Esther Sanz - El amor cae del cielo

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¿Pueden las FLORES mostrarnos el camino?
¿Es posible olvidar el primer AMOR?
¿La verdadera AMISTAD resiste el tiempo?
Violeta es una ilustradora que debe terminar el encargo más importante de su carrera. Una aislada casa de campo en un pueblito español será el sitio perfecto para inspirarse y reunirse con sus amigos de la adolescencia.
Los anhelos escondidos y la magia del lugar ¿serán suficientes para que también encuentre el amor?

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Por la cara de Lucía, adivinó que su amiga estaba harta de la tercera pasajera. Irene había abierto la bolsa de ciruelas que habían comprado para la cena y las engullía, con la boca abierta, casi sin masticarlas. Lucía la sorprendió limpiándose los deditos disimuladamente en la tapicería de piel.

De repente, cientos de gotas empezaron a chocar contra el cristal. Parecía increíble que pudiera llover en un lugar tan inhóspito como aquel, pero en unos minutos el agua empezó a caer con insistencia. Estaba anocheciendo y, de nuevo, la niebla envolvió el paisaje. La carretera era ancha y recta, pero estaba mal iluminada y apenas circulaban coches para orientarse con sus faros; así que Lucía avanzaba tranquila a una velocidad moderada. De repente las sorprendió un tramo de curvas e Irene soltó un grito. Lucía se asustó y estuvo a punto de salirse de la carretera de un volantazo.

–¡Frena! –le rogó Irene realmente asustada–. Este tramo es muy peligroso. Los conductores se confían porque han atravesado muchos kilómetros de rectas, pero en las noches lluviosas y con niebla como esta hay muchos accidentes por aquí.

Lucía le hizo caso y redujo la velocidad, comprobando asustada que, de no haber sido advertida del peligro, tal vez hubieran tenido un accidente.

–¿Cómo sabías que…? –preguntó Violeta con el corazón en un puño.

–Porque estoy muerta.

Aunque en otras circunstancias, quizá de día, esa respuesta hubiera despertado las risas de las dos chicas, en aquel momento, en vísperas del día de difuntos, bajo la oscuridad infinita del desierto, las brumas de la noche y la insistente lluvia repiqueteando contra los cristales, hizo que se estremecieran de miedo.

Consciente de ello, Irene encendió la luz interior del habitáculo para matizar sus palabras. La luz amarillenta otorgaba un aspecto mortecino a la tez pálida de la chica.

–La noche del concierto, no superé la sobredosis de pastillas. Aquellos chicos intentaron lo imposible, pero no hubo forma de devolverme a la vida. La noticia salió incluso en los periódicos… Mi cuerpo se quedó en Fraga, pero desde entonces mi alma vaga aburrida por estos caminos áridos intentando volver a casa.

Irene apagó las luces e interrumpió su explicación con un largo silencio.

–La vida en el más allá es muy triste –continuó–. Me siento tan sola… ¿Quieren acompañarme? En mi mochila llevo algunos cuchillos, una pistola y varias Mitsubishis… ¿Alguna preferencia?

Lucía, roja de furia, se atrevió a gritarle:

–Mira niña, si no te callas, te abro aquí mismo la puerta, te estampo tu guitarra en la cabeza y te dejo abandonada en mitad del desierto, este que dices que no es desierto…

Violeta no pudo evitar sonreír al ver a su amiga totalmente fuera de sí. Aquella frase había roto el halo misterioso y tétrico que había creado Irene con su fantasmagórica narración. Las dos chicas se miraron y rompieron en una sonora carcajada. En ese momento, las luces de una gasolinera aparecieron en el horizonte y decidieron parar a repostar y tomar un café.

Irene, ofendida por la reprimenda de Lucía, salió apresuradamente del coche con su maleta y su guitarra, dando un portazo, ante la mirada divertida de las dos amigas.

El bullicio de la cafetería contrastaba con el silencio sepulcral del exterior. En una esquina, un grupo de chicos y chicas, de la edad de Irene, reían divertidos. Todavía molesta por su “falta de humor”, Irene dejó sus cosas junto a ellas y corrió a relacionarse un rato al otro lado del local.

