Sònia Borràs - 365 días para cambiar

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Elise era una chica con una vida como la de cualquier otra persona de dieciocho años. Tenía todo lo que podía desear, era estudiosa, todos sus seres queridos estaban a su lado… Lo tenía todo, pero aun así no era feliz, y muchas cosas tuvieron que ocurrir para que cambiara su forma de vivir.
Un accidente muy grave, la pérdida de un ser querido y el querer avanzar y ser fuerte hicieron que durante ese año su vida cambiara día tras día.

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Me despido de Silvia y me acerco hacia la mesa en la que están.

Rosario, mi tía, es una mujer tan sincera que siempre dice lo que piensa, aun cuando no es el momento conveniente para decir lo que siente. Así que ya sabía que no tardaría muchos minutos en soltar la primera bulla.

—Lisa, cariño, ¡estás hecha un desastre! ¿Qué te ha pasado? —me recorre un escalofrío cuando escucho (con todo el respeto) su irritante voz. Para ser sincera, no está de más decir que no le tengo una especial estima a la mujer, por mucho que sea la hermana de mi madre. La familia nunca se escoge, y es por ello que valoro tanto la amistad.

—Para empezar, me llamo Elise, nada de que me llamen Lisa —no puedo sufrir que me cambien el nombre por uno que se parece, así que al momento inevitablemente me pongo a la defensiva—. Y como supongo que sabrás, tuve un grave accidente de coche por el que he perdido la movilidad y ahora estoy obligada a ir en silla de ruedas —hago oídos sordos ante su piropo al decirme que estaba hecha un desastre.

No puedo evitar durante los próximos minutos perder la compostura, acostumbro a ser una persona educada con la mayoría de personas siempre y cuando estas me hablen con el respeto que todo el mundo merece. Sin embargo, Rosario no se encuentra en esa lista de personas. Afortunadamente, mi tío es alguien diferente. A veces me pregunto qué le habrá podido ver a esa mujer y a la vez qué motivos le han impulsado a quedarse a su lado, a sabiendas de su carácter no precisamente amigable.

—Disculpa a tu tía, Rosario, no lo hace con mala intención. Elise, ella… Simplemente es así —me lanza una mirada de dis­culpa y después se dirige hacia esa mujer y me parece advertir que le susurra: «Mantén esa maldita boca cerrada», aunque no sé si son impresiones mías. Aunque yo pienso que sí lo hace a propósito, y aunque me encuentro tentada a decirle lo que pienso de su visita sé que lo mejor a veces es callar. Pero, sin duda, la mejor parte de algunas visitas es la de su ida.

—No te preocupes, pero, ¿se puede saber a qué debo vues­tra visita? —pregunto intentando sonar más contenta de lo que en el fondo me siento. No lo puedo evitar, y mis palabras salen de un modo hostil que poca gente conoce de mí.

—Nos interesamos ahora por ti, porque estás pasando por un mal momento, y la compañía se agradece, ¿no es así? —habla de nuevo Rosario, y la miro de soslayo.

—Sinceramente, hoy no me encuentro en mi mejor día —respondo claramente malhumorada.

—Ya lo noto, pero quiero decir, ¿cómo vas con la recupera­ción del accidente? —pregunta y parece afectada, pero espero que finalmente haya parado de decir tonterías.

—Ahí voy, intentando asumirlo —respondo sin énfasis alguno. Pasamos una hora de diálogo monótono, preguntas y respuestas mecánicas. Hablamos sobre lo que ha pasado, pues al parecer el accidente se ha convertido en el tema más crucial de mi vida, porque por lo visto mi existencia gira en­torno a ello, a los ojos de los demás.

Pasados aquellos interminables minutos, he agotado mis reservas de paciencia durante la conversación en la que he de­mostrado lo bien que mis padres me han enseñado modales. «Suerte de ello, ya que de no haber sido así a los diez minutos les habría invitado a irse por donde habían venido», pienso exasperada. Ahora mismo me parece que ya he estado en su presencia durante bastante tiempo y solo quiero volver a mi habitación. Al notar mi cambio de humor terminan por darse por aludidos o así me lo hacen saber, y después de una eterni­dad se disponen a irse.

—Gracias por venir, agradezco que os preocupéis por cómo estoy —finjo una sonrisa que termina pareciéndose más bien a una mueca de desagrado.

—Cuando vuelvas a casa, nos llamas, ¿de acuerdo? —me dice mi tío.

