María José Barros - Manuel Rojas

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Este libro reúne dieciocho ensayos acerca de la obra de Manuel Rojas (1896-1973) escritos por una nueva generación de lectores y lectoras con interés en interrogar el proyecto literario y de vida del autor desde aproximaciones críticas originales y novedosas.
El oficio del escritor y las escenas de lectura, la representación de los espacios y el caminar, el diálogo con otras disciplinas artísticas y la cultura material, los posicionamientos de género y clase, son los ejes que articulan los escritos de este volumen y que nos invitan a revisitar la obra de Rojas prestando atención a sus narraciones más emblemáticas, pero también a aquellos textos menos conocidos que se vinculan con los géneros referenciales, la poesía, el teatro y la música. Pensado para un público amplio y diverso, esta publicación busca tensionar la imagen muchas veces infantilizada y neutralizada de la literatura rojiana.
Lo anterior se complementa con la incorporación de imágenes relacionadas con la vida y obra del escritor, tomadas del Archivo Manuel Rojas, y que ponen en escena una mirada más íntima y desconocida en torno a uno de los escritores chilenos más importantes del siglo XX.

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Para reflexionar sobre la recepción de Ortega en Chile, hay que recordar que el mismo año 1925 aparecen los manifiestos de Huidobro y diez años más tarde, el nerudiano “Sobre una poesía sin pureza”. La crítica chilena vio rápidamente en Huidobro al promotor de un arte nuevo “deshumanizado”, en concordancia con lo planteado por Ortega, mientras en Neruda mantenía su esperanza de construir un arte humanizado, cercano a los problemas del ‘hombre real’. También en la Antología de poesía chilena nueva, de 1935, se encuentran manifestaciones de la recepción negativa de Ortega entre los poetas chilenos, sobre todo referida a la idea de la intrascendencia del arte, cuestión que no me parece que sea tan central en el texto orteguiano. Como he señalado en otro lugar, la propuesta de leer el arte de vanguardia como un arte deshumanizado tuvo una escasa y compleja valoración positiva, advertible, por ejemplo, en las palabras de Miguel Serrano, en 1938, para referirse a Diez de Juan Emar, libro que merece atención —dice—, porque hay en él un arte que es “completamente original”, “moderno” y “natural”, pues lo moderno del arte es haber puesto su naturalidad fuera de la vida, tal como lo han hecho la física y las matemáticas, que “con Einstein se deshumanizan casi totalmente” (2).

Dentro del sustento histórico-literario que tiene este debate, también es necesario recordar la polémica entre criollistas e imaginistas que se produce en 1928 y que fue sustentada por escritores y por críticos en varios medios de prensa. Los escritores imaginistas publican sus artículos preferentemente en La Nación; en ellos defienden una literatura que llaman de “imaginación” en oposición a la literatura realista, entendida en ese momento como sinónimo de criollista. Por su parte, los críticos que rechazan el llamado imaginismo publican sobre todo en El diario ilustrado, y desde esa tribuna acusan a los escritores de practicar un arte desprovisto de valores humanos. Un asunto que nos interesa de esta polémica es que si bien Manuel Rojas no participó en ella, fue puesto en el debate por los críticos que veían en su obra una manifestación de lo que ellos exigían a la literatura de ese entonces y, por extensión, a los imaginistas. En este contexto, es importante tener en cuenta lo que a esa fecha se conocía de la obra Rojas: un par de libros de poemas, dos libros de cuentos, una novela-folletín, y algunos cuentos sueltos20.

Reviso ahora los términos de la polémica que importan para este análisis. El crítico Manuel Vega escribe un comentario, publicado el 1º de octubre de 1928, en El diario ilustrado, sobre el libro de cuentos de Luis Enrique Délano, La niña de la prisión. En él declara que estos cuentos son “juegos malabares de la imaginación escritos en el aire, sin consistencia ni sentido humano” (Oelker 104). Para contrastar, menciona a varios escritores chilenos. Cito:

El cuento nacional ha tenido y tiene excelentes cultivadores, Guillermo Labarca Hubertson, Federico Gana, Mariano Latorre, Manuel Rojas, Rafael Maluenda, Marta Brunet, todos estos escritores y otros más, cuando escriben, vigorizan la visión de la humanidad con el encanto y sugestión de la fantasía. Unos tienden hacia la psicología y van hacia los conflictos de las almas, otros se detienen en la majestad del paisaje y construyen bellísimos panoramas, pero en todos ellos el resorte humano, el sentido humano, la emoción humana es lo fundamental (Oelker 105).

