Edgar Du Perron - El país de origen

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El país de origen esboza la imagen de dos mundos: el pasdo representado por la sociedad colonial en las Indias holandesas y el presente de una Europa que se encuentra inmersa en una profunda crisis. Al mismo tiempo, es un retrato del desarrollo personal del autor, el «hijo acendado» que poco a poco adquiere conciencia de las injusticias del sistema colonialista y completa su formación sentimental, humana y política en París, testigo de una generación que lucha contra las potencias totalitarias y de la creciente amenza del nazismo, a las puertas de la segunda Guerra Mundial.

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—Cuando yo tenía tu edad —prosiguió—, sentí que querría haberle ayudado, que habría querido luchar por él.

Eso me extrañó, aunque ni siquiera me atrevía a pensar que mi padre pudiera estar equivocado. “Quizá podría haberlo salvado —debí de pensar—, pero bien mirado ¿para qué? Si aquel hombre de los milagros hubiese querido salvarse, habría bajado de la cruz por su propio pie, ¿no?” Matar a todos los romanos con una sola palabra y bajar de la cruz sano y salvo eran, para mí, cosas que pertenecían al ámbito de la taumaturgia nativa, en la que creían todos mis compañeros de juego, pero en sí no las consideraba hazañas ni admirables ni simpáticas. Cualquier saïd (árabe que desciende de Mahoma) podía, según ellos, matar a una persona normal con una simple maldición, y estos saïds no me atraían en absoluto.

Koba Verhaar fue reemplazada por la señorita más morena de todas las que tuve, casi una negra con pelo crespo, y por la que me sentí más íntima y rápidamente atraído. Se llamaba Lotje Kroone y se ganaba a todo el mundo gracias a su gran sencillez y calidez, pero no se quedó mucho tiempo porque estaba a punto de casarse cuando vino a vivir con nosotros. Cuando se marchó sin despedirse, y yo me di cuenta de que me habían engañado, sentí por primera vez un dolor desgarrador. Mis padres me habían dicho que Lotje había salido un momento y que volvería por la noche; es la estúpida esperanza de los adultos que piensan que un niño lo habrá olvidado todo en cuestión de unas cuantas horas. No había forma de consolarme, no quería ver a Alima y me revolqué por el suelo como un niño indígena has-ta que apareció mi padre. Siempre había sentido la amenaza de aquella boda y no comprendía por qué la señorita Lotje no se quedaba conmigo después de casarse, como lo había hecho Alima. Sucedió en Sukabumi, en una casa de alquiler (la casa de Turpijn)lv que tenía papel adhesivo de colores en todas las ventanas. El resto mostraba un aspecto gris y despintado, pero gracias a aquellos colores, que yo no había visto nunca antes, me parecía preciosa. En la casa había un libro francés con reproducciones de xilografías anticua-das y oscuras que representaban viejas torturas y ejecuciones. Para consolarme, me daban el libro para que lo hojeara. En una de las estampas volvía a haber un hombre con barba, maniatado y medio en el agua, con los dientes apretados y alguno que otro instrumento de tortura en la cabeza. De inmediato reconocí en él a un setan; y luego, transportando la imagen a aquel que me hizo sufrir al apartar a la señorita Lotje de mi lado, me fui llorando hasta mi madre y le dije:

—De acuerdo, no hace falta que la señorita vuelva, pero si ese setan viene aquí algún día, papá tiene que matarlo.

Sólo sentí algún consuelo después de que mi madre me prometiera, en nombre de mi padre, que lo haría.

En el papel adhesivo de la casa de Turpijn había unos animales fabulosos llamados hipogrifos; eran de color dorado sobre escudos azules. Mi padre me dijo cómo se llamaban y me explicó que aquellos animales no existían, ni siquiera en Europa. El propio papel adhesivo, que convertía los cristales corrientes en algo precioso, me quedó grabado en la memoria como algo muy especial. Más tarde, en Gedong Lami recubrimos todos los cristales con papel adhesivo y había de todo: lirios rojos y blancos, tulipanes morados y dorados —los tulipanes era más bonitos, porque estaban menos estilizados, eran los primeros tulipanes que yo veía, incluso en una representación— y una imitación de vitral, pero no hipogrifos. Escribo esto porque, en contra de toda lógica, me resulta imposible creer que aquellos hipogrifos fueran menos importantes que los acontecimientos que se producían en mi vida; los hipogrifos envolvían el dolor que me causaba la marcha de la señorita Lotje.

