Sònia Borràs - 365 días para cambiar

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Elise era una chica con una vida como la de cualquier otra persona de dieciocho años. Tenía todo lo que podía desear, era estudiosa, todos sus seres queridos estaban a su lado… Lo tenía todo, pero aun así no era feliz, y muchas cosas tuvieron que ocurrir para que cambiara su forma de vivir.
Un accidente muy grave, la pérdida de un ser querido y el querer avanzar y ser fuerte hicieron que durante ese año su vida cambiara día tras día.

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—Tú también lo conseguirás. Pronto te darán el alta, ¿no? —pregunta, pero no sé qué responder, tengo tan pocas certezas...

—He mejorado, me han hecho pruebas para comprobar que nada estuviera dañado internamente, parece ser que estoy aquí nada más por la rehabilitación, pero a la espera de que me digan que puedo irme solo me queda esperar y confiar en que en unos días tal vez me vaya… —«o eso quiero creer», añado interiormente.

—¿Y entonces, no verás más a mi hermano? —cuestiona con cierto deje de burla.

—Le seguiré viendo, porque aunque me den el alta duran­te un año seguiré haciendo rehabilitación en el hospital.

—Ya me imaginaba que no lo dejarías de ver —contesta con la mirada perdida entre las baldosas del suelo.

—Debo irme, y bien, supongo que ya sabes que te quiero… —en el momento en que aquellas palabras se escapan me sonrojo y me arrepiento mil veces de lo que he dicho. Mi sub­consciente me ha traicionado y ahora se burla de mí mientras busca excusas con las que arreglar mis palabras, pero no las encuentra. Bien, Elise, siempre destrozando buenos momen­tos. No hago caso a aquella voz en mi cabeza, porque lo único que he dicho ha sido lo que siento, y es que sin saber cómo ni por qué se ha convertido en alguien muy preciado para mí.

Me apresuro a decir:—Lo siento, yo… no debería haber dicho eso, no sé qué me ha pasado —digo mientras río de una forma nerviosa.

—No pasa nada, Elise, de todas maneras, somos amigos, ¿dónde está el problema? —suspiro al comprobar que se lo ha tomado bien.

—Sí lo somos, pero aun así se me hace extraño mostrar mis sentimientos a mis amigos, no acostumbro a ser así. En lo que a sentimientos se refiere muchas veces no digo ni una sola palabra —manifiesto un poco inquieta, y cuando termi­no de hablar me voy de la habitación.

Distraída, llego a la cafetería, donde veo a mis amigos, que están sentados hablando.

Clara me ve enseguida y se lanza a abrazarme. Me mira con los ojos anegados en lágrimas, se ha quedado completamente muda. Sabía que ocurriría, pues el estado en el que estoy im­presiona; así que no me queda otra que ser yo la que hable.

—Sabéis que nunca he sido una buena corredora, pero ahora con la silla, no tengo excusa para no hacer deporte —digo para romper el hielo. Clara sale de estado de shock y aún sin dejar de abrazarme me pregunta cómo estoy.

Los demás se han quedado a cierta distancia, inquietos y a la vez asombrados de verme, y es que no parezco la Elise que en su día conocieron y que vieron en la fiesta. No les culpo de su estado de incertidumbre. Desde que han llegado me han empezado a hacer una infinidad de preguntas. ¿Te duele algo? ¿Te encuentras bien? ¿Cómo son los días en el hospital? ¿Has conocido a alguien? ¿Cuándo te irás? Y así las preguntas no tienen fin. Ha sido un poco abrumador responder a todas las preguntas que me han hecho, pero era de esperar teniendo en cuenta que se han preocupado por mí.

—Elise, a pesar de todo déjame decirte que estás preciosa —me dice Pol cuando hablamos después de un rato.

—Tras el accidente estás muy cambiada, te veo… Puede que me equivoque, pero te noto diferente, ¿renovada? —dice Clara—. Pensaba que te encontraría con una expresión triste y aquí estás con una radiante sonrisa y con muchas ganas de cambiar y luchar.

—Esta vez no me han dado opción para cambiar —digo—. Tenía dos caminos: empezar de nuevo a vivir de una manera diferente de la que estaba acostumbrada o no salir de depre­siones… Sin duda, deprimirme, en estos momentos, no es lo que necesito.

