—No siempre se sabe cómo actuar —dice encogiéndose de hombros—. Por eso, debes dejarte guiar por lo que sientes que debes hacer.
—Esta mañana le he gritado a mi madre —pienso en lo ocurrido y miro al suelo—. Estoy enfadada, pero no es con ella, sino con el mundo en general.
—Tienes derecho a estar molesta en contra de lo que ha pasado, pero el enfado no te servirá para nada más que no sea hacerte daño a ti misma, jamás lo olvides.
Me fijo en que ya ha pasado más de una hora y media desde mi llegada.
—Me gusta hablar contigo, pero la hora ha acabado —digo pausadamente sin ganas de irme, como si quisiera retener el momento para siempre.
—La hora de rehabilitación ya ha terminado, y con ello también mi turno, pero no pasa nada por seguir hablando, ¿no te parece? —pregunta y no sé qué responder—. ¿O tienes algo que hacer? —al final pienso que ahora mismo no imagino qué podría ser mejor que estar hablando con él. Se trata de uno de esos días que empiezas con lágrimas, pero poco a poco va mejorando hasta que terminas con una sonrisa.
Tanto por decir…
—Se podría decir que me gustaría saber más de ti —me dice Diego de camino a la cafetería. Nos dirigimos hacia una mesa alejada de donde hay más gente.
—¿Por qué? —pregunto sin entender que pueda tener algún interés en mi vida, solo soy una persona con una vida común, una entre tantos millones, si bien es verdad que últimamente usual no es la palabra que me define mejor.
—Me pareces una chica diferente de la mayoría que he conocido hasta ahora.
—¿En qué sentido? —pregunto, pues puede ser por varios motivos, y no todos tienen porqué ser precisamente memorables—. ¿Sabes que solo tengo los dieciocho? —añado.
—Eres alguien singular —dice—. He podido apreciar que haces lo que haga falta con tal de luchar contra todo lo que pase y que no te quedas en un rincón pensando y lamentándote por todo lo que te ha ocurrido —dice con una sonrisa—. Y sí, sé que tienes dieciocho años, pero, ¿qué tanto importa la edad? No lo considero algo de vital importancia.
Me muestro un poco irritada mientras digo: —¿Por qué tantas personas dan por supuesto que es extraño que no pase mis días llorando?
—Tal vez lo dicen, porque es algo bastante común, sobre todo en situaciones parecidas a la tuya. Es en estos casos cuando muchas personas tienden a derrumbarse, pero tú no has actuado así —enmudece durante algunos segundos y después del silencio me pregunta—: ¿Has pensado qué estudiarás?
—Hace un tiempo me obcecaba pensando en qué quería estudiar, como si fuese lo más importante. Tenía muchas dudas, mezcladas con ilusiones. Pero ahora, después de todo, ya no me muestro nerviosa por lo que pueda venir. Al contrario, siento que tengo muchos sueños que me gustaría hacer realidad, pero tampoco sería una catástrofe si mi vida se desviara por otros caminos. Me gustaría ser escritora —digo al fin.
—Si serás feliz con ello, todo el mundo debería apoyarte en tus decisiones —reflexiona, y no podría estar más de acuerdo. Lo que verdaderamente me importa es ser feliz con lo que haga. Lo demás es secundario.
—Poca gente sabe que es mi sueño. De hecho, eres la segunda persona que lo sabe —confieso—. Solo lo conoce uno de mis maestros, que fue el único que vio algo en mí que nadie, ni siquiera yo misma, se había parado a observar.
—¿Por qué no se lo has contado a tu familia? —pregunta—. ¿Acaso tienes miedo de que se opongan a ello?
—No, bueno… tal vez —me muestro vacilante—. Mis padres desearían que fuese una gran pianista —me encuentro volviendo a pensar en el día del concierto y alejo los pensamientos de mi mente—. Pero ese no es mi sueño. Dedicándome a ese mundo estaría bien, pero… Sé que no sería feliz.
