Edgar Du Perron - El país de origen

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El país de origen esboza la imagen de dos mundos: el pasdo representado por la sociedad colonial en las Indias holandesas y el presente de una Europa que se encuentra inmersa en una profunda crisis. Al mismo tiempo, es un retrato del desarrollo personal del autor, el «hijo acendado» que poco a poco adquiere conciencia de las injusticias del sistema colonialista y completa su formación sentimental, humana y política en París, testigo de una generación que lucha contra las potencias totalitarias y de la creciente amenza del nazismo, a las puertas de la segunda Guerra Mundial.

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El jardín de la parte delantera parecía no tener fin; había pocos árboles frutales, salvo del lado del río, donde se levantaba un bosquecillo de árboles pala, de nuez moscada, pequeños, nudosos y negros, siempre rodeados de frutos y hojas caídas entre los que se podía esconder una serpiente. No me dejaban ir allí a menudo, a pesar de lo mucho que nos divertía a Flora y a mí recoger los frutos caídos. Lo que más recuerdo de este jardín es la vez que estuve allí, tumbado en la hierba con Flora y una amiga suya que me parecía muy guapa, una chica de 17 años quizá y que para mí era la mujer perfecta, pese a su melena suelta. Recuerdo que estaba entre las dos chicas vestidas con sus bébés (unos vestidos holgados para andar por casa), y que era como si Flora ya no existiera para mí; tan fuerte y mágica era la atracción que sentía por el bébé de la otra muchacha. Creía que ella había venido para verme a mí y no a Flora, y las dos hacían lo posible para mantenerme en mi error. El jardín propiamente dicho se convertía en una llanura de hierba. Hacia el lado de la calle estaba el árbol de bungur, que repartía pequeñas flores rosadas por la hierba y debajo del cual había estado enterrado el muñeco clavado de alfileres. Era un árbol majestuoso, alto, frondoso, con una copa de color verde claro; allí, los sirvientes veían aparecerse a veces el fantasma de un árabe, un hombre corpulento con barba, emperifollado, mientras que en el bosquecillo de palas habían visto, a lo mucho, la figura de una pequeña hadji.

De todos los sirvientes, el que más espíritus veía era Yung. A la sazón ya era anciano, y cuando mis padres salían de noche, él se sentaba en la acera y los esperaba fielmente dando cabezadas junto al busto de Áyax. Mi madre había traído consigo al criado Isnan, un sundanés que ya estaba con ella durante su anterior matrimonio, y Yung era un anciano servidor de la época de soltero de mi padre; ya entonces se quedaba despierto noches enteras cuando mi padre se iba al club, y no tenía rival a la hora de preparar los bisteces. Cuando lo conocí ya tenía bolsas debajo de los ojos y un rostro sin barba, flácido y no obstante terso, pero cuando se sentaba en la acera poseía cierta dignidad europea; habría podido ser un ex funcionario colonial, y sin turbante parecía un residente jubilado. Caminaba con dificultad, puesto que tenía elefantiasis en un lugar que todos los niños señalaban riéndose, incluso su propia prole se lo decía sin recato: “¡Pa Yung kondor!”lxi ­Aquella misma enfermedad hacía que se le escaparan pequeñas cantidades de orina sin darse cuenta, por lo que a veces propagaba un olor desagradable por toda la casa sobre el cual había que llamarle la atención. Mi padre se portaba bien en este sentido; no despedía al viejo Yung y le decía en tono amistoso: “¡Venga, Yung, ve a cambiarte de ropa!”

Los espíritus incordiaban a menudo a Yung, sobre todo cuando le tocaba cerrar las ventanas. Nos contó que una noche, mientras estaba junto a una de las ventanas que daban al bosquecillo de palas, se le apareció una cara justo delante de la suya, y aunque ya no sabía exactamente qué aspecto tenía, recordaba que su propia cabeza se había vuelto dos veces más grande.lxii

