Esas veces que lloramos, cuando maldijimos, cuando erradamente prometimos “nunca más”, son los momentos que nos hicieron ser como somos.
Si antes ser cruzado era identificarse con la Universidad y sus valores, hoy ser de la UC significa tener coraje, ser valiente y exigir que los jugadores hagan lo mismo. Ese es parte del orgullo de ser cruzado.
El mismo Gary Medel lo dijo alguna de las veces que perdimos un título: “Hoy más que nunca soy cruzado y no aliento por tener copas, como otros equipos, aliento por el amor a la camiseta”.
Lo bueno, en nuestro caso, es que no importa lo mal que estemos o lo oscuro que se vea el túnel. El futuro siempre va a estar iluminado porque hay una base que sustenta esa luz: nuestra forma de jugar, la forma en que tratamos la pelota y que los de blanco siempre buscarán dársela a los de blanco.
Dieciocho años. Ni más ni menos. La cantidad de tiempo necesaria para que una persona sea considerada adulta. Ese fue el tiempo que la UC demoró en levantar su quinta estrella. La anterior había sido en 1966 con triunfo consagratorio en San Felipe y celebración en Alameda con Portugal, frente a la Casa Central de la UC. Ignacio Prieto llevaba la copa ese día como capitán y dieciocho años después la volvió a levantar, ahora como DT en el Estadio Nacional.
Una dura espera que incluyó un paso por segunda división y una larga sequía en clásicos universitarios.
Pero Prieto tenía un plan, el que le presentó a Alfonso Swett, dirigente mandón y visionario, cuando le encargó formar un equipo campeón. Sin embargo, aquí la cosa no sería abrir la billetera y fichar figuras. No. La idea era formar un grupo de jugadores que marcara época en el fútbol chileno.
Comprar para ganar era la fórmula que equivocadamente se había intentado los años anteriores, así que ahora había que refundar. Ya no se podía cambiar el estilo de juego todos los años de acuerdo con el técnico de turno, era el momento para que la UC tuviera una forma, una filosofía reconocible y para eso no había otra alternativa que formar jugadores en casa que hicieran suyo ese estilo, que se convirtieran en futbolistas jugando de esa forma. Había que apostar por un proyecto futbolístico a largo plazo.
Y vaya si lo hicieron, en un proceso que dio frutos más temprano que tarde, en 1984 y después en 1987. Varios de los integrantes de esos planteles siguieron haciendo campañas notables, con títulos incluidos, hasta fines de los 90.
Para que todo eso ocurriera, Ignacio Prieto volvió de jugar en Europa a Católica en 1977 y se retiró en 1979 para asumir como jefe del área formativa en 1981. Después de haber pasado por el exitoso Nacional de Uruguay –con el que ganó la Libertadores en 1971– jugó en Francia y fue ahí donde entendió qué había que hacer para que un proyecto deportivo fuera sustentable en el tiempo.
“El fútbol es muy simple –me dice en una oficina de San Carlos de Apoquindo–, los de blanco se la tienen que pasar a los de blanco y no a los de azul. Ese es todo el secreto”. Pero para lograr pasársela siempre a los compañeros, los jugadores tenían que aprender desde niños a pasársela al del mismo color, entremedio de un rival, entremedio de dos rivales y también entremedio de dos líneas de cuatro.
Esa fue la filosofía de juego que él trajo a la UC. “Control y pase, control y pase, control y pase”, como no se cansa de repetir.
En sus años en las inferiores conoció al grupo de jugadores que debía empezar a asumir protagonismo en el primer equipo y “por eso cuando asumí en 1983 dije: proyecto a cinco años para llegar al quinto año con el 85 % del plantel formado en casa”.
“A Ignacio no le gustaba que llegara cualquiera a reemplazar a un chileno –recuerda Luis Rosselli, compañero de Prieto en la Católica–. Tenía que ser bueno dentro y fuera de la cancha”. Por eso Ignacio Prieto prefería jugadores formados por él.
