Unos minutos después de despertarme, las enfermeras me traen el desayuno. He pasado la noche sola, mi madre se fue a casa antes de que me durmiera, pero aún pude sentir que me daba un beso en la frente y finalmente se iba. Tenía tanto sueño que no pude decirle ni adiós.
Es únicamente en medio de la soledad cuando comprendo a la perfección que la habitación con las paredes de un blanco inmaculado tienen un exceso de falta de color, necesitan vida y aquella energía la daban las sonrisas de Drew. Ahora, todo es igual, pero me parece un poco más oscuro.
Hay días en los que quiero encerrarme en mí misma, como si fuese una tortuga que se recluye en su caparazón. Y el hecho de que cada vez que me miro a las piernas y soy consciente de que no las puedo mover acrecienta esa sensación que acostumbro a tener al pensar que una ola de tristeza me engulle y se apodera de mí.
Me esfuerzo en pensar que, al menos, aún me quedan los brazos y no estoy inmóvil por completo, pero sé que la normalidad tardará en llegar (si es que llega). Una parte de mí ya sabía que el estar exultante y sentirme fuerte sería solo cuestión de tiempo. La falsa felicidad también llega a su fin.
Pienso en el antes y el después que ha llegado a mi vida, y pienso que si alguien me hubiese indicado qué me depararía el futuro me temo que habría sido incapaz de creerlo de tan irreal y ficticio que me parece a estas alturas.
Estamos a sábado y ya ha pasado otra semana más. Hoy vendrán a visitarme mis tíos, a los que veo en contadas ocasiones, y la idea de verles no me llena precisamente de entusiasmo. Aun así, me cambio de ropa y otra vez me miro en el espejo y antes siquiera de ver mi reflejo sé que no veré a la misma persona que vi hace unos días. La de aquel tiempo estaba destrozada, pero a la vez se mostraba ilusionada, en sus ojos aún había esperanza y aunque estaba destrozada se mostraba fuerte, su mirar estaba manchado de tristeza pero al mismo tiempo de fortaleza. La Elise que veo hoy está solo destrozada. Me reprendo mentalmente porque sé que no puedo escuchar esos pensamientos viniendo de mí, no debo gastar mi tiempo compadeciéndome porque lo único que quiero es avanzar, y lamentarme por algo que ya ha pasado es inútil. ¿Lograré solucionar algo pensando en mis tristezas y regocijándome en ellas? Me temo que no.
A falta de hacer algo, y a la espera de que lleguen mis tíos, voy a dar una vuelta por el pasillo. A estas horas poca gente se ha despertado y no hay nadie por el pasillo.
Me cruzo con las enfermeras que tenían una sonrisa que mi rostro ha apagado al ver que he vuelto a recaer. Silvia es la enfermera con quien he hablado más y con quien también tengo más confianza. Es una mujer joven que apenas debe tener unos años más que yo. Pocas veces me pregunta por cómo estoy, pero siempre me anima y nunca me mira con compasión, algo que sinceramente agradezco.
—Elise, ¿qué te ocurre hoy? —antes de que le haya saludado, veo que se ha dado cuenta de que algo no está bien.
—No estoy bien, mis ánimos están bajo tierra.
—No todos los días son buenos. Todo lo que has ocultado durante estos días también debe salir —y después me pregunta con afecto—: ¿Puedo hacer algo para que te sientas mejor?
—No lo creo, a menos que tengas una medicación para aliviar el dolor emocional —no me gusta cuando mi voz suena tan apagada y derrotada, pero hoy me falla la voz, mañana quizás me fallarán las lágrimas.
—¿Te has discutido con alguien? —me pregunta, niego y sigue hablando—. ¿Alguien se ha ido y por eso estás decaída? —asume.
—Drew, el chico que era mi compañero de habitación, se ha ido. Le echo de menos pero a la vez me alegro de que se haya recuperado.
—Le querías —afirma con una sonrisa, comprendiéndome como si estuviese en mi mente.
