Sònia Borràs - 365 días para cambiar

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Elise era una chica con una vida como la de cualquier otra persona de dieciocho años. Tenía todo lo que podía desear, era estudiosa, todos sus seres queridos estaban a su lado… Lo tenía todo, pero aun así no era feliz, y muchas cosas tuvieron que ocurrir para que cambiara su forma de vivir.
Un accidente muy grave, la pérdida de un ser querido y el querer avanzar y ser fuerte hicieron que durante ese año su vida cambiara día tras día.

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—¿En qué piensas? —me sorprende con la pregunta.

—En muchas cosas —digo evadiendo la pregunta, mien­tras agradezco que no pueda leer mi mente.

—Es lógico —sonríe—. Pero, ¿en qué estabas pensando? —insiste con una sonrisa.

—¿Te digo la verdad? —pregunto sin tenerlas todas, pero creo que lo mejor es intentarlo y atreverme.

—Aunque a veces no sea lo que se desea escuchar, siempre me gusta conocer la verdad.

—Bien, pues… Estaba pensando en ti —digo sin rodeos o meditarlo demasiado.

—¿Por qué? —pregunta y empiezo a pensar que no debe­ría haber dicho nada.

—No estoy segura, pero en fin… Da igual, no sé por qué he dicho nada —farfullo, nerviosa, y me enredo yo misma a medida que hablo, me cuesta encontrar las palabras adecuadas.

—Por intentarlo, no pierdes nada, ¿recuerdas? —dice di­vertido. Por mi parte, la situación resulta un tanto bochornosa.

—No puedo parar de pensar en ti —contesto mientras en­trecierro los ojos y miro hacia mis manos.

—Yo tampoco puedo dejar de pensar en esos ojos verdes que parecen esmeraldas… —durante unos instantes me quedo helada. No puedo creer lo que ha dejado entrever, y menos aun entiendo que pueda pensar en mí. Me pongo más colorada, pero por delante de todo me siento afortunada.

—Bueno, me quedaría todo el día hablando contigo, pero mi turno de la tarde empieza en unos minutos, así que debo volver a trabajar. Hasta mañana —se excusa y dicho esto me da un fugaz beso en la mejilla. Debo estar soñando, pienso.

Aturdida y sin creer aún lo que ha pasado, le sonrío, aunque no me ve, y me voy en dirección contraria a pesar de que mis brazos no me responden y durante unos segundos me quedo clavada en el mismo lugar.

Cuando llego al pasillo, me equivoco de habitación —las habitaciones no dejan de ser réplicas de un mismo modelo—, y entro en una en la que se encuentra una mujer mayor, no sé si me ha visto, pero aun así murmuro una disculpa y final­mente llego a mi habitación. Y es al llegar cuando me paro a pensar unos segundos sobre cómo me siento y no llego a otra conclusión que no sea la de que me encuentro en un pequeño oasis en medio de este infierno.

En la habitación no hay nadie, esta es la situación que durante los días se ha repetido varias veces, pero también agradezco los instantes de quietud en los que puedo pensar en lo que quiera, aunque en estos momentos solo soy capaz de pensar en Diego. Es mi mejor medicina, la única que con­sigue calmar mi dolor. Desde el primer día que le vi supe que esos ojos serían mi remedio para sentirme mejor. De alguna forma, estoy ordenando los sentimientos que se arremolinan en mi interior a medida que van adaptando connotaciones distintas.

Lo único que espero es que todo esto se dirija a un puerto seguro, y no sea alguien con quien simplemente pasar el tiempo para que después no queden ni saludos donde en su día hubo amor. No permitiré que me haga daño, ni él ni nadie. En el amor nadie se merece sufrir, es algo totalmente gratuito que no sirve para nada más que para dañar.

Por lo poco que sé del amor —sentimiento que para muchos es una emoción que aporta sentido y alegrías a la vida, pero que para mí no ha sido más que un constante des­engaño—, puedo decir que espero al menos poderlo recordar, ya que el amor a veces desgraciadamente termina, pero en cambio los buenos recuerdos prevalecen por mucho que sea el tiempo. Por su sincera sonrisa y el brillo en sus ojos, confío en que lo que siente es verdadero, aunque el tiempo me ha enseñado a no confiar en las personas más de lo que debería y también que en ocasiones quien parece más amable es quien puede esconder más daño en su interior.

