Sònia Borràs - 365 días para cambiar

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Elise era una chica con una vida como la de cualquier otra persona de dieciocho años. Tenía todo lo que podía desear, era estudiosa, todos sus seres queridos estaban a su lado… Lo tenía todo, pero aun así no era feliz, y muchas cosas tuvieron que ocurrir para que cambiara su forma de vivir.
Un accidente muy grave, la pérdida de un ser querido y el querer avanzar y ser fuerte hicieron que durante ese año su vida cambiara día tras día.

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—La edad no importa cuando se ama. Es la lección número uno de mi libro personal imaginario del amor —sonrío mien­tras por unos instantes me dedico a soñar en todas aquellas historias de amor en las que pese a todas las barreras siempre hay algo que prevalece por encima de cualquier dificultad, y eso es el amor, el verte reflejado en los ojos de la otra persona mientras sabes que lo que ambos sentís es real—. No sé por qué te empeñas en que me gusta Diego, cuando de momento no ha ocurrido nada, y tampoco sucederá.

—Aún no, pero quién sabe… —responde con una breve sonrisa. Suspiro dándole la espalda mientras finjo que estoy entretenida con el ordenador, pero lo cierto es que solo estoy mirando el escritorio y las carpetas que hay mientras pienso que algún día debería ponerlo en orden. Sin embargo, Drew no parece contentarse con la conversación y para él no ha ter­minado aquí, así que sigue hablando.

—Siento que estáis hechos el uno para el otro, sé que suena muy a tópico, pero no deja de ser la verdad —dice—. A fin de cuentas, piensa que tienes un año para definir tus sentimientos hacia él, y si no siempre puede surgir alguna amistad —después calla algunos segundos y continúa—. Por cierto, desde que te he conocido me ha estado rondando una pregunta que no te he hecho para no incomodarte, pero creo que puede ser de interés. ¿Tienes novio?

—No, ya hace tiempo que lo dejé… —digo recordando—. Cuando el amor se convierte en sufrimiento debes abando­narlo, ¿verdad? —asiente con la cabeza y sonríe.

—Hoy estás muy filosófica hablando, ¿o solo lo noto yo? —me dice riendo para pasar a adoptar una expresión más grave—. Cuando algo te daña puedes escoger qué hacer, seguir haciéndote daño y mintiéndote diciendo que estás bien o, por el contrario, dejarlo antes de que salgas más herido.Miro el reloj y me doy cuenta de que ha llegado la hora de irme a rehabilitación.

—Será mejor que terminemos aquí la conversación filo­sófica del día. Me están esperando —digo y sin saber por qué, sonrío.

—¿Te está esperando mi hermano? —pregunta aun cono­ciendo la respuesta.

—¿Quién podría ser? —le digo—. Suerte con la prueba, ya verás como todo habrá ido bien. —Antes de irme de la ha­bitación, por impulso, le abrazo y percibo que se sonroja. Al darnos cuenta de la situación, nos echamos a reír, y son estos momentos los que sé qué más echaré de menos de él, y enton­ces entiendo que lo que más me faltará es el poder sonreír por cualquier gesto, porque mientras ríes te olvidas de todo.

Cada vez que salgo de la habitación, las enfermeras me miran sonriendo, porque no se creen que a estas alturas aún no esté llorando. Pero lo que no saben es que esa actitud no es una opción viable en estos momentos.

Al llegar al gimnasio, me encuentro con una chica joven que me indica que Diego no está. Me informa de que se encontraba mal y, por lo tanto, no había podido ir, así que me quedo sola en medio del gimnasio, haciendo los últimos ejercicios que he aprendido. Debo admitir que durante los primeros minutos me he sentido vacía, aunque no quería re­conocerlo, no obstante, a medida que va pasando el tiempo me resulta bastante sencillo olvidarme de Diego y pasar a pensar principalmente en cuál es el propósito de la rehabili­tación. Es cuando entiendo que se trata de mi salud cuando retomo los ejercicios con más fuerza y determinación. La hora hubiera podido transcurrir bien, de no haber sido porque me he hecho daño en algunos estiramientos y he tenido que reprimir las ganas de gritar de dolor, pero sobre todo de frustración.