Cuando Nacho Prieto recibió el primer equipo de la Católica en 1983, el plantel venía de ser dirigido por Luis Santibáñez, con una forma de jugar que era completamente opuesta a lo que identificamos con la UC hoy.
Metidos atrás, pegando patadas y ganando apenas. Esa era la “filosofía” de juego.
Con Prieto eso se acabó. Limpió el plantel y promovió a juveniles que pintaban bien. En ese proceso aparecieron Olmos, Lepe, Parraguez, Tudor, Tupper, Barrera, Romero Olivares, Estay, entre otros canteranos que no solo le dieron títulos a la UC, sino que fueron importantes para la selección y para el fútbol chileno.
Para trabajar en las inferiores, Prieto confió en quien fue su compañero en el equipo campeón de 1966: Fernando Carvallo. Una elección que no fue antojadiza, ya que el Pino había recibido los mismos conceptos que él de manos de Luis Vidal y Fernando Riera.
“Fernando Riera es el impulsor de todo esto”, recuerda Carvallo. “Conceptos que yo le vi después a Cruyff, a Guardiola, a Menotti, a los grandes entrenadores, se los escuché antes a Riera”.
Fernando Riera ha sido considerado por muchos como el mejor técnico chileno de la historia. Después de dirigir en Chile tuvo un destacadísimo paso por Europa, en el Benfica, y en Argentina con Boca Juniors.
Ahí nace el estilo de juego de la Católica, según Carvallo. Y repite, sin saber, lo mismo que me dijo Ignacio Prieto: “Control y pase, control y pase, control y pase”. Fútbol bien jugado, a ras de piso, “con más preocupación por la técnica que por el físico. Ya te vamos a hacer correr, correr pueden todos, pero no todos pueden jugar bien”.
Y así la Católica empezó a crear una escuela, un patrón de juego.
Mientras, Ignacio Prieto seguía con su labor como DT del primer equipo.
La limpieza del camarín no fue fácil, como él mismo reconoce. “Estaba Miguel Ángel Neira, que era capitán, pero yo sabía que tenía que sacarlo. Alfonso Swett me pidió que Miguel Ángel siguiera. Siguió, pero le dije que no iba a ser titular”.
Neira se terminó yendo después de 1984. Igual que Lihn, Valenzuela y otros. “Fue difícil, pero había que hacerlo”.
Fue la renovación necesaria de un camarín que clamaba por sangre nueva, tanto en lo anímico como en lo futbolístico. Tenían que ser jugadores más jóvenes, que jugaran de memoria entre ellos, que llevaran en el ADN el nuevo estilo. Algo que era muy difícil de lograr con futbolistas que habían aprendido a jugar de otra forma.
Plaza Italia a poto pelado
Dentro de la campaña del 84 hay un factor que, aunque parezca extraño, ha sido más valorado incluso que el título: después de dieciséis años se le gana al archirrival, a la otra universidad.
Hay famosos hinchas de la UC, como Andrés Tupper, hermano de Raimundo y exdirigente, que alguna vez han admitido que pasaron toda la infancia, o toda su vida escolar, sin ganarle a la U. Dieciséis años. Una eternidad para cualquier fanático.
Es que para un hincha de la UC hay pocas alegrías más grandes que ganarles a los chunchos. Quizás es porque ha habido importantes definiciones entre los dos equipos –que mayoritariamente ha ganado la Católica– o por las historias que nos han contado nuestros abuelos de los clásicos universitarios.
En los 60 el partido entre ambas universidades paralizaba el país, especialmente después de que la Católica logró, inesperadamente, arrebatarle el título a los azules en 1961. El gran equipo del Ballet Azul se encontró al final del campeonato igualado en puntaje con la UC, forzando un partido de definición. Varios expulsados, patadas y juego muy intenso para un nuevo empate y otra definición, que ahora sí ganaron los cruzados por 3-2 con gol en los minutos finales de Fouillioux.
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