En la época de mi abuela, el pabellón de la parte delantera de la casa había sido una especie de gudang (almacén) con un piso; ese piso se había ido llenando poco a poco de murciélagos, atraídos sin duda por frutos que había en el almacén, por lo que llamábamos a esa parte del edificio “la casa de los murciélagos”. Sus ventanas eran estrechas y negras y estaban provistas de rejas; desde la calle habría podido pensarse que allí tenían encerrado a un loco. Poco después de nacer yo, mis padres reconvirtieron el almacén en un pabellón sin piso y con porche. A partir de aquella época Yung veía menos fantasmas, pero seguía evitando esa parte de la casa como si fuera la más peligrosa. Más tarde se instaló allí un joven y atractivo indiano de pequeño bigote respingado, que hablaba un inglés fluido (trabajaba para una empresa inglesa) y tocaba el violín: el señor Frank Robertson (tenía también un nombre inglés).lxiii Era hermanastro del joven Charles Mesterslxiv que había recibido el bautizo católico en nuestra casa y que, no obstante, se había portado tan mal. A veces venía a hacer música con mi madre y nos parecía muy simpático a todos. Aunque era mucho más joven que ella, la fusión de la música de ambos parecía repercutir demasiado en su ánimo, por lo que mi madre consideró finalmente que era preferible suspender las veladas musicales. Estaba prometido a una joven indiana del barrio, a quien las veladas musicales en nuestra casa ponían muy celosa. Una noche, mientras estábamos sentados en el oscuro porche delantero, vimos acercarse un sado del que salió tjang Panel y le dijo asustada que su futura suegra quería hablarle. Él se metió precipitadamente en la casa, pidió que le dijeran que no estaba, e incluso se le vio dispuesto a meterse en la gran cesta de la colada. Después, entre risas, supimos que tjang Panel se había prestado a gastarle una broma junto con mi madre, y todo el mundo se divirtió con la cara pálida del señor Robertson y su apresurada retirada; yo también, aunque sin comprender el significado profundo de la broma. Más tarde rompió de improviso su noviazgo para casarse con la enfermera que había asistido a mi nacimiento y que le llevaba unos años, pero que era una europea de pura sangre de cabello negro azabache y piel blanca. Ella se vino a vivir con él en el pabellón y allí tuvieron a su primer hijo cuando nosotros estábamos en Bahía de Arena. Más tarde, Frank Robertson dejó la empresa inglesa y se estableció por su cuenta para dedicarse a reclutar culis sin contrato para las demás islas de las Indias, tras lo cual emigró como hombre rico a Europa para regresar después a las Indias, arruinado, como si realmente pesara una maldición sobre aquel dinero.

Me resulta imposible separar el ambiente de la casa de este tipo de anécdotas, pues juntos configuran el mundo en el que crecí. Tjang Panel es una pieza de Gedong Lami, del mismo modo que lo es el árbol de bungur o la kamar panjang. Tjang Panel constituía en sí misma un vínculo con el mundo exterior; entraba en casa de todos hasta que se peleaba con ellos. Su único lujo era un cigarro y, para conseguirlo, vendía de puerta en puerta todas las historias del barrio. Venía a ver a mi madre, que no leía nunca y que, por consiguiente, se aburría cuando no llevaba la casa, y le hacía más compañía de lo que estaba dispuesta a admitir. Tjang Panel se traía a veces a otra amiga, y lo único que la asustaba era la furia de mi padre que siempre le reprochaba que fuera a su casa únicamente para ver a su esposa. Tjang Panel también tenía enemigas: “Figúrese, esta mañana, cuando iba al pasar, me encontré con la señora Cohen; estaba sentada en un sado, igual que yo, y entonces me miró, pero yo tiré mi cara”. 38Un intermezzo dramático en el que ella representó un papel tuvo lugar mientras yo guardaba cama con sarampión y mi padre estaba a punto de irse por primera vez a Bahía de Arena para explorar el terreno. Mi padre se había ido con un medio árabe, llamado Umar, que le gustaba porque el hombre podía convertir unos cacahuates comunes y corrientes en un potente purgante, simplemente pronunciando un maleficio, tal como nos había demostrado en una ocasión utilizando como conejillos de Indias a nuestros criados. En aquella época teníamos a una chica de servicio que en realidad era europea, pero que estaba casada con un nativo. Se llamaba Lies y, según tjang Panel, tenía una mulut busuk (boca podrida), lo cual significaba que siempre hablaba mal de la gente. Sin embargo, una noche Lies fue a ver a mi madre para suplicarle que hiciera volver al señor, pues había oído con sus propios oídos cómo Umar se había confabulado con el segundo hijo de tjang Panel, Sinyo Dirk (que era nuestro capataz), para asesinar al señor: Umar lo apuñalaría en el prao y lo arrojaría al mar. Mi madre quedó muy conmocionada y telegrafió a mi padre diciéndole que regresara de inmediato. Él recibió el telegrama en Pelabuhan Ratu cuando estaba a punto de recorrer la última etapa del viaje en prao. Mi madre hizo venir a Dirk Panellxv y oí sus gritos que llegaban hasta mi habitación de enfermo:

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