Al llegar a la habitación, me encuentro que no hay nadie, y supongo que Drew aún no habrá llegado de la prueba. Du­rante unos minutos la soledad que he sentido en el gimnasio me vuelve a invadir. Mis padres todavía no han llegado, y a di­ferencia de los primeros días, las tornas se han cambiado y es ahora cuando lo que más detesto es estar sola, porque empie­zo a pensar en el accidente, en todos los cambios, en qué será de mí y el resultado de todo ello es consumirme en una espiral de negatividad que lo único que me aporta son lágrimas más amargas, que saldrían con fuerza de no ser porque ya no me quedan. Han sido demasiadas las situaciones que me han sido planteadas y que he debido encarar en poco tiempo. Todo ha pasado tan rápido, a un ritmo tan vertiginoso, que aún no he logrado asimilarlo. La vida, una vez más, me quería aleccio­nar de una manera impactante y chocante, pero era lo que sin saberlo necesitaba: Todo puede cambiar de un segundo a otro y, por qué no, también puedes pasar de tenerlo todo resuelto a quedarte sin nada.

Hace apenas unos días, si me hubiesen pedido que dijera cómo era mi vida, hubiese dicho que era tranquila, sin dema­siados sobresaltos que no se pudieran llevar. Estaba inquieta y al mismo tiempo ilusionada por los desafíos que se me plan­teaban, como lo era el concierto al que no pude ir. También, como cualquier persona de mi edad, tenía muchos planes futuros —sin importarme cuán posibles eran o cuál sería el desenlace—, y vi que estos podían ser destruidos rápidamen­te como si se los llevase el viento. Pero si lo pienso un poco, llego a la siguiente pregunta que se remonta hacia antes de que ocurriera el accidente: ¿Era feliz? Sé la respuesta. Poseía todo lo que deseaba y quejarme era simplemente irrazonable; a pesar de todo, no sentía ninguna ilusión por vivir y muchas veces pensaba que no me importaría abandonarlo todo. Era terriblemente inconformista sin tener razones para serlo. Es ahora, viendo el antes y el después del accidente que me ha quitado la movilidad por un tiempo indefinido, cuando me enfrento a un cambio de mi percepción de lo que es la vida y de cómo la vivimos. He tenido que pasar por distintos obstá­culos para comprender que en un pasado fui bastante desa­gradecida, y ahora que empiezo de cero lo entiendo y me doy cuenta de muchas realidades que no había querido mirar.

Cuando la gente está a tu lado, en el caso de los padres y los amigos, y la gente cree en ti, pero sobre todo tú sabes que todo lo que te propongas con más o con menos esfuerzo lo puedes llegar a lograr, ¿hay algún motivo por no encontrar razones más que de sobras por las que despertarse con una sonrisa en el rostro? Solo mis padres sabían que aun sin tener motivos para estarlo, me encontraba gran parte del día de­caída, y mis ánimos cuando algo no iba según lo previsto de­caían rápidamente. Me esforzaba por sonreír delante de mis amigos, de fingir que era feliz, pero solo mis padres sabían qué se ocultaba tras una aparente sonrisa. No ha sido hasta el extremo en que he estado a punto de perder la vida cuando he entendido que tenía muchos motivos por los cuales sonreír, para ser feliz… Pero aun así, no lo era. ¿Qué más necesitaba? Me formulo la pregunta, pero por mucho que lo pienso, no sé encontrar la respuesta.

Cada segundo que paso aquí, entre estas paredes oscuras y frías, el ambiente invisiblemente me oprime un poco más. Quiero salir a la calle, ver el sol y las nubes, y volver a sentir el aire en mi rostro. Llevo más de dos semanas encerrada en el hospital y me he sentido tan preocupada por todo lo que ha pasado que he llegado a olvidarme de acciones tan banales como el hecho de salir y respirar el aire fuera de la habitación número 154.

Cuando una hora más tarde llega mi madre, no lo pienso demasiado cuando le digo que me acompañe a la calle.

—¿Por qué quieres ir? —se muestra desconcertada y puedo entender que se sienta así, mi reacción ante su llegada no es exactamente lo que esperaba. Aun así, una parte de mí creía que lo diría alegre, esperanzada y feliz de ver que esos días oscuros por fin tocaban a su fin.

—Necesito volver a respirar o perderé la cabeza. Llevo muchas horas aquí, y cada vez la habitación se encoje más, o así me lo parece.

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