—No se trata de lo que a los demás les haga felices, sino de aquello que te hace sonreír a ti —me dice con franqueza—. Pienso que deberías reunir todo el valor que tengas para decirles lo que sientes. ¿No quieres seguir con la música? —me pregunta y tardo algunos segundos en responder.
—Sí es verdad que me gusta la música, pero simplemente no consigo verme allí en un futuro, ni mucho menos dedicarme profesionalmente —inconscientemente vuelvo a transportarme al día del accidente—. Hace unas semanas, justo el día que me ingresaron después del accidente, tenía un recital. Claro está que quedó anulado, aunque también podría hacer el concierto otro día, cuando esté bien, pero si lo pienso fríamente me doy cuenta de que el esfuerzo empleado en ello me lo quedo para mí y nada más, porque no quiero volverme a presentar. Ahora lo veo todo de distinta manera, y sé qué es lo que me conviene.
—Al final se trata de tu vida, y por lo tanto eres tú quien decides —dice—. Piénsalo bien, porque puedes participar en el concierto o en otra actividad de música, y después poner punto y final a esta historia para dejar paso a nuevas.
—Para empezar, sé que les tengo que decir la decisión que he tomado. No he encontrado un momento apropiado, pero la verdad es que debo decírselo, porque de lo contrario no me gustaría que lo supieran por medio de otras personas —pienso en el profesor Ruiz, y sé que podrían conocer la verdad a través de él, y entonces automáticamente pensarían que no he tenido suficiente confianza en ellos.
—Pero, ¿tienes algo de qué esconderte? —niego y sigue cuestionándome—. ¿Entonces, por qué no se lo dices?
—Tengo miedo —sentencio—. A actuar erróneamente y perder muchas oportunidades que me servirían en el futuro.
—No veo por qué se tendría que arruinar tu futuro. No hay nada de malo en el decir lo que verdaderamente sientes —dice y le comprendo—. Además, deberías saber que no hay nada de malo en las equivocaciones. Todo el mundo comete errores. Creo que antes de conseguir algo te puedes haber equivocado muchas veces, y puede ser que el resultado final no sea el que esperabas. Pero la clave es intentarlo. Nunca puedes arrepentirte de haberlo intentado —afirma.
—Me gustaría presentarme a un concurso literario, pienso que sería el primer paso para emprender un camino hacia mis sueños —sonrío mientras lo digo.
—Todo comienzo es bueno, al menos habrás empezado a encaminarte hacia un nuevo lugar. Sé que cada cual tiene su opinión, pero pienso que decidas lo que decidas, cuando lo creas conveniente, deberías decirles a tus padres lo que piensas. Ahora tal vez no es el mejor momento para decir nada, pero cuando pasen los días y todo vuelva a la normalidad, entonces quizás sí estaría bien poner las cartas sobre la mesa, ¿me entiendes?
—Y tú, ¿por qué decidiste ser fisioterapeuta? —le pregunto para poder saber más de él y, a la vez, para dejar de hablar de mí.
—Simplemente me gusta ayudar a la gente —dice—. Ver que puedo ayudar a quien lo necesita me hace muy feliz, ver que mis pacientes mejoran. Es admirable ver que hay quien consigue dar un giro radical a una situación —me dice mirándome fijamente y por impulso desvío la mirada.
—En el fondo, a veces me ayuda más hablar contigo —murmuro inconscientemente y cuando asumo mis palabras me apresuro a decir—: No sé por qué lo he dicho… —digo algo nerviosa. No sé qué puedo decir para arreglarlo, así que termino mirando hacia la mesa.
—Lo has dicho porque es lo que sentías, ¿verdad?
—Hay veces en las que debería estar callada, es algo que me sucede a menudo —me sonrojo ligeramente y una vez más miro hacia cualquier lugar como si así pudiese esquivar su atenta mirada. Al darse cuenta ríe, y no puedo parar de prestar atención a esos ojos grises que me han atrapado desde que los vi.
Читать дальше