María José Barros - Manuel Rojas

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Este libro reúne dieciocho ensayos acerca de la obra de Manuel Rojas (1896-1973) escritos por una nueva generación de lectores y lectoras con interés en interrogar el proyecto literario y de vida del autor desde aproximaciones críticas originales y novedosas.
El oficio del escritor y las escenas de lectura, la representación de los espacios y el caminar, el diálogo con otras disciplinas artísticas y la cultura material, los posicionamientos de género y clase, son los ejes que articulan los escritos de este volumen y que nos invitan a revisitar la obra de Rojas prestando atención a sus narraciones más emblemáticas, pero también a aquellos textos menos conocidos que se vinculan con los géneros referenciales, la poesía, el teatro y la música. Pensado para un público amplio y diverso, esta publicación busca tensionar la imagen muchas veces infantilizada y neutralizada de la literatura rojiana.
Lo anterior se complementa con la incorporación de imágenes relacionadas con la vida y obra del escritor, tomadas del Archivo Manuel Rojas, y que ponen en escena una mirada más íntima y desconocida en torno a uno de los escritores chilenos más importantes del siglo XX.

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En la casa a que nos fuimos a vivir después de aquella casa de la Plaza López, el árbol improductivo de ramaje siempre verde extendió, para mí y desmesuradamente, sus ramas siempre verdes. Esta nueva casa, en la que mi madre arrendó dos habitaciones, pertenecía a una señora que vivía en una pieza que su marido, contratista de construcciones, había levantado en el fondo del terreno para que sirviera de depósito de herramientas y materiales. Muerto el marido, la señora alquiló las habitaciones principales y transformó el depósito en una habitación a la que agregó lo necesario para vivir allí. Hizo con sus propias manos un jardín y rodeó todo con una reja de madera. Yo iba algunas veces a echar una mirada a la señora y a los árboles, entre los cuales se alzaban unos durazneros cuya fruta maduraba a su tiempo. Un día de verano, maduros ya los duraznos, fui a echar una ojeada: la señora estaba sentada en el jardín y leía un diario. Me invitó a entrar y me preguntó si sabía leer. Respondí que sí y entonces se quejó de que apenas podía hacerlo: se cansaba y le dolía la cabeza. Me dijo que en el diario salía un folletín muy bonito. Yo, que no sabía lo que era un folletín, miraba con entusiasmo una rama cargada de rojos duraznos.

—¿Quiere sacar algunos? —me preguntó—. Saque, hay muchos.

Saqué varios y mientras los saboreaba se me ocurrió ofrecerme para leer el folletín: era una manera de retribuirle los duraznos y de asegurarme otros para el futuro. El verano es largo y la fruta es siempre cara para los pobres. La señora aceptó mi proposición. Tomé el diario y leí lo que era necesario leer. La señora lanzó exclamaciones y hacía comentarios. Como ignoraba lo sucedido antes, lo que resultaba ahora me parecía confuso. Al día siguiente, igual cosa: comí mis duraznos y leí el folletín y así sucedió hasta después de acabada la fruta. Se me despertó la curiosidad y quise enterarme de cómo empezó todo aquello. La señora me facilitó lo anterior; lo tenía recortado y lo guardaba, no sólo ese sino muchos más que me prestó y leí. Entre los folletines aparecieron novelas de muchas nacionalidades y en poco tiempo y gracias a la señora conocí lo que Salgari, autor de novelas que transcurren al aire libre, no me había podido presentar. El mundo físico, el mundo sensible y el mundo moral se me ampliaron enormemente. Junto con ello se me amplió el deseo de que todo se ampliara más. Ya estaba metido en el enredo del que no saldré sino cuando pare los tenis, como dicen los mexicanos (Imágenes 128-9).11

El mismo cuadro aparece en Hijo de ladrón, pero allí Rojas detalla un poco más su evaluación del episodio. Ese mundo físico, sensible y moral que el folletín le propone merece una enumeración: “Ciudades, ríos, océanos, países, costumbres, pasiones, épocas, todo se me hizo familiar” (Hijo 587).

