aquellas imágenes, siempre me sentía decepcionado.
A la izquierda estaba el comedor, oscuro y fresco, con sillas oscuras y de formas curvadas, y, por supuesto, en las paredes, y de acuerdo con los criterios clásicos burgueses, sólo naturalezas muertas, pájaros muertos atados, a modo de altorrelieve de colores sobre escudos de madera. Por las noches esta estancia resplandecía por el cristal de las arañas, pero de día parecía oscura y apagada. Fue allí, alrededor de mi duodécimo cumpleaños, cuando tuve que escuchar las observaciones irritadas de mi padre sobre mis malos modales durante la comida, que casi siempre empezaban con una pregunta dirigida a mi madre: “No lo entiendo, ¿de dónde habrá sacado este muchacho semejantes modales? No puede haberlo visto con nosotros; ¡pero mira cómo sujeta el tenedor!” (yo siempre apretaba el tenedor con un dedo torcido, igual que hacía con mi portaplumas). Y poco a poco centraba su atención en mí y me daba una reprimenda mientras yo miraba la etiqueta de la botella de vino y rechazaba automáticamente la comida cuando Isnan entraba con un nuevo plato. Más tarde, cuando ya había cumplido 20 años y volvía del museo a las dos y media de la tarde, comía solo, y notaba doblemente lo fresca y oscura que era aquella estancia. Detrás había una despensa (sepén), donde el suelo de mármol daba paso a baldosas azules y amarillas. Allí mi madre sorprendió un día a Isnan escupiendo en la comida de Alima, que estaba enferma, y a quien él había recibido la orden de servir.
Al final de la alfombra roja había que bajar un escalón para entrar en el largo porche trasero. Allí, el suelo de mármol también daba paso a las baldosas amarillas y negras. El porche trasero era abierto, pero estaba separado del jardín por una balaustrada, con una repisa azulejada. La sostenía una hilera bastante grotesca de balaustres enanos, enlucidos de amarillo claro y lo suficientemente altos para que yo pudiera mirar por encima cuando tenía unos cinco años; estaban tan apretados unos contra otros, que ni siquiera podía pasar la cabeza en los lugares donde la separación era mayor. Allí estaban los muebles más sencillos, aunque era precisamente en ese porche donde nos sentábamos a menudo, sobre todo de noche, para gozar del frescor. Había una mesa alargada donde más tarde yo hacía los deberes; allí oí silbar con más fuerza el gas en los tubos de las lámparas, y la primera vez incluso que me dejaron encender la lámpara, con ese extraño estallido con que empezaba a arder la mecha y que ponía siempre en peligro el candil que estaba más o menos suelto sobre el cristal. Después, nunca más volví a mirar y a examinar como entonces un globo como los que colgaban alrededor de la mecha, como una segunda prenda, una especie de abrigo, unos globos color crema que contenían figuras lechosas en su interior, angelitos, guirnaldas, que me recordaban los cuentos de hadas y que, como todo lo que había en casa, me parecían fastuosos. Para que el porche no pareciera tan desnudo, a ambos extremos habían colocado dos palmeras en unas vulgares macetas de madera. De vuelta al pasillo estaba el despacho de mi padre (al que llamaban “la oficina”), que daba a la calle. Aunque de niño sin duda allí dentro arranqué hojas de las magníficas biblias de Doré que me daban para que las hojeara, y dibujé bigotes y barbas sobre las fotos de los amigos de mi padre, pese a que estuvieran ya sobradamente dotados, más tarde no me atrevía a entrar en aquella boca de lobo. Contra una pared había un gran armario que contenía ocho fusiles, y más tarde once; encima había dos cabezas de tigre, una grande y otra pequeña, que mi madre había heredado de su anterior matrimonio y que quizá habían sido abatidos por su primer marido; también había cabezas de bisonte de aspecto apagado, puesto que no eran cabezas disecadas como las de los tigres, sino simplemente una calavera blanqueada con unos cuernos más o menos gruesos y torcidos. En las paredes colgaban todas las fotografías y grabados de fin de siglo que quepa imaginarse: amazonas, bailarinas, actrices y otras bellezas, y un montón de fotos de la familia, no sólo en las mesas esquineras, sino también en el escritorio que había en el centro del despacho. Las parientes femeninas parecían rivalizar con las fotos compradas, con aquellas cabelleras sueltas, los bustos apretados y las cinturas de avispa. Sobre el escritorio todo parecía estar dominado por un caballo de bronce que se encabritaba por encima de los tinteros, y apoyado contra él había un Napoleón de porcelana, que yo consideraba bonito hasta que oí decir a mi padre que no estaba mal para ser un encendedor de cigarros, pero que con aquella cara, más que de Napoleón tenía pinta de Polichinela. Mi recuerdo más nítido de esta habitación es de la vez que me castigaron, por la noche, cuando reinaban la oscuridad y el silencio, sin nada que aplacara mi miedo, salvo el tic-tac de un reloj. Mi padre me había puesto en un rincón debajo de una horrible máscara japonesa roja, con ojos saltones, de la que él mismo me había contado que era el rostro de un asesino. Me quedé inmóvil, como si quisiera fundirme con la pared, yo que por las noches avanzaba siempre con miedo por el pasillo cuando pasaba delante de aquella habitación.
Al otro lado del pasillo había una habitación oscura que era el vestidor de mi madre, pero donde a veces mis padres hacían instalar la cama de matrimonio. Tenían una anticuada cama de madera, que había pertenecido a la abuela Lami, con muchos barrotes y paneles labrados, bolas de madera en la cabecera y anillos de cobre, y que casi siempre estaba en la kamar panjang, pero a veces en esta habitación. Allí, las bellezas que colgaban de las paredes iban más ligeras de ropa y lucían, casi sin excepción, largas melenas; incluso Cléo de Mérode se había desprendido de su diadema y de sus cintas para el pelo. Mi padre sentía especial predilección por las melenas. Más tarde, cuando ya había cumplido los 50, inició una colección de fotos de mujeres con mucho pelo, que recortaba de las revistas y luego retocaba a mano con lápices de colores; cuanto más gruesas las trenzas o más sueltos los bucles, más intenso era el color caoba que les daba. Mientras cursaba mis estudios de bachillerato empecé a coleccionar “estampas de Westminster” para él, eran retratos de mujeres que regalaban con los cigarrillos; después de llevar unas cuantas a casa, perdí todo interés por ellas, pero mi padre no me dejó tranquilo hasta que completé la serie entera de cien retratos.
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