Instalado así el centro de la polémica en la cuestión del humanismo en supuesta armonía con la imaginación, veremos que rápidamente el grupo de cuentistas nombrados se decanta en un solo nombre, el de Rojas, que se convierte en una especie de caballo de batalla de ambas posturas. En un artículo que responde al recién citado de Vega, titulado “Valores humanos en la novela. (A propósito de La niña de la prisión)” (La Nación, Santiago, 7 de octubre de 1928), Salvador Reyes hace referencia específica al párrafo citado: “Dice Vega también que aquí hemos tenido cultivadores del cuento que ‘vigorizan la visión de la realidad con el encanto y sugestión de la fantasía’. Puede ser. Yo, a excepción de Manuel Rojas, y ahora de Délano, no conozco ninguno. Entendamos por fantasía algo que escape a la realidad inmediata de la vida y no una trama ideada con elementos corrientes en lo cotidiano” (Oelker 107).

Si se observa bien, Reyes enfoca ahora su atención no en la cuestión del humanismo, como había hecho en otros artículos, sino en la búsqueda de un consenso en torno al significado y alcance de lo que se está nombrando como fantasía. Pero Vega, en un artículo posterior, y en una extraña manera de defender a Rojas, opta por rechazar los términos en que Reyes define el vocablo fantasía y —de paso y quizás inadvertidamente— niega a Rojas la cualidad de escritor capaz de armonizar el humanismo con la fantasía. Cito:

[…] Manuel Rojas, vagabundo real, aventurero de carne y hueso y autor de muy bellos cuentos humanos, dolorosos, no ha escrito jamás sobre asuntos que sean simplemente inventados. La mayoría de sus argumentos provienen de hechos corrientes en lo cotidiano que el novelista ha leído o que le han referido. González Vera, amigo y compañero de Manuel Rojas […] se refería no ha mucho, en cierta conversación de escritores, a la curiosa falta de imaginación de Manuel Rojas, que no inventa nada, porque construye sus cuentos admirables ayudado de grandes anécdotas que le han referido o de recuerdos que conserva de su existencia de vagabundo (Oelker 109).

¿Qué ha pasado aquí? Salvador Reyes no deja de percibirlo, pues hace notar la falta de sustancia de esta defensa de Rojas, y en un próximo artículo, titulado “Imaginación y realismo. Contestación a un crítico” (La Nación, Santiago, 15 de octubre de 1928), señala: “[…] Si el cuento “Un espíritu inquieto” y la novela La ciudad de los Césares de Rojas, no son obras de imaginación, quiere decir que ni Vega ni yo sabemos lo que es imaginación” (Oelker 111).

En el que será el último artículo escrito por los dos polemistas principales, Vega, bajo el título “Los libros: Imaginación y realismo (Respuesta a Salvador Reyes)” (El Diario ilustrado, Santiago, 22 de octubre de 1928), vuelve a unir a Rojas con otros escritores chilenos en un listado parecido al anterior, solo que esta vez omite a Marta Brunet y a Guillermo Labarca, y agrega a Baldomero Lillo, Joaquín Edwards Bello y Fernando Santiván. A juicio de Vega, “Baldomero Lillo, Federico Gana, Joaquín Edwards Bello, Mariano Latorre, Fernando Santiván, Rafael Maluenda, Manuel Rojas, [son] forjadores todos de bellas páginas, reales, humanas, esmaltadas de honda poesía. Ellos hablan al corazón de todos nosotros y se hacen oír, porque representan la voz de la tierra, de nuestra tierra, humanizada al través de sus ensueños de artistas” (Oelker 117).

Teniendo como base esta polémica, de la que podemos extraer como términos no excluyentes el autobiografismo y el humanismo de Rojas, pero como excluyentes la imaginación y el autobiografismo, en el decir de algún criollista, lo que quiero abordar ahora, como un tercer momento de este trabajo es que junto con la tendencia autobiográfica, Rojas tenía una idea muy clara de cómo debía construirse al personaje y de la imagen que este debía dar de vitalidad humana. Lo primero, es decir, la imaginación de escritor, le daría la razón a los imaginistas; lo segundo, a los defensores del criollismo. Lo que ocurre aquí es que autobiografismo e imaginación convergen para dar a la obra literaria consistencia humana.

En efecto, en varios de sus ensayos escritos entre 1929 y 1937, recogidos en el libro De la poesía a la revolución, Rojas se refiere a que lo humano sería el contenido más importante de la representación literaria y, en ese sentido, su poética es explícitamente mimética. Quizás sea por esta cercanía entre su postura y la de quienes defendían el criollismo que algunos críticos confundieron el realismo de Rojas con el de la escuela criollista, olvidando que la escritura de Rojas, la composición discursiva, es totalmente contemporánea y se distancia del criollismo, entre otras cosas, en la pretendida objetividad de la observación que acomete el narrador. Esta distancia se expresa sobre todo en el juego de las subjetividades expresadas en las enunciaciones de los personajes.

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