María José Barros - Manuel Rojas

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Este libro reúne dieciocho ensayos acerca de la obra de Manuel Rojas (1896-1973) escritos por una nueva generación de lectores y lectoras con interés en interrogar el proyecto literario y de vida del autor desde aproximaciones críticas originales y novedosas.
El oficio del escritor y las escenas de lectura, la representación de los espacios y el caminar, el diálogo con otras disciplinas artísticas y la cultura material, los posicionamientos de género y clase, son los ejes que articulan los escritos de este volumen y que nos invitan a revisitar la obra de Rojas prestando atención a sus narraciones más emblemáticas, pero también a aquellos textos menos conocidos que se vinculan con los géneros referenciales, la poesía, el teatro y la música. Pensado para un público amplio y diverso, esta publicación busca tensionar la imagen muchas veces infantilizada y neutralizada de la literatura rojiana.
Lo anterior se complementa con la incorporación de imágenes relacionadas con la vida y obra del escritor, tomadas del Archivo Manuel Rojas, y que ponen en escena una mirada más íntima y desconocida en torno a uno de los escritores chilenos más importantes del siglo XX.

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En ambos casos vemos que la caracterización de la escritura en Rojas como trabajo artesanal afirma dos características fundamentales: la dedicación experta al trabajo del material y la estructura que se construye, por una parte; y, por otra, una intensidad afectiva que enmarca aquella práctica experta en una experiencia vital. Esta vitalidad tiene relación con la vida y la práctica del autor, pero al mismo tiempo se expande más allá de su persona. Son también los estudiantes imaginados y reales, los lectores que busca alcanzar a través de la geografía y las generaciones; a la vez que se alimenta de ellos, en ellos se proyecta esta práctica y la vida que abre.

* * *

La recurrencia de la figura del escritor-artesano en los ejemplos anteriores y en tantos otros, se condice con una inflexión sostenida por el propio Rojas a lo largo de su vida intelectual, en la forma en que consistentemente se dirigió en general al trabajo, y en particular al suyo como escritor. Esta visión aparece primero en la obra de Rojas como negación, es decir, como aquello de lo que se priva en el trabajo explotado y entendido como servidumbre2. Muy tempranamente, y de forma germinal, la crítica aparece en el escrito “Orfebres”, publicado en 1914 en el periódico anarquista La Batalla. Se trata de un texto brevísimo, que negocia una prosa modernista con el ideario de las jóvenes vanguardias del siglo XX. “Hay orfebres y orfebres”, parte, pasando de inmediato a describir la labores del engaste, el burilado, el pulido y la confección de las más elaboradas joyas, que no obstante el trabajo de quien las elaboró, se descubren en un servicio siempre ajeno. “Hay orfebres y orfebres —continúa—. Los otros, ¿los conocéis?”, para entonces reconstruir la artesanía de la idea, de la figura y del alma libre, los “orfebres del ideal”. “Hay orfebres y orfebres —finaliza—. Aquellos: esclavos. Estos: libres. ¡Nosotros!” (Rojas Un joven 44-5). Más allá del cándido idealismo que sorprende en el texto, en él aparece por primera vez una conceptualización del trabajo, muy significativamente formulada a propósito de una labor artesanal, en la que se busca involucrar la creatividad intelectual como contrapunto, es cierto, pero también partícipe del problema. En efecto la creación es trabajo, por abstracto que aquí se lo represente; y no todo trabajo es libre, lo que para Rojas en ese momento conforma el significado mismo de lo humano.

Más de dos décadas después, siendo ya un autor reconocido por sus cuentos y habiendo publicado ensayos contundentes sobre creación literaria, retoma esta reflexión en el ensayo “La creación en el trabajo” (1937), incluido en el volumen De la poesía a la revolución (1938). En él, como ha destacado Grínor Rojo, la crítica que hace al trabajo industrial es cercana al desarrollo de Marx, en 1844, a propósito del trabajo enajenado3. Si en la formulación germinal del problema, aquello que se rendía era la libertad en un trabajo degradado a servidumbre; aquí es la creación la que resulta radicalmente expulsada, en la fragmentación del trabajo bajo el sistema industrial-capitalista. La caracterización que hace Rojas de esa potencia creativa trasciende aquí a artistas e intelectuales para habitar a la humanidad completa. “La creación —dice— no es una cualidad circunscrita a determinados hombres. Todo ser humano la contiene en sí” (De la poesía 113). Se trata, nuevamente, de la expresión misma de la humanidad en la dimensión material de su hacer. Al sustraerla de la actividad productiva, de la que el trabajador ya “no toma parte más que maquinal” (115) —en el pensamiento de Marx, al hacer ajeno al trabajador la actividad y el producto de su trabajo—, se aplastan no solo la serie de tradiciones productivas pre-modernas, sino el sentido humano del trabajo, y el sentido de lo humano en el trabajador. Para Rojas, el trabajo del obrero clásico, el artesano, se diferencia justamente en que gravita en torno a la creación que se desprende de la particularidad de cada obrero, y de la impresión que esta deja en aquello que se ha creado. Dice:

Toda creación necesita cultura en un sentido determinado, es decir, un dominio de aquellos elementos mentales o materiales que entrarán en su realización. El obrero que hace unos zapatos a medida o el que hace un mueble solicitado, necesita, para hacer esos zapatos o ese mueble, un conocimiento previo de las formas generales de los pies y de los zapatos, en el primer caso, y uno de las maderas y de los estilos en el segundo; nadie que no haya hecho un aprendizaje adecuado podrá hacer ninguna de las dos cosas. […] Para adquirir esa cultura es preciso estudiar o practicar, es decir, luchar. Toda creación es una lucha, así como también es un placer (De la poesía 114).

