Edgar Du Perron - El país de origen
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28Wit-en-rood: blanco y rojo en neerlandés. [N. de la T.]
29De Haan significa “el gallo”. [N. de la T.]
30Mamá Lima. [N. de la T.]
31Daendels: gobernador general de las Indias Orientales entre 1807 y 1810 que ordenó la construcción de la gran carretera que recorre Java de parte a parte y que cobró la vida de miles de personas. [N. de la T.]
32¡Ah, no! ¡Mesa! [N. de la T.]
33Funcionario que ocupaba el último escalón de la jerarquía de funcionarios holandeses en las Indias.
34Mijnheer Prikkebeen [El señor Prikkebeen] fue la primera historieta holandesa de J.J.A. Goeverneur que se publicó en 1858. [N. de la T.]
VIII. Gedong Lamilvii
No puedo ir a Bahía de Arena sin antes haber rememorado esa casa.
Era la casa más grande de Kampung Melayu, una de las pocas que realmente se merecía el nombre de gedong (casa señorial), y podía tener 100 años cuando nací. Mi abuela Lami había vivido en ella siendo una niña, y para mí eso equivalió durante demasiado tiempo a una antigüedad de 100 años como para cambiarlo ahora a la ligera. La alameda que había delante, y que desde la casa parecía la prolongación de la rampa de acceso, al otro lado de la ancha entrada que nosotros llamábamos el portal, todavía llevaba el nombre de la familia de mi abuela. Del mismo modo en que, en Cicurug, el viejo señor Kaffer era un hito en mis paseos, en Gang Lami, junto a la verja de su casa, había un viejo caballero al que siempre saludaba al pasar. Se llamaba Langkau y llevaba invariablemente la cabeza descubierta, con el pelo blanco y corto, tenía una cara redonda, bigote blanco, y un cigarro en la mano (algo sobre lo que Alima llamó mi atención), calzaba sandalias y vestía con pantalón corto y kebaya. Él me devolvía siempre el saludo con un movimiento de cabeza y una especie de gesto amable, y sólo más tarde, cuando yo ya iba a la escuela y seguía saludándole, caí en la cuenta de que en realidad no lo conocía.
Sin embargo, se había convertido para mí en la pareja de una anciana que venía a casa todos los días. Se trataba de la abuela de mi amiga Flora,lviii que me llevaba seis años y era la única niña europea, aunque fuera de piel oscura, con la que me dejaban jugar de forma regular. Esta anciana se llamaba tjang (abuela) Panel,lix era alta y caminaba bastante erguida, tenía un rostro color marfil lleno de arrugas, calzaba siempre babuchas, vestía ropa indonesia y fumaba los mismos cigarros negros que yo había visto en la mano del viejo señor Langkau. Ella los compraba con la misma avidez que Flora y yo los bombones helados, en una tienda china justo en la esquina de Gang Lami, frente a uno de los dos grandes pilares de nuestro “portal”. La tienda era una típica warung china, en la que uno podía comprar de todo: golosinas, cerillos, latas de conserva, velas, cigarros, macarrones y especias indias para la cocina, todo apilado y amontonado, entre auténticas edificaciones hechas con las cajas y los frascos con tapón de cristal. Aunque casi toda la tienda estaba abierta al exterior, dentro estaba a oscuras y cubierto de suciedad; una puerta abierta en la pared posterior daba acceso a una sala donde se podía ver una estampa china y un altar casero que siempre desprendía un olor a incienso chino, que en casa quemábamos para ahuyentar a los mosquitos. ¡Qué conservadores son los niños! Aquella tienda pertenecía a una anciana llamada nionia Anji, a la que ayudaba su hijo, un zopenco espigado, rapado y que ya llevaba una cola, con unos simpáticos ojos chinos y dientes prominentes. Flora y yo seguíamos diciendo que íbamos “a la tienda de nionia Anji” cuando la mujer llevaba tiempo muerta, había sido enterrada entre grandes muestras de dolor, y el hijo, que se llamaba Po Sen, nos entregaba como amo y señor los bombones que íbamos a buscar. Junto a aquella tienda, en una galería abierta, había un viejo europeo que se pasaba días enteros en una tumbona. Tenía una cabeza pequeña totalmente irreal, los ojos vidriosos y apenas rasgos en la cara: era nada más y nada menos que el padre del viejo señor Langkau y tenía ciento un años:
—¡Imagina, tiene cien años y encima un año más! —dijo Flora y, por supuesto, de algún modo se refería a que cada día se estaba muriendo en aquella galería.
