El 85 y el 86 no hubo títulos, pero el proceso se respetó, nadie se desesperó, en parte porque el campeonato del 84 descomprimió el ambiente después de dieciocho años y eso le dio tiempo a Prieto para renovar el plantel y que todos los jugadores entendieran lo que él pretendía: que los de blanco se la dieran a los de blanco, para que los otros no la tuvieran.
No importaba la alineación o si el sistema era 4-4-2 o 4-3-3, lo importante era mantener esa forma de juego. “Yo nunca he hablado de sistemas de juego o de sistemas tácticos. A veces marcábamos en zona y otras al hombre. A veces jugábamos con cinco atrás, otras con cuatro y a veces con tres o con dos, porque Yoma y Abarca, los centrales, se quedaban cuando los laterales estaban jugados arriba”.
Y mientras la Católica impresionaba a todo el mundo con su fútbol atildado y ofensivo, Prieto y Carvallo avanzaban en el centro de formación en San Carlos de Apoquindo, la cantera más importante del fútbol chileno.
Los resultados en el primer equipo volverían a llegar y lo hicieron en 1987. Con un equipo formado solo por chilenos y en su mayoría canteranos, la Católica rompió todos los récords y salió campeón cinco fechas antes del final. Ese equipo ganó veintiún partidos, empató siete y perdió solo dos. En esos treinta encuentros, anotó cincuenta y un goles. Una máquina.
El eje de esa máquina era Osvaldo Hurtado. Fue el capitán de la UC, goleador del campeonato con veintiuna anotaciones y unánimemente considerado como el mejor jugador del torneo.
Como siempre pasa, ese título también tuvo una noche mágica. Fue el clásico universitario de la segunda rueda. Si la UC ganaba, prácticamente era campeón cinco fechas antes, dependiendo de lo que pasara con Colo-Colo el día siguiente, su más cercano perseguidor, pero varios puntos más atrás.
Ganamos 2-1 y jamás voy a olvidar cómo celebré el gol de la victoria. Por supuesto que lo hizo Osvaldo Hurtado, con un cabezazo extraño, como entre el parietal y el hombro, para sellar el triunfo. “Yo no cabeceaba ni para los velorios”, me dijo, pero esa vez se las arregló para que ese extraño gesto técnico terminara en celebración.
Una noche especial, con un título frente al archirrival y celebración desatada. Sin embargo, lo más importante de esa jornada sería que se consolidaba un trabajo a largo plazo que estaba transformando a Católica desde dentro, consolidando su ADN. Y eso dio más frutos en el futuro.
Fútbol con olor a naranja
Marinus Michels fue un futbolista bastante exitoso, en el Ajax y en la selección holandesa. Sin embargo, fue como técnico que dejó una huella indeleble en el fútbol mundial, incluso la FIFA lo incluyó en el Salón de la Fama.
En los años 50 y 60 el balompié europeo estaba marcado por el juego rápido y potente, en que se privilegiaba más el poderío físico que el talento individual. Acumular hombres en defensa era la norma, para luego salir rápido en contragolpe. Con eso, ingleses y alemanes se las arreglaban para frenar en parte los éxitos arrolladores de Brasil en los mundiales.
Michels ideó su fútbol desde un paradigma distinto. Si bien el físico y el despliegue de los jugadores era importante, para él no lo era todo. Ahora el colectivo sería lo trascendental.
Comenzó a aplicar esta idea en el Ajax, su primera aventura como DT. Un equipo que atacaba masivamente, con mediocampistas y defensas sumándose a los delanteros. Y cuando perdía la pelota aparecía la “presión defensiva”, el pressing , un concepto que hoy es considerado básico, pero que tuvo en Michels a uno de sus primeros implementadores.
La idea era robar el balón lo más pronto posible, pensando en defender para atacar y no solamente para que a uno no le marquen goles.
Para lograr esto, los equipos de Michels eran muy abiertos, usaban todo el ancho de la cancha para no dejar espacios libres. El balón tenía que circular rápido cuando se lo tenía, para así sorprender al rival, tanto con los pases entre líneas, como creando superioridad 2 a 1 o 3 a 1; es decir, el lateral, el mediocampista y el central enfrentaban al rival; y también estaban listos para defender en grupo y recuperar rápido en caso de que el contrario triunfara en el duelo.
