Sònia Borràs - 365 días para cambiar

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Elise era una chica con una vida como la de cualquier otra persona de dieciocho años. Tenía todo lo que podía desear, era estudiosa, todos sus seres queridos estaban a su lado… Lo tenía todo, pero aun así no era feliz, y muchas cosas tuvieron que ocurrir para que cambiara su forma de vivir.
Un accidente muy grave, la pérdida de un ser querido y el querer avanzar y ser fuerte hicieron que durante ese año su vida cambiara día tras día.

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—Sé que no ha sido una buena idea dejarle, pero en casa no sabía qué hacer, me estaba hundiendo con tantos proble­mas sin resolver y necesitaba escapar de toda aquella presión.

—¿Y creías que viniendo aquí podrías olvidar los proble­mas? —de nuevo me pongo a la defensiva e intento controlar mis reacciones desmesuradas.

—Solo quería informarte de lo que había ocurrido, pensé que lo debías saber —suspira cansada mientras se levanta de la silla.

—Debes estar a su lado, yo también pronto volveré a casa y la vida irá regresando a la normalidad. Entretanto, estamos pasando por todo esto y sí, de un modo inesperado, pero no nos queda más que seguir luchando día tras día —quiero y debo creer mis palabras, pero me es muy difícil.

—Hija, sé que tarde o temprano todo terminará, y hasta entonces no podemos hacer nada más que seguir adelante y permanecer unidos —puedo sentir como una gran parte de la esperanza ha abandonado su voz y ha sido sustituida por dolor que no quiere reflejar, pero no consigue que sus pala­bras emitan otro sentimiento que no sea la tristeza.

Se va de la habitación y me parece que habla con las en­fermeras. Inspiro profundamente, el silencio invade la habi­tación, otra vez. Sin darme cuenta, tengo las mejillas húme­das, no sé en qué momento he empezado a llorar, pero sé que tengo mucho dolor en mí. No puedo creer que ahora, cuando lo veo todo de color gris y perdido y me siento cansada hasta de seguir avanzando, todo va peor aún. Debería tener más mo­tivaciones y alguna que otra buena noticia, ¿no? Por lo visto, no es así. Ahora mi padre también está mal, y no deja de ser un motivo más de malestar que me hace sentir que cada vez me adentro más en una pesadilla y que no sé cuándo despertaré. ¿Qué le está pasando a mi vida? La despreocupación que prece­día los últimos días ahora se ha visto reemplazada por el odio y el dolor, una combinación explosiva de emociones que pocas veces antes había sentido con tanta avidez. Hoy todo me parece injusto, siento un punzante dolor en el pecho, que a momen­tos se mezcla con muchas emociones y sentimientos desorde­nados, pero hay un pensamiento que sobresale encima de los demás: Tengo miedo, miedo de perder a mi padre, la persona que siempre me ha comprendido y me ha abrazado cuando no me quedaba de consuelo ni las lágrimas. Tantos sentimientos acumulados… ¿Cómo debo reaccionar? Solo se me ocurre se­carme las lágrimas de camino al gimnasio, aunque sé que es tarde y la hora de rehabilitación está acabándose.

Cuando me ve Diego está a punto de decir algo, pero calla al ver la expresión de tristeza que reflejan mis ojos. Sin decir nada, empiezo con los estiramientos, él está de pie a mi lado como suele hacer siempre, pero esta vez no se está fijando en cómo hago los estiramientos. Me parece que está inquieto, aunque pueden ser solo impresiones mías.

—¿Quieres hablar de ello? —me pregunta con cautela en un tono de voz que sorprendentemente logra tranquilizarme.

—Creo que me hará bien —digo suspirando, cansada y dolida.

—¿Qué ha pasado? —pregunta con suavidad.

—Mi padre… —digo sin atreverme a hablar, como si sin decirlo sintiera que no es real—. Ha tenido un ataque al co­razón. Y tengo miedo de perderle —confieso en voz queda y temblorosa mientras siento un nudo en la garganta que me impide continuar hablando.

—Tan solo debe recuperarse, eso no significa que vaya a fallecer —dice con la esperanza de hacerme olvidar el miedo que ha invadido mi cuerpo en la última hora.

—Sé que es verdad, pero a lo largo de su vida ha tenido muchos problemas en el corazón y tengo miedo de que con un último ataque todo termine —digo con lágrimas en los ojos que me esfuerzo por ignorar—. No puedo hacer nada por él.

