Edgar Du Perron - El país de origen

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El país de origen esboza la imagen de dos mundos: el pasdo representado por la sociedad colonial en las Indias holandesas y el presente de una Europa que se encuentra inmersa en una profunda crisis. Al mismo tiempo, es un retrato del desarrollo personal del autor, el «hijo acendado» que poco a poco adquiere conciencia de las injusticias del sistema colonialista y completa su formación sentimental, humana y política en París, testigo de una generación que lucha contra las potencias totalitarias y de la creciente amenza del nazismo, a las puertas de la segunda Guerra Mundial.

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La atmósfera de todas las estancias oscuras era opresiva, por muy agradable que pudiera ser el frescor. Un día, mi padre yacía enfermo en una de aquellas habitaciones cuando el médico de cabecera, un antiguo médico militar, le dijo en tono autoritario que era preciso que se operara. Entonces oí que mi padre le contestaba:

—De eso nada, maldita sea, no lo permitiré mientras esté en mis cabales. —Y dirigiéndose a mi madre—: De lo contrario, ocúpate tú de mantener apartados de mi cuerpo a esos tipos con sus cuchillos, ¡quiero morir de muerte natural!

Mi madre tuvo que acompañar apresuradamente al médico hasta el pa-sillo para evitar alterar más a mi padre, que se curó en cuestión de pocos días sin que fuera necesaria una intervención quirúrgica. Sin embargo, también hubo una época en que mi padre languidecía en las tumbonas, porque todas las noches se despertaba de un sobresalto, a las dos en punto, como si lo llamaran. Creía que se volvería loco, no tenía ganas de nada, en resumidas cuentas, parecía que estaba recibiendo un anticipo de su posterior neurastenia, contra la cual todos los médicos europeos se sentían impotentes y ni siquiera lograban explicarla como una enfermedad. Entonces, el jefe de Cicurug le envió a mi madre una hadji que tenía fama de saber contrarrestar la magia negra. La mujer rezó encima de un cuenco con agua en la que flotaban siete especies de flores, y se paseó por el jardín en busca del mal. Entonces, debajo de un árbol de bungur encontró un muñeco enterrado con la cabeza atravesada por alfileres oxidados, de acuerdo con el rito de la magia negra, que también era usual en la corte italiana y francesa del Renacimiento. La solución del misterio resultó ser la siguiente: por orden de algunos chinos descontentos porque no habían conseguido unas tierras en las que mi padre había puesto sus miras, lo “llamaban” cada noche a las dos en punto, lo cual explicaba que se despertara con sobresalto; luego maltrataban su efigie con la intención de volverlo loco. Aunque sólo fuera gracias a la “contrasugestión”, la hadji logró su objetivo: después de ver cómo enterraban al muñeco, mi padre durmió de un tirón toda la noche y la neurastenia desapareció. Fue una de las razones que impulsó su afición por lo oculto y alimentó su biblioteca sobre espiritismo. Por otra parte, mi padre creía que no era la primera vez que había tenido ese tipo de roces con los chinos. Años antes, cuando todavía estaba soltero, había tenido un pleito con los herederos de un viejo chino por una casa que se encontraba en sus tierras. La noche anterior a que se resolviera el pleito —que él estaba seguro de ganar—, mi padre se hallaba tumbado reflexionando cuando, de repente, sintió que sacudían con tanta fuerza la cama que los herrajes sonaron. Mi padre saltó de la cama para mirar qué había debajo, pensando que uno de sus perros podía ser la causa, pero después de encender muchos cerillos no vio nada.

—Entonces también pensé que podía ser aquel viejo canalla —dijo— que de esta manera venía a demostrarme su descontento.

Entre los dos dormitorios de mis padres —éste más oscuro y la clara kamar panjang— se encontraba la estrecha habitación donde yo dormía de niño con Alima y donde otra vieja criada, Bogèl, hija de dos esclavos de mi abuela, nacida en aquella casa, me contaba cuentos antes de dormir. Mi madre le había dado la orden de no asustarme nunca con el momóh (ogro), pero sus cuentos estaban llenos de jinns, de setans, de hombres y mujeres crueles, y a veces los dos mirábamos intranquilos a nuestro alrededor mientras ella me contaba un cuento sentada a mis pies. Había un cuento terriblemente conmovedor de una pobre princesa, hijastra de una reina con dos hijas a las que regalaba pulseras de oro. Un día, cuando la princesa le pidió unas pulseras, su madrastra le contestó: “¡Aquí las tienes!”, y le cortó las muñecas, por lo que tuvo pulseras rojas. Así fue reuniendo joyas alrededor de los tobillos, rodillas, codos, un cinturón, un collar, y el cuento seguía y seguía sin que a mí se me ocurriera que la princesa tendría que haberse muerto ya. Los cuentos de Bogèl eran los más bonitos que yo conocía; en este sentido, Alima no podía hacerle sombra. Bogèl era una mujer alta de pelo blanco, pero rostro terso. Creo que fue en mi quinto cumpleaños cuando mis padres invitaron a un grupo de niños europeos del barrio y encargaron un organillo: los niños se pusieron a bailar enseguida al son de la música, también Flora, que ya era una de las más mayores. Yo miraba con los ojos como platos a una niña pequeña con una tupida melena de pelo rizado que se llamaba Nike y que a veces había visto pasar por la calle. Mi padre me tomó de repente de la mano, me puso delante de ella y me dijo que tenía que sacarla a bailar. Me negué en redondo, pues no me imaginaba nada peor que tener que dar saltos en medio de todos aquellos niños desconocidos y precisamente con aquella niña. Sin embargo, había algo aún peor: el enfado de mi padre. Y, en efecto se enfadó; me agarró por “el pellejo del pescuezo”, como decía él, me arrastró por todas las habitaciones, lejos de la fiesta que siguió sin mí, y me dejó plantado en un rincón de la kamar panjang, donde Bogèl estaba cerrando las ventanas. En aquella época todavía teníamos ventanas correderas que había que maniobrar con cuidado, una tarea que se alargaba bastante. Mi padre estaba tan enfadado que ni siquiera advirtió la presencia de Bogèl y regresó enseguida a la fiesta. Bogèl se quedó conmigo, y como le parecía inconcebible que me castigaran el día de mi cumpleaños, me contó un cuento que hizo que me olvidara de la fiesta con limonada y organillo. Sólo sentí de nuevo inquietud cuando Flora vino a buscarme, puesto que encima tenía que pedirle perdón a mi padre por haber aguado mi cumpleaños.