Mientras apuraban sus cafés, Violeta y Lucía se miraron. Ambas se entendieron al instante y, levantándose sigilosamente, pagaron al camarero y dejaron la siguiente nota para Irene: “Lo sentimos mucho. Pero nosotras no viajamos con fantasmas”.

A una hora de Zaragoza, Violeta se alegró de poder pasar un rato más a solas con Lucía antes de que se incorporara el nuevo pasajero. Todavía no habían tenido mucho tiempo de charlar y ponerse al día de sus respectivas vidas, aunque también era cierto que no lo necesitaban. Las dos se sentían muy a gusto juntas, incluso cuando estaban calladas, escuchando música, pensando en sus cosas o contemplando el paisaje. No había silencios incómodos que llenar con palabras vacías o explicaciones forzadas.

El tramo que faltaba hasta la capital aragonesa carecía de cualquier tipo de atractivo. Habían decidido ir por la autopista para no hacer esperar a Víctor, así que no había paisajes que observar, solo kilómetros de asfalto por delante. El cielo estaba ya muy oscuro, la lluvia había cedido y, hartas de escuchar una y otra vez el único CD que Lucía llevaba en el coche, Lo veaholic de Ruth Lorenzo, las chicas se sintieron animadas a hacerse confidencias en la intimidad de la noche.

Violeta narró a Lucía su vida desde el instituto, los años de Bellas Artes, sus varios empleos frustrados, su trabajo como ilustradora y, por último, su metedura de pata con las láminas mojadas para Álbum de flores . También le habló de Saúl y de su reciente ruptura.

Lucía la escuchaba atentamente, sin perderse detalle, asintiendo con la cabeza.

–Siempre supe que serías una gran ilustradora –le dijo con una sonrisa en los labios–. De pequeña participabas en todos los murales y todas te pedíamos que nos hicieras dibujos para decorar las carpetas. ¡Dibujabas tan bien…!

Sin apartar la vista de la carretera, desde la famosa curva casi no se atrevía ni a pestañear, le llegó el turno a Lucía. Respiró profundamente y, con su voz firme y algo ronca, comenzó la narración de su sorprendente vida.

Con solo veintiún años, había heredado un próspero negocio textil. Su padre, un auténtico self-made man , lo había creado, quince años atrás, comprando varias máquinas de punto e instalándolas en casas de algunas mujeres del vecindario. Tardó muy poco en invertir sus primeras ganancias en un viejo taller y en poner en regla lo que hasta el momento había gestionado como economía sumergida. En unos años, las máquinas se multiplicaron por cinco y convirtió su empresa en la principal suministradora de punto de alta calidad para las firmas más importantes y los diseñadores de más prestigio del país. En poco tiempo vio crecer su negocio hasta convertirlo en una multinacional con pequeñas sedes en varios países de Latinoamérica. Su familia había vivido la transformación con asombro, pasando de un minúsculo piso de alquiler en un barrio obrero de Hospitalet a una casa de trescientos metros cuadrados, con piscina y servicio, en la zona alta de Barcelona.

Un cáncer de páncreas lo obligó a retirarse prematuramente y a delegar su negocio en las manos inexpertas de su principal accionista, que tardó muy poco en reducir a una quinta parte el imperio y vender sus acciones. La enfermedad y la tristeza vencieron a ese hombre antes de que pudiera ver cómo sus hijos reflotaban el negocio. Poco tiempo después, murió también su madre y con ella el único apoyo de los dos chicos. Vinieron años difíciles para la industria textil catalana, pero tanto Lucía como su hermano trabajaron con ahínco hasta lograr posicionarse otra vez en el mercado español y coquetear de nuevo con América.

Lucía había cursado estudios superiores de diseño textil y moda, así que creó su propia colección de ropa. Era arriesgada y lista, y su talento pronto empezó a darle frutos. Sus vestidos Shone, inspirados en la moda de los años cincuenta pero con estampados muy originales, se habían hecho famosos por todo el mundo, incluso llegaron al ropero de algunas actrices de Hollywood, mientras su creadora se mantenía en el más discreto anonimato.

Inversamente proporcional a su exitosa carrera profesional, la vida sentimental de Lucía era un completo desastre. Tenía imán para hombres holgazanes y caraduras, con los que se divertía una temporada pero de los que se cansaba fácilmente.

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