Sònia Borràs - 365 días para cambiar

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Elise era una chica con una vida como la de cualquier otra persona de dieciocho años. Tenía todo lo que podía desear, era estudiosa, todos sus seres queridos estaban a su lado… Lo tenía todo, pero aun así no era feliz, y muchas cosas tuvieron que ocurrir para que cambiara su forma de vivir.
Un accidente muy grave, la pérdida de un ser querido y el querer avanzar y ser fuerte hicieron que durante ese año su vida cambiara día tras día.

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Me dirijo al pasillo, pero con la silla de ruedas necesito que alguien me ayude a subir y bajar del ascensor, así que por el momento me cuesta desplazarme con libertad.

Me encamino hacia la calle y en cuanto el aire fresco entra en mis pulmones me siento como si fuese la primera vez que respiro. En cierto modo, es cierto, porque es la primera vez que me desahogo de ese ambiente estéril y con olor a antisép­tico en el que he permanecido durante días.

Ante el simple acto, no puedo evitar mirar hacia el cielo y sonreír. Mi madre frena la silla de ruedas y toma asiento a mi lado, en un banco de piedra.

—¿Sabes, Elise? —dice mirando hacia las pocas nubes que flotan por el firmamento en el que es un día despejado y soleado—. Después del accidente pensé que estarías destro­zada, que no saldrías de la habitación y terminarías hundién­dote en la parte más apagada de tu vida. Sin embargo, estás luchando para que tu vida sea parecida a la de antes. Y solo por ello los médicos están asombrados por tu recuperación y yo directamente no lo creo.

—No pienso quedarme en un rincón llorando por todo lo que ha pasado y pensando ¡ay, pobre de mí! —digo con drama—. Tal vez debía pasar todo esto para que me diera cuenta de que incluso teniéndolo todo no era feliz. La vida te hace aprender por medio de lecciones muy duras que te acaban haciendo más fuerte o bien te destruyen —reflexiono en voz alta.

—¿Dónde estás, Elise? —pregunta mirando a su alrede­dor—. Esta chica con su nombre y su mismo aspecto que está en estos instantes a mi lado no parece mi hija. Has cambiado mucho tu forma de vivir, y es solo el comienzo —dice con un brillo en sus ojos de color café.

—Tengo un año para cambiar, me he puesto ese objetivo. Este año intentaré llegar a ser feliz, haré lo que sea necesa­rio con tal de lograrlo, solo por el hecho de luchar por lo que merece la pena.

Nos quedamos bajo el sol unos minutos más, los rayos me deslumbran cegándome los ojos durante unos segundos. Miro hacia la gente que hay cerca de nosotras, los niños juegan en la plazoleta y algunas madres leen, otras miran concentradas hacia sus móviles, pero la mayoría miran con ojos ilusionados hacia sus pequeños.

Hacía demasiado tiempo que no salía. En silencio, me prometo a mí misma que cada día encontraré un momento para salir a la calle.

Los minutos pasan y estamos en silencio, no queda más por decir que no se haya dicho ya. Mi madre está perpleja por mi actitud y yo estoy sorprendida al ver cómo las tragedias cambian a las personas, y a pesar de que a veces las dejan aba­tidas también las pueden hacer más fuertes.

A mi lado

Despierto temprano, antes que Drew, y miro por la ven­tana. Las frecuentes pesadillas a las que me enfrento me atormentan y me hacen abandonar el sueño en medio de la noche. Esta vez he soñado que perdía a personas muy valiosas en mi vida, y lo peor era que no lo podía evitar. Veía morir a seres queridos de mi familia, y lo más doloroso es que yo estaba atada a una silla para no poder hacer nada. He sentido cómo la impotencia reinaba en mi interior. En estos momen­tos cierro los ojos con fuerza, sé con certeza que los tengo de color rojo, ya que he llorado en sueños. No es la primera vez que ocurre.

Miro el reloj de pulsera que está sobre la mesita de noche, y solo son los seis de la mañana. Podría volver a dormir, pero sé que no volveré a conciliar el sueño, así que me quedo mi­rando cómo amanece un nuevo día al otro lado de la ventana.

Todo está en la más absoluta calma, solo escucho el sonido de mi respiración y bastante cerca de mí el de Drew. Me gus­taría que, en mi mente, los pensamientos también estuviesen en reposo.

