María José Barros - Manuel Rojas

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Este libro reúne dieciocho ensayos acerca de la obra de Manuel Rojas (1896-1973) escritos por una nueva generación de lectores y lectoras con interés en interrogar el proyecto literario y de vida del autor desde aproximaciones críticas originales y novedosas.
El oficio del escritor y las escenas de lectura, la representación de los espacios y el caminar, el diálogo con otras disciplinas artísticas y la cultura material, los posicionamientos de género y clase, son los ejes que articulan los escritos de este volumen y que nos invitan a revisitar la obra de Rojas prestando atención a sus narraciones más emblemáticas, pero también a aquellos textos menos conocidos que se vinculan con los géneros referenciales, la poesía, el teatro y la música. Pensado para un público amplio y diverso, esta publicación busca tensionar la imagen muchas veces infantilizada y neutralizada de la literatura rojiana.
Lo anterior se complementa con la incorporación de imágenes relacionadas con la vida y obra del escritor, tomadas del Archivo Manuel Rojas, y que ponen en escena una mirada más íntima y desconocida en torno a uno de los escritores chilenos más importantes del siglo XX.

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Esta pregunta, clave en la representación que hace Rojas de su oficio, se desarrolla con intensidad en la serie de comentarios autobiográficos a su obra que desarrolló en la última etapa de su vida. Pienso aquí en tres textos fundamentales: el ensayo “Algo sobre mi experiencia literaria”, incluido en El árbol siempre verde (1960); su Antología autobiográfica, de 1962; y el ensayo “Hablo de mis cuentos” escrito para la edición de sus Cuentos, en 1970. Se trata de obras complejas que ciertamente podrían (y quizás debieran, en otro momento) ser interpretadas en conjunto con los demás volúmenes autobiográficos de Rojas, para así indagar en la construcción de ese personaje vital que a todas luces ha mediado la recepción de su obra. Por ahora, volvamos al tema que nos ocupa: el relato que construye Rojas sobre la formación y la realización de su oficio, y sobre el espacio común en que este se desarrolla.

Uno de los recursos más elocuentes en estos textos es la indistinción, al momento de relatar aquella cultura, respecto de lo que podríamos llamar una formación específica literaria y experiencias generales de vida. Habiendo contado algo de estas experiencias, Rojas concluye en “Algo sobre mi experiencia literaria”, “tal es, acaso en demasiadas palabras, mi curriculum como escritor y casi mi curriculum como hombre” (44). No hay una distinción efectiva, se trata de un solo y mismo evento. Revisemos en qué consiste aquel evento:

Es preciso recordar las circunstancias especiales que aparecen en aquel curriculum: la aparición de un libro en la vitrina de una librería, el conocimiento de una señora que me proporcionó la ocasión de leer novelas de categoría, mi contacto con gente que, como los anarquistas, tenían el gusto y casi la manía de la lectura, mi amistad con Gómez Rojas y finalmente la necesidad, y casi la amenaza del hambre, que me hizo escribir Laguna (El árbol 45).

En este breve sumario ya se muestran las dos dimensiones que mencionaba arriba. Detengámonos un momento en la representación del oficio que se desprende de aquí, para luego abordar la dimensión colectiva que lo nutre. La alusión a la necesidad y el hambre, que desembocan en Laguna, señala una experiencia decisiva en su formación como escritor. Tanto es así que la historia la narra Rojas en este ensayo, la evoca luego en el comentario sobre el cuento incluido en la Antología autobiográfica y vuelve una vez más sobre ella en el ensayo de 1970. Se trata del momento en que llega para él la confirmación de que “podía escribir cuentos” (El árbol 42). Esta no ocurre a propósito de una revelación de las musas ni de una epifanía de ningún tipo: se trata en efecto de una confirmación del trabajo realizado en la escritura, experimentación y corrección de sus propios textos hasta la fecha; una confirmación que es tanto social —sus cuento es premiado en el concurso organizado por la revista La montaña— como económica —por ello recibe cien nacionales, monto en ese tiempo cercano “al sueldo de un empleado modesto, un profesor primario, por ejemplo” (Hablo 12). La experiencia se refuerza con la distinción recibida en un nuevo concurso, organizado esta vez por la revista Caras y caretas —por el cuento “El hombre de los ojos azules”. Llega luego la publicación de “El cachorro” y “Un espíritu inquieto” en la revista Suplemento y la misma Caras y caretas, respectivamente, la cual, cuenta Rojas, “pagaba trescientos pesos por cada cuento” (Hablo 13). Finalmente, la experiencia se resuelve, y reconfirma aquel primer hallazgo (“podía escribir cuentos”), con la publicación de Hombres del sur y Tonada de un transeúnte, por los que recibe también un pago.