La tercera escena parece muy tardía, pero debe haber ocurrido solo unos cuantos meses después de la anterior. Ahora está en Mendoza, trabajando como pintor y electricista. Conoce a un grupo de obreros anarquistas y uno de ellos, que se llama Miguel Lauretti12 y que ejercería una influencia decisiva en la decantación de la vocación literaria de Rojas,

me prestó libros, entre ellos La leyenda de los siglos, de Víctor Hugo, que leí varias veces, y libros de otros poetas, argentinos o uruguayos, Herrera [y] Reissig y Delmira Agustini, Leopoldo Lugones y otros. Descubrí en esos libros algo en que ni siquiera había soñado alguna vez, dada mi escasa educación e ilustración. Aquello era, para mí, mucho más grande que cualquier cosa o hecho que hubiese conocido hasta entonces: era como contemplar un misterio cuyos elementos eran imposibles de describir y de explicar, por lo menos a primera vista. ¿Cuánto había que vivir y trabajar para llegar a eso? (Imágenes 152).13

Experiencia y repetición

Dispuestas las tres escenas en conjunto, lo primero que llama la atención es su repetición. Cada uno de estos cuadros, distintos como son, cuentan una y otra vez un hecho que quizá imaginamos único, el descubrimiento de la literatura. Su acumulación resulta curiosa, como si Rojas perdiera la memoria cada vez y volviera a una especie de afortunada ignorancia primordial que lo prepara nuevamente para la epifanía. Ese carácter repetitivo es, a mi juicio, el núcleo propiamente literario de la serie. Como ha propuesto Pablo Oyarzún, que en esto lee de cerca El narrador de Walter Benjamin, si hay un sentido en la literatura moderna, ese sentido es la transmisión de una experiencia, un saber, un consejo que, por otro lado, se nos escapa irremediablemente. Aquello que la novela comunica es la repetición de un acontecimiento irrepetible, dice Oyarzún, un acontecimiento singular (un saber, un consejo, agregaría Benjamin), que solo puede aparecer en la rememoración y por tanto dispuesto en otro nivel, el ficticio (Oyarzún 22-3).

Rojas se nos revela agudamente consciente de esa limitación del relato literario, y por esa razón insiste en contar el acontecimiento fundamental, su descubrimiento de la literatura, una y otra vez: para sortear de algún modo su inevitable mutación en ficción. Pero al mismo tiempo confía en los poderes de la palabra y no renuncia nunca al relato, pese a su inevitable cambio de naturaleza, pese a su inevitable impotencia. El resultado es la saturación del texto con estas repeticiones que intentan transmitir, esta vez sí, la experiencia transformadora que parece escapársele.

Pero la repetición no es nunca, no puede serlo, identidad completa. Los tres fragmentos develan distintas zonas de la experiencia, y el aprendizaje que Rojas obtiene de cada una de sus lecturas es diverso. La novela de aventuras le permite un conocimiento exterior que es, literalmente, mundial: una parte del ordenamiento geopolítico global a fines del XIX. Devastaciones de los piratas es el título que se dio en español a la segunda parte de una novela que Salgari tituló I Robinson italiani (1896), en la que vuelve a la premisa de Robinson Crusoe pero esta vez con protagonistas italianos y en la Melanesia, la zona del océano Pacífico que rodea a Nueva Guinea. Como en varias novelas de aventuras de la época, en Devastaciones de los piratas también se tematiza un “deseo de mundo” y se “noveliza lo global”, como ha señalado Mariano Siskind para Julio Verne (49), y se consolida una autoridad imperialista que ordena el mapa mundial, como explica Edward Said en Cultura e imperialismo (115-141). Sobre aquello que el folletín sabe y transmite, ese folletín que Rojas lee a cambio de duraznos, hay una extensa literatura. Beatriz Sarlo resume su pedagogía de la siguiente manera: inducen el hábito de la lectura, advierten sobre los recursos literarios que utilizará la narrativa canónica, ofrecen cierta gramática normativa de los afectos, de sus limitaciones y de los excesos permitidos, exponen una moral mesocrática ilusoriamente estable en un mundo que se moderniza rápidamente y que tiende a la inestabilidad (157-60). En cuanto a la escritura modernista, pues los autores latinoamericanos que Lauretti muestra a Rojas en Mendoza son justamente una selección bastante canónica del modernismo poético de la región, dialoga muy de cerca con la novela de aventuras y el folletín: propone en una mundialización distinta de la que presenta Salgari, de cuño latinoamericano, en primer lugar; en segundo término desordenan y disponen artísticamente los sentimientos que el folletín había sabido distribuir con mesurada pasión.

Rojas entiende estas variaciones de esta escena de lectura como una “ampliación del mundo” a través de los libros. Pero la escala también puede entenderse a la inversa, pues cada lectura restringe su ámbito exterior de referencias: del aire libre y los grandes ordenamientos geopolíticos en Salgari saltamos al ordenamiento emocional del individuo en las novelas del corazón, y de allí al desorden de los afectos, o bien a la aceptación de la geometría no euclidiana que los rige. No en vano Herrera y Reissig es el autor de “Amor sádico”, versos que pondrían los pelos de punta a cualquier héroe de un romance convencional: “Ya no te amaba, y sin embargo / el beso de la repulsa nos unió un instante” (3-4).

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