—Es como si de repente hubieses madurado, ¿dónde está la Elise que se preocupaba por qué ropa usar? —pregunta Clara al mismo tiempo en que me hace recordar días vividos en los que no paraba de pensar en maquillaje, chicos y fiestas. Los temas más recurrentes y por lo visto importantes y esen­ciales en mi vida. Algo que ahora es otro mundo para mí y me resulta completamente ajeno.

—He aprendido qué es lo más importante —respondo con franqueza.

Después de hablar sobre cómo ocurrió el accidente y demás, hablo de un tema que no tengo resuelto y sobre el cual no paro de pensar.

—Aún no he pensado en cómo volveré a estudiar —afirmo a la vez que me asaltan muchas dudas.

—Acabas de salir de los que probablemente hayan sido los peores días de tu vida y entre todos los temas posibles… ¿Pre­guntas qué harás para volver a estudiar? ¡Estás bromeando! —exclama Pol, incrédulo.

—Está bien pensar en cosas que no son tan serias como mi estado, siempre estoy obcecada pensando en los últimos giros de mi vida, y es bueno tener la mente ocupada en otras preguntas —digo—. Además, en un abrir y cerrar de ojos me encontraré en la universidad y las dudas se amontonan en mi cabeza.

—Yo me preocuparía más por ponerme bien y dejaría de sufrir por otros temas que tienen solución —opina.

—Sé lo que quieres decir, pero pensar en mi recuperación ya me ha supuesto demasiados quebraderos de cabeza y tam­bién me ha hecho llorar demasiadas veces.

Les acompaño hacia el pasillo donde están los ascensores y me despido de ellos. Agradezco su visita, porque me han de­mostrado que pueden estar acompañándome en momentos en los que toda ayuda posible es algo muy importante.

—Me siento muy feliz al ver que, a pesar de todo, aún te quedan sonrisas por ofrecer —me dice Pol antes de que las puertas metálicas del ascensor se cierren—. Te queremos mucho, jamás lo olvides.

Al regresar a la habitación me encuentro con mi madre cruzada de brazos, y aunque está cabizbaja adivino una ex­presión de sufrimiento indescriptible. Es entonces cuando mil cosas terribles pasan por mi mente, pero lo primero que consigo articular es:

—Mamá, ¿qué ha pasado?

Ve con él

—Mamá, dime la verdad —exijo cuando después de varios minutos de evitarme el contacto visual me mira con los ojos vidriosos.

—Es tu padre… —empieza a decir, pero no la dejo termi­nar, sé que algo malo ha pasado.

—¡¿Ha muerto?! —digo por impulso, mientras las alarmas en mi cabeza se encienden y me impiden pensar con claridad.

—¡No! —dice de inmediato y se levanta bruscamente de la silla—. Ha tenido otro ataque al corazón —anuncia intentan­do calmarse—. Ayer estuvo todo el día ingresado, pero ahora mismo está estabilizado y los médicos creen que ha pasado el peligro.

—Entonces, ¿qué estás haciendo aquí? ¿No deberías estar a su lado? —digo alzando demasiado el tono de voz.

—No puedo hacer nada más por él… —se reprende a sí misma con una tristeza que me transmite con cada palabra.

—Puedes acompañarle —sugiero, pero al ver la mirada helada que me dirige pienso que debería callar.

—¿Y qué hay de ti? ¿Quieres quedarte sola? —pregunta sin haber salido aún de su estado de conmoción.

—En realidad, no estoy sola —ciertamente, no estoy acompañada a todas horas, pero me encuentro rodeada de las personas con quienes quiero estar—. Estaré bien —añado con un tono de voz un poco más suave—. Tengo dieciocho años y no deberías preocuparte por mí, al menos no ahora mismo —le digo intentando tranquilizarla.

Segundos más tarde, me arrepiento de haberle gritado porque en el fondo solo me siento dolida, porque me han pasado demasiadas cosas y al mismo tiempo no sé cuánto más aguantaré por un camino en el que no tengo tiempo de levantarme y ya me encuentro de nuevo en el suelo.

—Ve con él, mamá —digo más calmada—. Es lo único que puedo decirte, él te necesita. No es la primera vez que le ocurre y sabemos que tampoco será la última, pero pienso que debes estar ahí para ayudarle.

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