El énfasis que hace en ella y la importancia que tiene para Rojas la dimensión económica de su iniciación a la escritura, nos habla con claridad de la forma en que la imagina. Por una parte está la necesidad efectiva, “la amenaza del hambre”, situación material que en cualquier caso le impediría sublimar la práctica de la escritura, abstrayéndola de sus condiciones de producción, validación y circulación. Sin embargo, no es solo esa condición de necesidad sino la imaginación de la labor de la escritura en el ámbito de la dimensión social del trabajo, que, como tal, llama a una retribución y sirve tanto para particularizar cierta imagen pública del individuo como para garantizar en términos muy concretos su subsistencia. De aquí que en el comentario a Lanchas en la bahía que incluye en su Antología autobiográfica Rojas se narre a sí mismo “mortificado” cuando, luego de la quiebra de la editorial, el editor le ofrece pagarle sus derechos en libros. Se imagina entonces como un panadero “a quien se le ofreciera pagarle en pan su trabajo” (Antología 72). Las condiciones de base del trabajo literario, enfatiza Rojas, no son excepcionales, son las condiciones materiales de cualquier oficio. Así, por ejemplo, cuando en 1960 se pregunta cómo llegó de sus primeros escritos (desastrosos, a su parecer) a ser incluido cinco años después en la antología de los Diez, la respuesta es clara y sucinta: “Escribiendo sin descanso y leyendo durante días enteros” (El árbol 41). Es decir, en el ejercicio concreto de esa cultura en las dos dimensiones de su práctica: el aprendizaje y la realización individual.

Así como no es excepcional tampoco es aislado el oficio que describe Rojas. En su mundo un sujeto siempre llama a otro, un relato inevitablemente se encadena con otro. Jaime Concha, leyendo “Imágenes de Buenos Aires - Barrio Boedo” en su ensayo “Los primeros cuentos de Manuel Rojas”, lo presenta de la siguiente forma:

‘Nazco, pero no tiene importancia’: esta frase, que se destaca en relieve, capta bien el espíritu de estas reminiscencias, determinando emblemáticamente, para todo el proyecto autobiográfico de Rojas, la presencia de un yo nunca central ni jerárquico ni excluyente (219).

No parece posible para Rojas imaginar una actividad creativa que no esté imbricada en un complejo tejido de relaciones humanas, de vidas y, por supuesto, de historias. La primera persona que alude Concha no solo existe siempre en relación con otros, sino pareciera que solo se hace posible su existencia en la medida que dichas relaciones ocurren. La historia de la influencia de su amigo, el poeta José Domingo Gómez Rojas, es también central en relato de su formación como escritor y, como la experiencia de los concursos, es relatado en los ensayos de 1960 y 1970, y evocado en el libro de 1962. Según cuenta Rojas, es su compañero Gómez Rojas quien tempranamente lo insta a dedicarse a la literatura. En el relato, sin reducir la importancia que tiene para él al suceso, Rojas considera necesario (en las dos ocasiones que lo narra) apuntar que no se trata de una experiencia excepcional, y especialmente a propósito de su persona. Esto porque el poeta, según cuenta, “tenía la manía o la virtud de aconsejar a sus amigos que se dedicaran a trabajos artísticos, tuvieran o no tuvieran disposiciones para ello o deseos de hacerlo” (Hablo 11). Es un evento decisivo y es decidora la manera en que se lo presenta. De igual manera que el trabajo necesita ingresar al dominio público y no mantenerse en una relación exclusiva del escritor con su obra, la práctica de la creación literaria, en la representación que Rojas hace de ella, no solo está intervenida por ese tejido humano colectivo, sino que se forma y desarrolla allí mismo.

Quizás el lugar donde esto es más evidente son los comentarios que hace de su obra en “Hablo de mis cuentos” y la Antología autobiográfica. Estos comentarios no son, ni se quieren, explicativos6; su función es, en cambio, la de enriquecer y densificar su obra añadiéndole de forma explícita otra dimensión: la de la práctica vital que los enmarca. Una parte importante de este encuadre tiene que ver con las reflexiones del “orfebre” que nos presenta Álvarez: qué buscaba, cómo intentó hacerlo, de qué recursos disponía y qué otros fueron surgiendo, qué confirmaciones y qué críticas aparecen con la distancia del tiempo. Otra parte es la reconstrucción de aquella red de vínculos interpersonales: el origen variado y heterogéneo de las mismas historias, y también las personas (amigos, familia) que acompañaron la escritura de los textos. La práctica creativa, parece indicarnos Rojas, no se puede entender sino como una actividad que siempre y necesariamente está vinculada a otros, en la lectura, la conversación, las andanzas, los relatos compartidos y re-narrados una y otra vez. Sobre este punto los ejemplos abundan: desde la función de la mujer de los duraznos en su iniciación a la lectura hasta el largo tributo a Máximo Jeria en la Antología autobiográfica (101-103), o, en “Hablo de mis cuentos” la rememoración del Negro Nieves quien, como destaca Rojas, “entre tantos otros amigos, contribuyó con una parte de su vida a mi carrera literaria” (18).

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