—Es bastante.
—¡Pero aquí hay hombres que no se mueven desde hace varios años!
—Lo sé, pero no los envidio.
—¿Vagabundo, eh? (386).
Como se ha dicho un poco antes: “Caminar, vagar, es bueno, sobre todo cuando se hace algo” (358). Es esta la ley de valores de la tetralogía.
Y es así como Mejor que el vino se inicia con una escena nuevamente proustiana:
Aniceto ignora cómo principian los días para los demás seres e ignora también cómo principian para él. Sabe apenas cómo terminan. Y al hablar del principio de los días no nos referimos al hecho sideral, inexistente para el que duerme, sino al día como acontecimiento civil y a la forma en que se hace presente en la conciencia del que al emerger del sueño se encuentra con un nuevo y vacío espacio de tiempo (395).42
Solo que aquí está invertida la lógica del francés, pues no se trata del espacio del que se duerme sino de “como entra el hombre en el día y como el día en el hombre” (396), pero sobre todo porque en ella el durmiente no está en una casa o en un hotel, sino porque se encuentra en un espacio trashumante, donde todo se mueve, un barco, para seguir adelante: “La gente no descansa, a pesar de que mucha gente está ya hecha, y si no descansa la gente tampoco descansa el mundo” (401).
Sol y viento, mar y cielo son, dice Cedomil Goic, “la suma simbólica de la libertad” (157), que aparece de manera recurrente en Hijo de ladrón, en oposición a situaciones de encierro y limitación: “De pronto terminó el muro y apareció el mar” (109). Como en el cuadrado de bordes entrecortados del final de Los detectives salvajes de Bolaño, la ventana que Aniceto quiere pintar puede entenderse como una imagen de la novela de la intemperie y de lo abierto, que trabaja contra la tradición de la casa y del origen, de lo enclaustrado y de la búsqueda del poder, y que carece de un cierre, ya que “[t]odo está por hacerse, incluso el hombre, y alguien tiene que hacerlo, aunque sea de a poco y a tropezones” (Mejor 401).
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