Para que eso ocurriera, todos los jugadores tenían que saber jugar en más de un puesto: el lateral de puntero, el puntero de mediocampista y el central de ese lado debía salir a cubrir al carrilero que estaba jugado en ataque. La forma de entrenar tendría que cambiar; los futbolistas debían convertirse en todocampistas. Si bien siguieron existiendo los especialistas en cada función del campo, todos los jugadores debían ser capaces de jugar colectivamente en velocidad, es decir, que los de blanco se la pasaran siempre a los de blanco sin importar a qué velocidad iba la pelota. La técnica del control-pase debía depurarse.
En cuanto al escalonamiento defensivo, los jugadores que no estaban participando del ataque debían moverse por los espacios que los rivales podrían ocupar en caso de iniciar un contragolpe, dándole equilibrio al equipo.
El mismo Pep Guardiola, quizás el máximo exponente de esta filosofía, ha dicho que la primera regla del juego posicional es estar listo para recuperar la pelota en cualquier parte del campo apenas se pierda.
Esta forma de jugar le valió al Ajax ganar la Copa de Europa en 1971, 1972 y 1973 y fue la base para la Naranja Mecánica capitaneada por Cruyff, la cuna del fútbol moderno.
Paradójicamente el juego que maravilló al mundo se quedó con las manos vacías en su gran estreno planetario, al no ganar el Mundial de 1974.
Pero a esa Holanda la falta de títulos no le impidió ser recordada por su juego. El partido en que vence a Uruguay en ese torneo es el ejemplo perfecto del fútbol colectivo, rápido e intenso que impuso el equipo naranja.
Su gran figura en la cancha era Johan Cruyff, para los europeos el equivalente a Pelé. A su capacidad de definición y habilidad sumaba una comprensión eximia del juego. Por eso abandonaba su posición de centrodelantero para “caer” en las líneas del mediocampo y así generar superioridad donde estaba el balón, lo que permitía que se generara un gran espacio en la defensa contraria, porque habitualmente su marcador lo seguía al mediocampo, mientras los laterales seguían ocupados con los extremos. Ese espacio lo poblaban los volantes más adelantados.
Junto a lo anterior, la posición de los jugadores en la cancha permitía que el juego se desarrollara en triángulos compuestos por el lateral, mediocentro y mediocampista interior; o uno de los interiores, el extremo de ese lado y Cruyff. Así el juego era fluido y la pelota estaba en movimiento permanente.
Ángel Liceras, periodista del diario español Marca , escribió: “Michels (…) el primer custodio del fútbol total. Inventó la fórmula perfecta: bloque + imaginación = espectáculo”.
El mundo del fútbol se rendía a los pies del Totaalvoetbal holandés. Los que no se rindieron en la cancha fueron los alemanes, quienes aprovecharon el cansancio de los de Cruyff –producto del desgaste que provoca este tipo de juego– para vencer por 2-1 en la final del mundial de 1974, jugado justamente en Alemania.
Ya es inolvidable el gol de Holanda en ese partido. Fueron los naranjas quienes dieron el puntapié inicial y se pasaron la pelota 15 veces, hasta que Cruyff empezó a esquivar alemanes, se metió al área y provocó un penal. Fue gol y hasta ese momento los locales no habían tocado la pelota. Sin embargo, el título al final fue para Alemania y, hay que decirlo, desde entonces no es extraño ver como equipos contragolpeadores se las arreglan para vencer a los que buscan tener el balón para ganar. Le ha pasado al Barcelona, al Liverpool, al City y a la UC, muchas veces. Pero es el camino por el que se ha optado y que el principal heredero futbolístico de Cruyff, Pep Guardiola, defiende ante las derrotas de su equipo y de todos los que han practicado el fútbol posicional cuando han sido vencidos por rivales más “pragmáticos”: “Con todos los respetos, ya hay muchos entrenadores reactivos… Nosotros somos hijos de Johann, de Juanma Lillo, de Pedernera, de Brasil de los 70, de Menotti y Cappa, del Ajax, de los húngaros… Nosotros somos hijos de todos estos. ¿Perdemos? Pues, vale, mañana saldrá el sol de nuevo y soñaré otros sueños. Tranquilos, no pasa nada. En el fútbol no hay nadie que gane siempre, amigo. Ni Maradona ganaba siempre. Ni Pelé”.
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