Entonces, Diego mira a lado y lado del gimnasio y me sorprende cuando me abraza. De repente, dejo de llorar, estoy sorprendida por el gesto, pero en ningún momento lo rechazo. Seguro que solo ha sido para hacerme sentir mejor, pero aun así el gesto me ha reconfortado a la par que me ha dejado sin saber cómo reaccionar, así que ninguno de los dos se atreve a decir nada. Diego está rojo de la vergüenza y me causa gracia verle… ¿nervioso? Puedo decir que lo está.

Decido continuar con los estiramientos como si no hubie­ra sucedido nada, y finalmente, pocos minutos antes de que termine la rehabilitación, dice:

—Me han dicho que pronto te darán el alta —anuncia mientras cambio de ejercicio, a lo que respondo sin ganas.

—Así es, parece que he mejorado —continúo concentrada en los ejercicios intentando hacer caso omiso a todo lo que estoy pensando.

—Sabía que lo conseguirías desde la primera vez que te vi llegar al gimnasio. Elise, tienes mucha fuerza de voluntad y a veces no pareces apreciarlo.

—Aún no he conseguido nada significativo —reconozco para mis adentros.

—¿De verdad que no? Y todas tus mejoras… ¿Qué son, entonces? —me tomo unos segundos antes de responder, al mismo tiempo que doy fe de a quién se parece Drew en la forma tan característica de hablar que tiene. Ambos son igua­les, como dos gotas de agua.

—Quizás sí que he conseguido algunos logros, pero aún me queda un largo camino por recorrer.

—Elise, no es solo a ti, es a todo ser que esté vivo. Siempre hay algo más para aprender, algo nuevo a intentar, ¿no crees?

—Tienes razón, en verdad tienes razón en muchas cosas que dices —digo esperando que no haya escuchado lo último, pero me equivoco.

—No se trata de tener o no la razón, sino de que son leyes de vida que me han ido enseñando con el tiempo y que luego me gusta compartir con todo aquel que lo quiera escuchar.

Pienso que me encanta escucharle, gracias a él los entre­namientos son complicados y cansados, pero a la vez son más amenos. Al menos, cuando hablo me distraigo y hago los esti­ramientos, pero no pienso en ello.

—He aprendido tantas cosas después del accidente… —apenas soy consciente cuando hablo de nuevo, simplemente estaba reflexionando en voz alta.

—¿Y no te sientes orgullosa de ti misma? —pregunta, y no dudo en responder.

—Por supuesto que lo estoy, pero siento que han pasado demasiadas cosas en poco tiempo —digo—. Créeme si te digo que siento que no tengo tiempo de levantarme después de cada caída cuando me veo de nuevo obligada a avanzar sin siquiera tener tiempo de reponer energías.

—La vida te pone retos y obstáculos, no espera a que te levantes para seguir adelante —dice y encuentro mucha verdad en sus palabras—. Sé que lo estás pasando muy mal, y no es para menos, pero vas por el buen camino —me dice sonriendo, hace una pausa y finalmente se atreve a seguir hablando—. Cuando tenía doce años sufrí un ac­cidente. Tuve una conmoción cerebral y después del ac­cidente había perdido hasta mi identidad. No recordaba cómo me llamaba, ni siquiera reconocía a mi familia. Pero todo me sirvió para empezar de nuevo, y ahora mi vida es diferente. ¿Cómo habría sido mi vida de no haber sido por el accidente? —se pregunta a sí mismo—. Quizás hubiese tomado otro rumbo, pero lo que habría podido pasar y no llegó a nada es solo una incógnita que no me molesto en averiguar. Prefiero pensar que mi vida es diferente y que de todo se aprende.

—Debió de ser una etapa de tu vida muy complicada —respondo sinceramente.

—Lo fue, pero lo tuyo también ha sido difícil y, sin em­bargo, estás aquí, luchando y dándolo todo de ti. Puede que hayas tenido muchas cosas que afrontar, pero con el tiempo lo aceptarás, ya lo verás. Pasará a ser algo normal de ti.

—Ahora solo necesito tiempo para asumir todo lo que ha pasado —digo—. Son muchas las situaciones nuevas a las que me he enfrentado, a veces no sé qué camino debo seguir.

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