Querría decirle algunas de las cosas que oculto, pero sé que aún no puedo. Estaría bien decirle que le veo más que como a un fisioterapeuta, sin embargo, es demasiado temprano. Debo esperar, el tiempo no me hará daño para recapacitar, y si lo que siento es de verdad seguiré sintiéndolo hoy, mañana y los días que pasen, por muchos que sean.

Por el momento, lo único que intuyo es que se trata de un chico que me es imposible describir. Me ayuda a curar mis heridas, y yo aún tengo mucho por decir… Si llegamos a algún lugar.

Te echaré de menos

—Hoy es mi último día en el hospital —me dice Drew, pero estoy tan concentrada en mis propios pensamientos que no le presto atención.

—Me alegro mucho por ti —le digo sin pestañear.

—¿Me has escuchado? —me pregunta—. ¿O estás demasia­do distraída pensando en él? —me dice con una sonrisa traviesa.

—¿Qué? ¡No! —digo por impulso—. No pensaba en tu hermano. Ahora mismo, estaba pensando en… en… —digo titubeante intentando buscar una excusa, pero Drew me in­terrumpe.

—¿Sabías que mientes muy mal? —me responde con una amplia sonrisa.

—Soy pésima cuando me quedo bloqueada —termino contagiándome del buen humor que hay esta mañana. Casi soy capaz por unos momentos de olvidarme de todo, hasta de dejar de pensar que estoy en el hospital y que no puedo andar—. Estarás contento, ¿no?

—¡Por fin vuelves a la tierra! —dice riendo a carcajadas, pero se detiene y pasa a mostrar una expresión de mayor se­riedad—. Es cierto que algunos días han sido insoportables, pero tampoco me puedo quejar, y debo confesar que los mejo­res días… Se encuentran a tu lado.

—Es precioso lo que acabas de decir —aun con la seriedad con la que lo ha dicho, me cuesta creer que lo siento de verdad.

—No lo digo para quedar bien, solo digo lo que siento… —dice y le veo ligeramente avergonzado—. Y desde que llegaste a mi vida me diste un motivo más para ser feliz.

—Nunca lo habría adivinado —digo—. La gente no acos­tumbra a recordarme.

—Eso es lo que piensas, pero seguramente hay quien piensa en ti y le importas, aunque no lo sepas —dice—. No es necesario decirlo para saber que les importas.

—Echaré de menos tu forma de ser, de hablar… —afirmo mientras sé que detrás de estas palabras que reflejan una bonita confianza hay tristeza.

—Te echaré de menos, Elise —dice y me esfuerzo por sonreír, pero no lo consigo—. Echaré de menos verte dormir y despertar cada mañana. Has sido la mejor compañera de habitación que hubiese podido imaginar… —ignoro lo último que ha dicho.

—¿Cómo es posible que te pudieses fijar en ello? —no puedo evitar sentirme un poco avergonzada a la par que asombrada de que se fije en los pequeños detalles, que pocas personas logran ver.

—Cada día —confiesa—. ¿Por qué pensabas que me des­pertaba tan temprano? —pregunta.

—Quizás querías aprovechar el día desde el primer minuto… —digo aun sabiendo la respuesta.

—Quería verte despertar —sus palabras me dejan ligera­mente mareada, ni siquiera en mis mejores sueños alguien me diría algo tan sincero como lo que Drew me acaba de decir con todo el corazón.

—Vaya, veo que hoy eres tú el filosófico —intento bro­mear, pero detrás de todo esto cada vez entreveo más emo­ciones escondidas.

—No te rías, si no quieres oír lo que siento no me escuches —dice y percibo que está molesto.

—Perdóname, no lo he dicho con mala intención —admito, arrepentida.

—No hay nada que perdonar, porque sé que no lo haces con mala intención —dice volviendo a sonreír—. Es por eso que me da igual lo que me digas, mientras me hables.

Después de la conversación no sé qué decir. Me quedo observando su ir y venir en diferentes direcciones mientras recoge la ropa del armario y la dobla para guardarla en la maleta, siempre en el más absoluto silencio.

Una chica parecida a Drew —su hermana—, alta, de tez clara y unos grandes ojos oscuros entra en la habitación y le ayuda a terminar de hacer las maletas.

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