Y un día murió, en efecto, pero nosotros ni nos dimos cuenta, pues cuando se lo llevaron no hubo muestras de dolor ni gente en ropa blanca, como sucedió con nionia Anji. Lo único que pasó es que de repente dejó de estar allí, como si por la noche hubiese ascendido hasta el cielo a través del techo.
Una vez cruzado nuestro “portal”, uno se hallaba frente a un lateral de la casa que estaba bastante apartado respecto a la calle; entonces había dos opciones: o bien girar a la derecha y seguir avanzando a lo largo de la verja hasta un pabellón que llamábamos el “pabellón delantero” y que parecía haber brotado del lateral, o bien seguir recto hasta llegar a una especie de glorieta que, en realidad, era la entrada delantera del edificio principal. Para acceder a esta glorieta totalmente abierta, a la que sólo una breve balaustrada y las palmeras en las macetas protegían de las miradas curiosas, había que subir tres anchos peldaños blancos. Junto a los dos peldaños inferiores habían colocado dos grandes bustos de mármol que representaban a un hombre con casco y barba (Áyax o Menelao) y una mujer o un muchacho, o por lo menos alguien de pelo largo y una mueca de dolor en el rostro (quizá fuera también el moribundo Patroclo). De niño me sentaba sobre los hombros de estas estatuas, y la figura femenina se tambaleaba bajo mi peso. Por supuesto, me imaginaba que era la esposa del hombre y no me sorprendía su expresión de dolor: “Las mujeres lloran a menudo”, seguramente pensaba.
A través de la glorieta se accedía al pasillo de la casa, un pasillo largo pero muy ancho que tenía el suelo de mármol. Antes de que empezara el pasillo propiamente dicho se accedía a una sala alargada que quedaba dividida en dos grandes habitaciones debido a la presencia del pasillo —o, mejor dicho, de la alfombra roja que se extendía de un extremo a otro—; estas dos partes estaban amuebladas de distinta forma. Las sillas y los sofás de la parte izquierda casi siempre estaban recubiertos por fundas; en cambio, nos sentábamos a menudo en la de la derecha, donde había un enorme ventanal que llegaba casi hasta el suelo, y que daba a la verja y a la calle. Allí había también más luz y los muebles eran más normales —si mal no recuerdo “un mobiliario vienés” de madera de caoba, o al menos sin el terciopelo de los muebles de la parte izquierda. Al principio del pasillo, y entre las dos estancias de esta sala delantera, había un arco cuya parte central estaba adornada con un signo de buena suerte: un estilizado trébol de cuatro hojas de color verde.
Distribuidas a lo largo de la sala delantera, sobre estanterías, había cuatro estatuillas de bronce de color marrón verdoso y siempre grasientas, que, suponía yo, representaban a cuatro jinetes cuyos nombres descifré sólo más tarde: Colón, Vasco de Gama, Camoens y Ariosto —tal transición de la náutica a la poesía no tenía nada de simbólico en nuestra familia—. Asimismo había grabados de Goupil: Le Puits qui parle, La Fête de la Chatelaine y otros por el estilo. Si no recuerdo mal, habían sido elegidas con más gusto que las monstruosidades que mi padre compraba en Bruselas, algunas de las cuales llegaron a Grouhy. Las cortinas eran de terciopelo grueso, con suntuosos pliegues, fieles al estilo de los amplios ventanales que debían adornar más que ocultar. En realidad, estas estancias eran los “salones” de todo el edificio, aunque sólo me percaté de ello más tarde, cuando empezamos a recibir a más invitados.
Las paredes del pasillo estaban cubiertas por todo tipo de adornos; a la izquierda, un grupo de platos de diferentes tamaños y orígenes, porcelana azul de Delft junto a porcelana china con profusión de ornamentos y de formato imponente, y piezas japonesas más pequeñas y sutilmente pintadas, con pájaros en pleno vuelo y otros motivos de animales. A la derecha, un enorme grabado que representaba a un hombre de bigotes puntiagudos que quería ponerle o quitarle un abrigo a una dama de 1900, mientras ambos personajes se miraban sonrientes; el caballero se parecía como dos gotas de agua al “tío” John Panel, primogénito de tjang Panel y padre de Flora (tenía el mismo mentón afilado y los mismos mostachos que él). Alrededor, también sobre estanterías, había estatuillas de colores: un moro de barba rizada y un saboyano con sombrero verde, ambos con su pareja femenina.
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