Fue en aquella época cuando me puse enfermo y vino a verme el médico con la perilla. Mi padre se había ido a Sukabumi en viaje de negocios; quería pedir información en la Administración colonial sobre unos terrenos que se encontraban cerca de la costa sur del Preanger. Un inspector 33procedente de esa zona le había aconsejado que abriera allí una fábrica de arroz. Si un barco de la marina mercante estaba dispuesto a recoger de vez en cuando una carga, podría hacerse inmensamente rico. Aunque mi padre era el propietario de Kampung Melayu y ya era bastante rico, puede que se aburriera; la cuestión es que el plan le gustó, y mi madre, que de joven había pasado mucho tiempo en el campo con su primer marido y no se acobardaba en absoluto ante circunstancias como aquélla, le alentó a seguir adelante y le dijo que lo acompañaría si realmente creía que la empresa valía la pena. De este modo nos fuimos a Bahía de Arena. A la sazón, yo apenas tenía seis años. Realizamos el viaje por barco: el Speelman (llamado así por un gobernador general, pero que para mí se fundió con un personaje de Prikkebeen. 34La intención era continuar el viaje desde Sukabumi, pero resultó muy difícil transportar a todo el equipo de trabajadores que mi padre quería llevar consigo sin sufrir pérdidas por el camino. En Sukabumi desertaron de repente tres personas: un joven capataz europeo llamado Charles Mesters,lvi Munta y su esposa Titih. Sin embargo, el padre de Munta, nuestro criado Isnan, fue tras ellos y los obligó a regresar cuando estaban a punto de subirse a un tren en un apeadero. Todavía recuerdo el alboroto que causó la noticia en casa, y la cara de desgraciado de Charles Mesters cuando volvió a entrar por la puerta cual ladrón detenido. Se decía que Munta se había dejado persuadir porque estaba enamorado de Titih. Mesters era un muchacho que no servía para nada bueno, hermanastro desatendido de un conocido nuestro que había alquilado un pabellón en Gedong Lami. Antes de que mi padre lo contratara como capataz, le habían dado un bautizo católico en nuestra casa, algo que a mí me resultó misterioso e incluso un poco angustiante. Se había pasado tardes enteras conmigo en el césped y, por consiguiente, estaba familiarizado con él; era un muchacho callado de rostro estrecho y ojos saltones, y parecía salido de una correccional. Quizá fuera un poeta en su género. Había ideado un plan fantástico para hacerse rico con Munta y Titih, en lugar de ir con nosotros a Bahía de Arena. Mis padres eran totalmente insensibles a semejantes fantasías; mientras Isnan, el padre de Munta, sacaba a éste de la habitación, mi madre y mi padre descargaban toda su cólera sobre Charles Mesters; lo llamaron de todo, y “perro ingrato” fue el menor de los reproches. Yo lo escuchaba todo temblando; ya sabía con qué facilidad mi padre golpeaba a los nativos, y esperaba en silencio que no le pegara a Charles, porque era europeo y porque durante tardes enteras había estado sentado conmigo en el césped. Se limitaron a echarlo; cruzó el jardín y se subió solo al carro en el que media hora antes habían llegado los tres. Nunca más volví a oír hablar de él aparte del comentario de que era un “chico malo”.

El Speelman nos llevó de Tandjeong Priok a Bahía de Arena. La mayor parte del viaje tuvo lugar de noche y supe por primera vez lo que era el mareo. En el mismo camarote que yo, sin poder ayudarme porque ella misma estaba tan mareada como yo, se encontraba mi nueva señorita. La habían contratado en el último momento porque yo necesitaba una niñera, por consiguiente, la primera relación íntima que compartimos fue el mareo que a mí me resultaba tan inexplicable, en aquel extraño decorado del pequeño camarote que se mecía, con un ojo de buey, dos literas, y fuera, el golpeteo del agua y la noche muy cerca de nosotros. Mi madre, que también sufría de mareo, no se dejó ver. Más tarde, Isnan me contó lo que había sucedido aquella noche. Mientras los empleados dormían en la cubierta, él y mi padre se habían turnado para montar la guardia, mi padre con una pistola en el bolsillo, y él con un fusil cargado, porque todo el dinero de mi padre estaba allí, en la cubierta, metido en unos cuantos bidones de petróleo. Para pagar a los culis en un lugar tan recóndito, debieron necesitar varios miles de florines de plata; sin embargo, la historia tiene un regusto fantasioso, que sin duda es achacable a Isnan.

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