—Está claro que le quería, pero solo como se quiere a un amigo, ¿sabes? —le digo para que no piense que entre los dos hay más lazos que los que implica una bonita amistad—. Me daba buenos consejos, siempre estaba ahí, y hoy la habitación no me ha parecido lo mismo sin él, sin sus sonrisas.
—Conozco un remedio que es bastante efectivo para curar los males, y es estar rodeada de la gente que quieres, porque alguien debe significar algo para ti, ¿estoy en lo cierto?
—Sí que hay alguien. No puedo parar de pensar en Diego… —quiero corregir lo que he dicho, pero antes de poder hacerlo Silvia ha cambiado su característica expresión afable hacia una más seria e imperturbable.
—Diego, ¿el fisioterapeuta del hospital? —me pregunta, confundida, para asegurarse de que estoy hablando de él.
—A veces pienso que me ayuda más él que la rehabilitación. Está claro que no es así, pero al menos así lo siento —confieso sin saber qué le ha ocurrido a la simple mención de su nombre.
—Al menos estás bien a su lado, y… ¿desde cuándo te gusta? —me pregunta husmeando, pero como tengo confianza con ella no me incomoda.
—Desde el primer segundo en que lo vi —una sonrisa soñadora se adueña de mi semblante. ¿De verdad acabo de decir aquello? Tal vez sea verdad que el amor modifica la percepción de las personas y las vuelve más ensoñadoras y fantasiosas.
—Eso es muy… romántico —sonríe y por un segundo le brillan los ojos, le miro sin entender dónde está el chiste y ella me dice—: Lo sé, es normal que te hayas enamorado, para mí es un chico excepcional. Y él, ¿ya lo sabe?
—Pienso que ya lo debe saber —digo—. Estaría ciego si no lo viera —repongo recordando el día en que quedamos en la cafetería.
—En ese caso, entonces hay más chicos ciegos de lo que crees, porque según quienes no ven las muestras de amor ni aunque lo tengan delante de los ojos. Diego es uno de ellos —escupe con una súbita rabia que no sé de dónde ha aparecido.
—¿Cómo lo sabes? —poco a poco voy imaginando por qué se ha precipitado hacia aquella conclusión, pero aun así necesito oírlo.
—Para serte sincera, pues no me gustan las mentiras, a mí hace un tiempo también me gustaba —dice, y al ver mi expresión se apresura a continuar hablando—. Pero tranquila, lo nuestro no llegó ni a despegar. Supongo que se debe a que no estaba escrito en ningún lugar que nuestros caminos se cruzaran. Más que correspondida, fui rechazada, pero no me arrepiento de haberlo intentado, al menos es una lección más. Esperemos que no te pase a ti, creo que eres justamente la persona que él necesita en su vida —me dice más calmada.
—¿Eso crees? —pregunto sin ocultar mi asombro.
—No lo creo, lo sé —dice—. Ambos sois unos innatos luchadores y por la forma que tienes de hablar se nota que piensas mucho en él —me dice alegre—. Sin embargo, mi consejo es que vayas despacio y no te precipites. Te lo advierto, por experiencia. Aun así, no dejes pasar la oportunidad, porque no deja de ser un chico con el que puedes hablar de lo que necesites, es muy inteligente. Pero también debes tener en cuenta que no deja de ser tu fisioterapeuta, lo que te sitúa en el lugar de su paciente. Solo te puedo decir que no te alimentes de falsas ilusiones.
—Aunque sea mi fisioterapeuta, no dejaré escapar la oportunidad y a ver dónde me lleva —por primera vez desde que he despertado, sonrío.
—Ya ha terminado el turno de la noche —dice mirando hacia su móvil—. Ahora soy yo quien se va a dormir —dice mientras se dirige a la recepción y deja unos papeles sobre la mesa—. Y anímate, si estás contenta a su lado, ¿qué le vas a hacer? Ve a su lado. Pero bajo ninguna circunstancia te dejes ganar por los días en los que no ves el sol. Todo mejora aunque a veces no se vea. ¿Me escuchas?
—Lo intentaré, Silvia —le digo, y por respuesta obtengo una sonrisa—. Gracias por todo —me acompaña hasta la cafetería y allí me encuentro con mis tíos, puntuales como siempre.
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