Reviso el móvil, es muy temprano para hablar con Clara. Alcanzo mi libreta donde cada día escribo, antes o después de ir a rehabilitación. Leo algunas de las pequeñas reflexiones de unos párrafos, una página o a veces más, y es aquí cuando, con cada página que releo, voy viendo mi evolución. Paso las páginas y veo que lentamente he ido consiguiendo pequeños logros, pero que para mí suponen grandes avances, y no solo he seguido adelante con los entrenamientos, sino también —y lo que quizás es más importante— con la actitud. Cada día me he sentido de una manera distinta. Algunos días en las nubes, otros bajo tierra. Simplemente hay días de todos los colores habidos y por haber. El sol amanece cada día, pero las nubes son diferentes. Soy el sol y mis sentimientos son las nubes, y cada día el escenario a mi alrededor se presenta de una forma distinta.

Voy al baño, con la silla de ruedas, no alcanzo a mirarme al espejo, pero con toda la fuerza que tengo en los brazos logro dar un paso más allá al incorporarme para llegar al espejo. El reflejo que me muestra de la chica que veo allí ha cambiado tanto en las últimas semanas… «¿Quién es?, ¿cómo se llama?», me pregunto. La gente que viene a visitarme a menudo piensa que tienen a una persona muy diferente delante, pero ahora me doy cuenta de que he debido de cambiar mucho para no reconocerme ni a mí misma. Mis ojos verdes han recupera­do su brillo y su intensidad, desprenden una magia que hace unos días no tenían. Se veían tristes y apagados, a pesar de que los resaltaba con maquillaje. Ahora brillan solos, no ne­cesito nada más que una sonrisa para conseguir que se ilu­minen. Paso mi mano por el cabello, hace muchos días que no lo aliso, de modo que cae en finas ondas por mi espalda y lo aprecio de un tono más oscuro, parece de color azabache. El contraste entre mi pelo y mis ojos nunca había sido más evidente.

Esta mañana estoy emocionada porque vendrán a verme mis amigos. Durante los días que no les he visto les he echado en falta. No sé cómo reaccionarán cuando me vean en la silla de ruedas, siendo el reflejo de la chica que por última vez estuvo estudiando en la biblioteca hace apenas algunos días. A la vez, no me preocupa su reacción, sé que me quieren y seguirán a mi lado bajo cualquier circunstancia.

Busco mi neceser en el pequeño armario que hay en el lavabo, pero finalmente no me maquillo. Me peino y me pongo una camiseta limpia. Salgo del baño y me encuentro con la atenta mirada de Drew, que ya ha despertado.

—Buenos días, ¿has estado toda la noche despierta? —pregunta, consciente de que durante los días en los que las pesadillas plagan mis sueños me doy por vencida y paso lo que queda de la noche con el móvil.

—Solo me he despertado cuando he tenido otra pesadilla, nada importante —le respondo intentando restar importan­cia al asunto.

—¿Por qué las tienes? Quiero decir, ¿hay algo que te preo­cupe? —me pregunta—. Cuando lo explicas, a veces, te sien­tes mejor —bosteza y me mira con ojos soñolientos.

—Tengo pesadillas sobre cosas que no me gustaría que pasasen o por las cuales muestro cierto temor. La verdad es que no me encuentro cómoda hablando de ellas. Aunque si lo pienso bien, me doy cuenta de que no son nada importan­te teniendo en cuenta que he perdido bastantes cosas signi­ficativas para mí en poco tiempo, y ahora mismo no siento temor alguno a que me quiten nada más. Tan solo necesito seguir adelante —digo y me doy cuenta de que al explicar cómo me siento una ligera carga ha desaparecido de mí—. Y tú, ¿cómo estás? —le digo animada para pasar a confesar en un tono más vacío la tristeza—: Me quedaré sola en la habitación…

—Estoy seguro de que estarás en buena compañía —me dice con muchos sentimientos encontrados en su voz—. Me siento feliz por irme, pero aún me queda otra prueba, no me puedo sentir como si hoy me dieran el alta, porque sé que no será así. Mañana, tal vez…

—Pero por el momento has conseguido lo más difícil, que era la recuperación —completo la oración. Asiente y me mira durante unos segundos, como si meditara lo que dirá.

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