Suprime el trabajo industrial esa lucha y junto a ella la necesidad por la cultura particular del obrero, la necesidad por su creación. Al morir esta última, continúa Rojas, muere “con ella el amor a una labor que ya no es un fruto de la inteligencia ni de la cultura personal del que la hace” (De la poesía 115). Como en la reflexión de Marx, la enajenación del trabajador respecto del trabajo prontamente se vuelve sobre sí: al suprimirse lucha y creación se suprime simultáneamente placer y amor. Contrastando con el trabajo vitalizado al grado que puede continuarse por décadas, se expone un trabajo desafectado, vivo tan solo en la transacción, mecánica y precaria, de fuerza por salario y, por esto mismo, un trabajo que se prefigura aislado.

Hacia el final del ensayo, Rojas rescata de la negación una de las dimensiones de aquel trabajo artesanal y radica en ella la potencia de una transformación posible. Dice:

Pero si el proletariado supiera que no trabaja ya para un patrón, para un grupo o para una clase, sino para la colectividad, y que esta colectividad, de la que forma parte, está empeñada en construir, por ejemplo, un sistema social y económico más elevado que el actual, el trabajo ya no sería para él una carga: tendría algún sentido no puramente material, y por ese sentido se escaparía, transformado, aquel que siente en sí y que no puede desarrollar: el de la creación. Crearía, en otra forma, pero crearía (De la poesía 118).

Es notoria la distancia que toma en este punto respecto del pensamiento marxista, apartándose de la noción de clase, para proponer en cambio una idea de colectividad que acoja la actividad del individuo, necesidad estricta en el contexto de su formación anarquista. La salida se abre solo en la medida que el trabajo, de nuevo colectivo, recupera la dimensión afectiva y vinculante del oficio artesanal. Solo contando con ella se hace posible, para Rojas, el ingreso al trabajo industrial de una forma de “cultura” que, aunque transformada, dé paso a la creación. Aun siendo personal, ya en el obrero clásico esta suponía la impresión de una práctica individual en el marco de un conocimiento y de un oficio que trasciende al individuo pero no lo subsume, sino que lo vincula productivamente al colectivo que ha reconocido esos materiales y herramientas, que ha refinado y transformado las técnicas, y que lo ha iniciado, al artesano, en todas ellas. La transformación que sugiere Rojas, cuya realidad observa con desconfianza4, está anclada en la posibilidad de trasladar la creación, del oficio y producto específicos que materialmente se trabajan, al trabajo multitudinario que busca crear ese cuerpo social reconocido, colectivamente, como mejor. Una vez más, se trata de un movimiento que, para avanzar, necesita flectar el tiempo: volver a transitar y re-habitar ese tiempo pasado para abrir paso a formas posibles de futuro.

* * *

Volviendo a la creación literaria, la reflexión de 1937 deja expresada, aunque de forma indirecta, una pregunta a propósito de la creación artística que es crucial para comprender la forma en que Rojas la imagina en ese punto, y que cruza luego sus reflexiones en torno a la labor de la escritura literaria. Se trata de una pregunta por la excepcionalidad y por el lugar de lo común. En el imaginario que nos presenta no parece ser posible la creación sino en una coexistencia de ambas coordenadas. Sin duda la innovación es un valor palpable para Rojas. En los tres ensayos que publica sobre la literatura chilena5 en la década de los treinta, queda claro el rechazo que le genera la reiteración mecánica de escenarios, temas y tipos (el campo, las costumbres y el roto y el campesino, en este caso). La considera una expresión superficial porque carece de una mirada que los transforme en algo distinto de los moldes que inicialmente los incorporan a la literatura. Al mismo tiempo, no obstante, resultaría impostado sugerir que esto implicó en Rojas la defensa de la novedad radical que enarbolaron algunos grupos de vanguardia, de la creación ex nihilo y siempre fuera de la historia. La atención, la lectura voraz e involucrada de los mismos autores que critica en aquellos ensayos de los treinta (y los que siguieron) ya nos hablan de algo distinto. La excepcionalidad del artista, al menos de ese que reconoce Rojas en el obrero clásico, necesita de un territorio común: aun cuando el artesano busca hacer avanzar el oficio y en ese avance imprimir su seña individual, lo hace necesariamente en compañía de otros, y en territorio habitado.

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