La kamar panjang daba al río y lo único que la separaba de éste era un pedazo de jardín del ancho del pabellón trasero, que casi estaba construido encima del río. El Ciliwung fluía en lo profundo, y para llegar hasta el agua había que bajar por un pequeño barranco, algo que parecía imposible porque la ladera estaba recubierta de arbustos y porque allí tiraban todo tipo de desechos, latas, pedazos de vidrio y cosas por el estilo. En el borde superior se alzaba nuestro árbol de angsana, que era medicinal, por la que podría haber merecido el nombre poético de “árbol del sufrimiento del mundo”; si se hacía una muesca profunda en su corteza, brotaban lágrimas pegajosas y rojas como la sangre, de sabor agrio, pero excelentes para curar las heridas en la boca y la garganta. Al otro lado del río había un kampung, que quedaba oculto tras los altos árboles, desde donde nos gritaban a veces los niños indígenas. En ocasiones, en la temporada de banjir, el agua corría rápido, mientras que, en otras, fluía tranquilamente, pero siempre formando pequeños remolinos, y aunque el agua era casi siempre de color ocre claro, en época de banjir se volvía espesa y adquiría un tono marrón rojizo debido a la tierra que transportaba. Desde nuestro jardín podíamos ver justamente cómo el río hacía un recodo; era emocionante ver aparecer o desaparecer detrás de la curva los praos con los nativos que normalmente no remaban, sino que se impulsaban con una vara larga. Más tarde, cuando ya me atrevía a nadar en el río, solía hacerlo por la tarde, cuando mis padres dormían, y lejos de casa, donde los sirvientes habían abierto un sendero que conducía hasta el río para poder bañarse ellos.

De niño sentía un vago temor de que los bandidos pudieran salir del río a pesar del barranco. En aquella época, el tongtong (un tronco hueco que se golpeaba para dar la voz de alarma) sonaba casi todas las noches. Había dos tipos de tongtong: el amok o alarma en caso de homicidio, y el tongtong en caso de incendio; los sirvientes oían enseguida la diferencia; yo no. Para mí todo tenía que ver con los bandidos que perpetraban muchos robos, sobre todo en la región de Buitenzorg. El asistente-residente de Meester Cornelis era un anciano llamado Hartelust que, según los periódicos, siempre llegaba justo cuando los bandidos se habían marchado; el comisario se llamaba Calmer y el inspector Shilling; y los periódicos se burlaban de ellos con un típico juego de palabras indiano: los bandidos asesinaban y robaban a sus anchas, mientras el comisario Calmer no perdía la calma y el inspector Shilling no valía ni un chelín. A menudo, cuando oía sonar el tongtong, me metía entre las sábanas hecho un ovillo, a veces cuando eran apenas las ocho o nueve de la noche; sólo la presencia de mi temido padre lograba mantener doblemente bajo control mi miedo. Algunos años más tarde, cuanto tenía cerca de ocho años, mi padre alquiló Gedong Lami a un asistente-residente que era un viejo amigo suyo y que puso fin a los disturbios.lx Nosotros dormíamos en el pabellón del lado del río, que podía ser realmente siniestro, sobre todo de noche. En los árboles altos que había en la otra orilla se podía oír, a veces durante una noche entera, el grito de una lechuza; era cada vez un toque corto, pero indeciblemente melancólico que me infundía un miedo mucho más profundo que el tongtong. A veces también se oía el sonido chillón del ave nocturna que, según los nativos era una kuntianak, una mujer embarazada que murió al caerle un fruto que le hirió en la espalda, y que luego se convirtió en fantasma y se reía en la noche porque se había vuelto loca. Era en la época en que estábamos a punto de volver a Bahía de Arena y el asistente-residente se acababa de instalar en el edificio principal; yo estaba encantado con su presencia porque en el jardín, y por todas partes, se paseaban agentes de policía nativos; aunque los trataran como simples sirvientes, yo consideraba que, con aquellos uniformes, incluso el de menor categoría era más importante que nuestro Isnan que, en cierto sentido, era un jefe. Poco antes, una familia china entera había sido asesinada en una casa de campo. Se contaban historias terribles sobre el suceso, como que habían podido salvar a un niño de pecho al que encontraron junto al cadáver mutilado de su madre jugando con la sangre de ésta. En lo más profundo de la noche nos despertaron unos golpes en la puerta: era el asistente-residente que se disponía a salir y que venía a pedirle prestado un revólver a mi padre. Yo consideraba que aquello era un auténtico trabajo de hombres y lamentaba que mi padre no lo acompañara; y aunque lo propuso, desistió al ver la preocupación de mi madre.

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