—Descuida, lo haré —una sonrisa falsa más, que desa­parece tan rápido como me giro de espaldas. Mi madre llega en ese preciso momento y sé que dentro de un rato me recri­minará la manera en la que he tratado a mis tíos, pero debe entender que son personas que sorprendentemente te hacen menguar la paciencia.

Días oscuros

Ha amanecido y lo primero que veo es la lluvia impac­tando con fuerza contra la ventana. Un fugaz relámpago me ilumina y me ciega por unos instantes, mientras simultánea­mente en la lejanía resuena un trueno. Mi ánimo ha decaído considerablemente, no estoy bien, y de alguna forma hoy solo percibo mi vida como algo oscuro que está exento de luz. Du­rante los primeros días en los que estuve aquí sentía que tenía una fuerza increíble, logré ver luz donde quizás no la había. En cambio, ahora, en el transcurso de los últimos días, siento que esa fuerza se ha desvanecido.

¿Qué he debido de hacer para llegar a este punto? Tal vez no ser feliz con lo que tenía, vivir por obligación, sin ganas de seguir adelante. Y por ahora este es el precio que tengo que pagar por mis actitudes.

Ahora mismo no tengo ni ganas ni fuerzas para salir de la cama. Las horas pasan, pero mi madre aún no ha llegado, y por una vez estoy por olvidarme de hacer rehabilitación, pienso que, por no hacer rehabilitación (al menos por hoy) no habrá un cambio importante en mi vida. Estoy cansada de seguir luchando por algo que en el fondo sé de sobras que no llega­rá a ninguna parte. Sin embargo, aun con todo siento que la esperanza todavía forma parte de algún rincón de mí, pero… ¿dónde está? Por mucho que la busque no consigo encontrarla.

Me pierdo entre canciones melancólicas y oscuras, como mi alegría en estos momentos, que pasan a ser mis fieles acompañantes a medida que los minutos van avanzando, y en algún momento me quedo dormida. Vuelvo a abrir los ojos cuando alguien conocido me despierta con una leve caricia. Es Diego, ha venido porque estaba faltando en rehabilitación y sabe que no es mi costumbre perder ningún entrenamiento. Sé que seguramente en estos momentos debe estar decepcio­nado con mi forma de afrontar el día, no le culpo por ello. Ni yo misma estoy satisfecha con los ojos a partir de los cuales estoy encarando estos instantes mi vida.

—Entiendo que estés cansada y que no quieras hacer re­habilitación, pero estaría bien que vinieras al gimnasio. Debo decirte algo —anuncia, inseguro.

—De acuerdo —le respondo—. Dame cinco minutos, en­seguida voy —digo suspirando mientras me incorporo en la cama. Se va y cierra la puerta detrás de él. Pienso en sus pa­labras: ¿qué será lo que me quiere decir? Impulsada más por la curiosidad que por las ganas de moverme, me visto lo más rápido que puedo y salgo de la habitación en el momento en el que viene mi madre. No me dice nada al verme, ya por mi expresión sabe exactamente cómo me siento. Me ofrece una sonrisa triste y a la vez comprensiva.

Fuera de la habitación, Diego me está esperando.

Al llegar al gimnasio, no me ando con rodeos al preguntar­le:—¿Qué me querías decir?

Durante unos segundos veo que se debate entre si me lo dirá ahora o en otro momento, y tras pensarlo veo que suspira y me lo dice directamente:

—Haré unas prácticas en otro hospital —le miro confun­dida y se explica mejor—. Hoy es mi último día aquí, pero re­gresaré en dos meses —anuncia y parpadeo sin entender ni una sola palabra.

—¿Qué? —reacciono y me cuesta creer que se vaya.

—Tan solo serán un par de meses, y llegará un sustituto en mi lugar… —intenta restar importancia al asunto, pero no lo consigue—. No tendrás problemas para seguir la rehabili­tación.

—No te preocupes, espero que te vaya bien, entiendo que debas irte —realmente, no entiendo nada, no sé siquiera por qué se va a ir justo ahora, cuando estoy pasando unos días en los que necesito a alguien en quien poder confiar para hablar de todas las pesadillas que a día de hoy aún me atormentan. Con su marcha sé que probablemente progresaré en reha­bilitación, pues con el tiempo iré avanzando, pero, por otra parte, mi situación emocional no será mucho mejor de la que tengo estos días.

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